Simón García Naharro, desde Rosso (Mauritania).

 

Queridos hermanos y hermanas, desde la misión en tierras mauritanas me permito compartir con vosotros un poco de ese día a día que vivo y de las mil cosas que llenan mi corazón y mi cabeza desde que llegue aquí, hace ya 5 meses. Son pequeños retazos de un diario que voy escribiendo cuando el tiempo me lo permite y las fuerzas me acompañan:

 “Finalmente me destinaron a Rosso, en la frontera con Senegal (si subo al campanario de la iglesia puedo verlo, al otro lado del río). Es un lugar multicultural porque en él conviven (una convivencia no exenta de problemas) los mauritanos de origen árabe con sobre todo mauritanos de origen negroafricano (Wolofs, Peuls, Toucouleurs...). Estaré aquí probablemente durante toda la experiencia aunque viajando de tanto en tanto para conocer las otras comunidades.

 El padre Bernard, un sacerdote espiritano que lleva casi 40 años de misionero en Mauritania, y yo formábamos la comunidad espiritana desde mi llegada hasta que hace algo más de un mes se nos unió el padre Patrick. Patrick, francés como Bernard y también veterano con más de 35 años de misión en Senegal, pasará con nosotros el verano antes de marcharse a su destino definitivo.  En la misión, pero en una casa aparte, también viven 4 hermanas maristas (de Italia, Ruanda, Senegal y Tonga). Hay más gente trabajando con nosotros, un togolés llamado Georges que hace de vigilante y de todo un poco (vive en la misión) y dos mauritanos, Ousmane y Aminata que están encargados de la biblioteca (Ousmane es también un poco el jefe de obras de la misión, una persona muy preparada).

Hasta ahora mi aportación a la misión consiste sobre todo en ser una presencia entre la gente de aquí, me he dado cuenta de hasta que punto prestan atención a los detalles de cómo actúas con ellos. De forma más concreta, mi trabajo se desarrolla entre labores cotidianas por las mañanas (algo de cocina, la compra, pagar facturas, hacer recados, echar una mano en pequeños trabajos de albañilería o bricolaje,… ¡siempre hay mil cosas por hacer!) y, por las tardes, el curso de español para debutantes que imparto en la biblioteca de la misión desde hace ya casi cuatro meses. De lunes a jueves, durante dos horas y media, intento enseñar un poco de la lengua de Cervantes y tengo tantos alumnos que he tenido que dividirlos en dos grupos. La verdad es que son muchos (de entre 13 y 21 años) pero nunca vienen todos juntos, eso de los horarios aquí no se lleva muy en serio... Pero, sea como sea, es una oportunidad excepcional de estar con la gente, un auténtico regalo que me permite conocerlos mejor. Los sábados por la tarde son aún mejores porque he comenzado a organizar juegos para niños (la mayor, una niña, tendrá unos doce años). Son capaces de agotar al más “pintao” pero disfrutas como un enano. He empezado incluso, con ayuda de Internet, a aprender algunos trucos sencillos de magia para niños. En el mismo sentido procuro, cuando el tiempo y las fuerzas me lo permiten, ir a jugar al baloncesto todos los viernes con los jóvenes a la única cancha de baloncesto que hay en la “ciudad”. No es que juegue mucho porque a las cuatro de la tarde, cuando empiezan a entrenar, el calor es tremendo.  

 

                                                                                                                                                                                                                      

También procuro aprovechar cualquier oportunidad para acompañar al padre Bernard en las visitas a familias necesitadas, o a las hermanas a sus trabajos. Eso me permite ir conociendo poco a poco la realidad de este pueblo, una realidad de mucha pobreza pero sobre todo de falta de justicia y libertad. Me contó Bernard que un día le visitó un responsable de la seguridad de la ciudad y, conversando de varios asuntos, le dijo que no comprendía que pintaba la Iglesia católica en un país como Mauritania, musulmán al 100% (salvo por los extranjeros). Mi compañero le contestó que si hombres de raza, cultura y religión distintas eran capaces de convivir en paz y respetándose, para él, entonces, el Reino de Dios ya estaba aquí. Y ese es un poco el sentido de nuestra misión en Mauritania, testimoniar que otro orden de cosas es posible. Pero esto no siempre resulta fácil, porque una Iglesia que no calle ante la injusticia no puede ser muy bienvenida en países en los que no se respetan los derechos humanos y, en cambio, una Iglesia que calle no es del todo Iglesia. Y aquí, por lo poco que voy comprendiendo, nosotros, Iglesia, estamos bastante amordazados.

 Prácticamente no hay un solo día que no venga alguien buscando a Bernard para pedirle dinero. Puede ser para abrir un pozo, para comprar una máquina que le permita montar un taller, para mejorar el sistema de riego de una pequeña huerta, para pagar un curso de formación en informática o para pagar una operación médica. Esto sólo por citar algunos ejemplos. En la misión se procura no dar dinero así  porque sí sino estudiar pequeños proyectos que puedan proporcionar algo de autonomía económica a sus beneficiarios. Trabajamos sobre todo con discapacitados que, en un país donde las estructuras sociales son muy escasas, viven muchas dificultades para salir adelante. Le pregunté a mi compañero que de dónde saca el dinero para financiarlos y me contestó que prácticamente todo viene de donativos de particulares, de amigos franceses que conocen a Bernard y a otros espiritanos y que valoran su trabajo. Nuestra congregación ayuda también en la medida de lo posible, pues trabajamos en más de 60 países distintos, algunos mucho más necesitados que este. De la Iglesia como institución recibimos también apoyo a través del obispo. Ayudas oficiales (ninguna del gobierno mauritano, por supuesto) nos llegan en forma de material para la biblioteca, como libros o, por ejemplo, un ordenador que nos acaban de traer de Francia. La biblioteca es la única biblioteca pública de Rosso, las otras que existen pertenecen a los colegios y a los dos institutos de la ciudad. Nuestra biblioteca es la más completa con mucha diferencia. Hace unos días pasó por aquí una visita “oficial” de un ayuntamiento francés que está hermanado con Rosso y nos dijeron que estaban sorprendidísimos de lo buena que era la biblioteca, mejor incluso que la del Centro Cultural Francés de Nouakchott, la capital. Prácticamente la tenemos casi siempre llena. Damos cursos de inglés (lengua oficial en Tonga), de español (ahora conmigo) y Ousmane, que parece ser un pozo sin fondo de sabiduría, ayuda a los estudiantes con las matemáticas, ciencia, historia… Todos los cursos son gratuitos para los abonados y abonarse sólo cuesta el precio simbólico de 200 ouguiyas al año (unos 50 céntimos de euro). Tenemos, además de literatura, periódicos y revistas, sobre todo muchos libros de texto de colegio e instituto de todas las asignaturas porque aquí es imposible que cada alumno tenga sus propios libros como en España. A la salida de las clases muchos vienen a la biblioteca para continuar estudiando con nuestros libros de texto. La labor de la biblioteca es para mi algo excepcional pues, salvo libros de religión que no tenemos por motivos obvios, en ella hay libros de lo más variado que hablan de derechos humanos, de filosofía, de sexualidad,… ¡hay hasta algunos ejemplares de Tintín! Eso ayudará a los chavales a crecer con una mente abierta…

                               Simón.món.            

 

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