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SONIA RECIBE VISITA
Con el inicio de un nuevo
curso tenemos noticias de nuestra amiga Sonia, ¿la recordáis? Hace un
buen tiempo que no sabíamos nada de ella. Ha estado más que ocupada:
aprendiendo swahili (que ya lo habla bastante bien), insertándose en una
nueva sociedad, lo que le ha supuesto una buena dosis de humildad para
aceptar los valores de otra cultura, conociendo y dejándose conocer por
sus nuevas compañeras de comunidad, además del trabajo con los grupos de
jóvenes, bullangueros y revoltosos como… jóvenes que son y con las
mujeres de los talleres de alfabetización. Por si esto no fuera
suficiente, las comunicaciones a veces son “un poco” difíciles: Internet
va muy lento, otras veces el teléfono se queda sin línea…en fin,
consecuencias de irse a vivir con los más pobres. Sonia no lo pasa nada
mal por esto, la verdad que ella no lo echa en falta. Pero sus amigos sí
la echan de menos a ella y como algo de contacto han tenido pues nada,
que su amiguísima del alma, Lidia, se ha ido a verla durante sus
vacaciones de verano. A Lidia le costó mucho entender la decisión de
Sonia cuando “lo dejó todo para irse de misionera” y la verdad es que
estaba deseando ver cómo era aquello de lo que su amiga le hablaba con
tanto entusiasmo en los pocos e-mailes que le ha mandado.
Lidia es una chica parecida
a Sonia: guapa, joven, universitaria, inteligente. Ha leído muchos
libros y ha visto muchas películas pero nada de esto la había preparado
para la impresión de poner sus pies en África-de-verdad y ver a la en
otro tiempo elegante Sonia vestida con toda sencillez. Se ha quedado un
poco de piedra. Y le han empezado a faltar ojos para mirar. Sonia sonríe
pensando que, no hace tanto tiempo, ella tuvo una reacción parecida. Y
sonríe más aún porque ¡tenía tantas ganas de verla! Que no por ser
religiosa ha aparcado sus sentimientos…
Ya en casa, Lidia se ve muy
gratamente sorprendida por la calurosa acogida de las hermanas de Sonia,
que la reciben como si la conocieran de toda la vida. El cansancio del
viaje es grande pero ¡como vale la pena haber llegado hasta aquí! Este
año no hay playa ni excursiones ni hoteles lujosos y, la verdad, no
parece que lo vaya a extrañar. Según van pasando los días y va
participando poco a poco en la vida y trabajos de la comunidad (hasta en
alguna oración comunitaria, ella, que no es mucho de “ir a Misa”) se le
van removiendo ideas, inquietudes y conforme se acerca el día del
regreso se vuelve más callada… Lidia ha disfrutado de lo lindo en el
hospital, jugando con los niños enfermos y charlando, medio por señas y
con ayuda de alguna Hermana, con las alumnas de Sonia. ¿Por qué ahora
parece tan callada y como triste? Porque no quisiera irse, porque ha
descubierto una dimensión nueva, otra manera de ver la vida, otros
valores. En estos escasos 30 días ha sido más feliz y se ha sentido más
realizada de lo que nunca pudo imaginar. ¿Qué le habrá pasado?
Lidia se vuelve a casa con
una inquietud enorme. Fue a África ansiosa por ver a su amiga y curiosa
por conocer aquello de lo que le hablaba tan entusiasmada. En su maleta,
telas coloridas, collares y pulseras. En su corazón, un interrogante: ya
no puede volver como si nada a su vida de antes. Tiene claro que no
quiere ser religiosa, le gustaría tener una pareja, hijos, seguir con su
trabajo… y también que eso que Sonia llama “la Misión” tenga un lugar en
su vida. Ella no sabe todavía muy bien como llamarlo, empieza a
vislumbrar algo… Sonia le ha dicho que en su congregación hay sitio para
las personas que desean dar un servicio a los demás, aunque no sean
religiosos. Lidia no acaba de entenderlo pero va a ir a preguntar.
Lleva la dirección y el teléfono de la H Carmen muy bien apuntadito. Sí,
irá a preguntar… a ver qué pasa. Es que ya no puede quedarse como si
nada…
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SONIA YA ESTÁ EN MISIONES
Ya hacía
un tiempo que no teníamos noticias de nuestra amiga Sonia, por eso nos
ha alegrado tanto saber que se ha cumplido su sueño: ¡por fin está en
África!
