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Ayer tuve mi primer encuentro con
la muerte en África.
Era el hijo mayor de Mari, una
anciana que viene siempre a misa entre semana. Una de esas
mujeres-samaritanas, que han tenido hijos con diversos hombres, y de
las que Juan Antonio dice que son las mejores.
Murió apuñalado hace tres días no
muy lejos de la misión, en el Matadero. El asunto es turbio, como es
fácil suponer. Se oyen cosas: la noche anterior abofeteó a su
verdugo y este le había jurado: “Mañana te voy a matar”, y así fue;
también se dice que si por medio estaba el "arki", un alcohol de alta
graduación que se destila a base de "bilbil" (la cerveza de mijo); se
oyen cosas, pero al final lo que queda claro es que el muerto está
ahí. |
Foto: mujeres
paseando por el centro de Maroua |
Me tocó verlo en la cámara de
refrigeración del Hospital Central de Maroua. Pero no solo eso, al día
siguiente, ayer me toco hacer los servicios de funeraria a la africana.
Ofrecimos la "pik-up" de la parroquia para trasladar el cadáver al pueblo
del padre. Yo era el chofer. Para comenzar vinieron unas 7 u 8 personas
a casa, todos juntos a eso del mediodía fuimos al Hospital a buscar el
cadáver. Tocó esperar por asunto de papeles, tocó aclarar las cosas con
los que habían venido del pueblo en bicicleta: las bicicletas no caben
en el coche, lo primero es lo primero: el muerto y las personas. Los
ciclistas decidieron irse con su vehículo para el pueblo.
Por fin abrieron la morgue: se lavó
el cadáver, se envolvió en una sábana y en una estera y después de toda
la espera se cargó en el coche. El tiempo de espera lo aproveché para
dar el pésame como mejor supe al padre y a la mujer del fallecido. Tenía
unos 37 años, había dejado tres hijos, el menor de meses.
Finalmente se colocó el cadáver en la
caja de atrás del coche, después subió el resto de la gente, 9 dentro y
supongo que otros tantos fuera, porque no los conté. El camino nos
llevaba un poco más allá de Tocomberé, unos 40 kms., los 30 primero por
asfalto pasable y el resto por caminos de tierra con generosos baches.
En algo menos de una hora estábamos en nuestro destino.
Al llegar al “saré” familiar
enseguida se bajó al muerto y se colocó en el interior de una de las
chozas. Comenzaron los lloros. De todas las direcciones aparecían
mujeres que venían corriendo y llorando, unas daban gritos, otras
brincaban de acá para allá. En torno al “saré” se fueron congregando los
vecinos, familiares y curiosos. Era mi primer encuentro con el dolor de
la muerte en esta tierra.
En la oscuridad de mi habitación,
antes de dormir, no podía quitar de mi retina ni la imagen del cadáver
desnudo y esbelto en la morgue ni los rostros de las mujeres en el “saré”,
a cuyo lado se había enterrado aquella misma tarde al difunto. No sé si
habría algún rito tradicional para el entierro, puesto que el hombre no
era ni cristiano ni musulmán. |