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40 Kms. / h.
Esa es la velocidad a la que se mueve
el tráfico aquí en Maroua. Una velocidad muy prudente, pensará alguno.
Pero cuando uno está metido ahí dentro las cosas se ven de otra manera.
Son los “clandó” quienes marcan la
velocidad del tráfico. Se trata de motos que hacen de taxis aquí. Su
nombre ya indica por donde van los tiros: esta palabra viene de
clandestino. Es gente que no tiene ningún papel, ni suyo propio, ni de
la moto. ¿Permiso de conducir? No. ¿Seguro de la moto? No. ¿Pago de
impuestos de la moto? No. ¿Papeles de la moto? Ninguno.
Hace unos meses las autoridades
intentaron normalizar un poco el asunto y les obligaron a sacar el
permiso de conducir y a pintar las motos de amarillo. Hicieron una
huelga de varios días que paralizó la ciudad, porque aquí todo el mundo
se mueve en “clandó”, y el resultado fue que aceptaron a regañadientes
pintar las motos de amarillo (¡qué gasto más tonto! dicen); pero de
papeles ni hablar, las cosas siguen como antes.
Estas pequeñas motos chinas, todas de
la misma marca “Quinqui” y el mismo modelo 90 cc., ruedan todo el día
sin parar buscando clientes a los que trasportar. Por 200 Fcfa. =
(francos cefas), unos 35 céntimos de € puedes ir de un extremo de la
ciudad al otro, lo que supone una distancia de unos 7 Kms. A ese precio
seguramente no se pueden permitir el lujo de pagar muchos impuestos,
porque el precio de la gasolina es prácticamente el mismo que en España.
Los 40 kms/h es para ellos la velocidad ideal para que las motos no
gasten mucho y para llegar en un tiempo razonable al destino. Al día
vienen a consumir unos 4 litros, todo un record de economía. La gasolina
que gastan viene de contrabando desde Nigeria, se llama “zoazoa”, la
traen en motos o en bicicletas, por caminos de pena. Pero eso merece
otro escrito aparte.
Conducir en Maroua supone poner en el
asunto los cinco sentidos. No hay señales, alguna que otra señal de Stop
que nadie respeta y nada más. No hay líneas en el asfalto, no hay
semáforos. Y el asfalto hay que compartirlo: peatones por la orilla,
bicicletas abundantes y bien cargadas, triciclos de inválidos, motos,
algún que otro coche, y de vez en cuando camiones. En un asfalto que no
es muy ancho cada uno busca su sitio.
Lo demás es cuestión de cada uno. Hay
uno que cambia de sentido sin mirar para atrás, otro circula en
dirección opuesta. En los cruces nadie se para, parece que pararse está
prohibido, así que cada cual busca su hueco. Aquel lleva una cama sobre
la moto, el otro remolca un carro, la moto de más allá lleva cinco
personas... aquí todo es normal. Es increíble lo que puede transportar
una moto tan pequeña.
Montar en “clandó” permite apreciar en
directo una buena parte de la vida de esta ciudad. Sus calles donde cada
cual presenta su mercancía y reclama sus clientes; el mercado, ajetreado
como un hormiguero; hasta es posible adentrarse en el más recóndito de
los barrios, donde por puesto no hay asfalto, y llegar allí donde el
mercado da paso al juego, donde nunca faltan los niños, que a falta de
espacios mejores, se han adueñado de las calles para jugar al fútbol,
saltar a la comba, jugar con una rueda gastada de moto, o pasear el
coche de juguete que ellos mismos han diseñado.
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