Sonia
nos cuenta, o intenta hacerlo, la cantidad de sensaciones y vivencias
que tiene en esta experiencia tan deseada. Al bajar del avión se sintió
un poco perdida hasta encontrar a sus hermanas de comunidad y fue
justamente entonces cuando sintió que, efectivamente, empezaba una vida
nueva: la hermana Ann se dirigió a ella en inglés. Sonia ha sido
destinada a una comunidad internacional y por eso, entre las cosas que
deja atrás, está su idioma materno. Ahora se manejará en inglés
mientras aprende swahili, que es lo que habla la mayoría de la gente.
En los pocos metros que camina hasta el todo-terreno de la misión se ha
dado cuenta de que hasta el aire es distinto: colores, olores, plantas,
sonidos… un universo nuevo, bello y excitante. Y los niños, pequeños
vendedores de chucherías pululando por los alrededores del aeropuerto.
Sonia se queda asombrada de la profundidad de la mirada de esos
pequeños, siente (quizá porque está un poco confusa, recuerda ¡tantas
cosas en esos momentos!, rostros de sus padres, hermano, amigos,
compañeras religiosas…) que la Madre África la mira desde los ojos de
esos niños y sabe quienes van a ser sus preferidos…
Sonia ha
sido incapaz de explicarnos qué sintió al llegar a la misión, no ha
encontrado palabras. Ella, a quien nunca le faltaban. Sus ojos se
humedecieron, tenía un nudo en la garganta… y al mismo tiempo quería
saltar y cantar de alegría y bailar. Se sentía como en una nube y dijo,
bajito y en castellano “Gracias, Padre Dios” Nunca como entonces
había sentido que la misión es un don, un privilegio y un regalo. Lo
había escuchado muchas veces durante su vida religiosa pero ahora… ahora
lo vivía y lo sentía en todo su ser.
Ann, la
hermana superiora cree que como mejor aprenderá Sonia a hablar en
swahilli es hablándolo así que la aconseja estudiar un poco de gramática
cada día y “pegarse” a la hermana Juliana, que es profesora en la
escuela; así que van a ser los niños, los maestros de Sonia. Encantada
con la idea, no la cuesta nada obedecer, para ella es un auténtico
placer estar todo el día rodeada de niños y estos, felices de poder
enseñar a la nueva hermana. La verdad que con estos buenos maestros
Sonia hace muchos progresos. Como es tan incansable y está tan ansiosa
por ver, aprender, sentir, cuando termina en la escuela y los niños
regresan a casa va al dispensario y ayuda a la hermana Caroline, que es
médico. Bueno, mucho, mucho no ayuda pero pasa por las salas
practicando su balbuciente swahili y sonriendo. Para los enfermos es
como un bálsamo encontrar su sonrisa y
su caricia y ya se han
acostumbrado a sus visitas cada tarde. Sonia disfruta especialmente
cuando nace un bebé y se lo confían para que lo bañe y vista. Caroline
y Rosie (enfermera tanzana) disfrutan al ver su emoción y cómo después
de tres meses en la misión sigue conmoviéndose con la llegada al mundo
de cada bebé. Lo que también la conmueve pero de muy distinta manera es
la muerte, las muertes, que con harta frecuencia suceden en el pequeño
hospital: enfermos que llegan demasiado graves o bien la falta de medios
y medicamentos, especialmente los niños que mueren por anemia o
paludismo, o los jóvenes, por tuberculosis. Toda la comunidad lo sufre
agudamente y las hace plantearse que hay que hacer algo más –y es bien
cierto que no paran y hacen mucho…- Sonia recuerda su vida en España,
sobre todo antes de entrar a la congregación y ahora sí ¡se da cuenta de
tantas cosas! Del derroche de tiempo, de cosas, de energía…. Aquí vive
con muy poco, con mucho menos de lo que ha vivido nunca hasta ahora y
nunca hasta
ahora se había sentido tan plena, tan realizada, tan
feliz . Está en su sitio, respondiendo a su vocación misionera, a su
opción por los más pobres entre los pobres. Felicidades, Sonia.
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