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Acaba de salir de mi cuarto. Ha venido
con dos trozos de caña de azúcar y una pequeña bolsa de plástico
transparente con cuatro zanahorias, más bien pequeñas. Es un pequeño
regalo que me hace. La verdad es que en cuanto a cosas, lo que se dice
cosas, es más espléndido conmigo que yo con él. Si me paro a pensar,
hasta el momento no le he dado nada.
Se llama Albert, vive aquí al lado de
la misión. Había visto su cara en varias ocasiones, mezclada entre otras
muchas de los chicos que cuando hay algo se pasan por aquí. Una noche,
tiempo más propicio para una relación más reposada, se pasó por aquí.
Hará cosa de diez días.
Yo estaba con mi método para aprender
fulfuldé, intentaba robar alguna palabra más a esta lengua que se me
resiste. Él apareció en la noche y se sentó a mi lado. Comenzamos a
hablar y por eso de que a veces cuesta establecer una conversación con
alguien nuevo, enseguida el tema se fue al manual que yo tenía entre las
manos. Le ofrecí que leyera en francés y vi que tenía más que serias
dificultades para hacerlo.
Es difícil decir aquí la edad de una
persona, pero Albert está en torno a los trece o catorce. Yo pensé: otro
que no va a la escuela. Como veía que nuestro amigo tenía un cierto
interés en el asunto de la lectura, le propuse leer en fulfuldé. Esta
lengua, salvo algún pequeño problema de pronunciación con cuatro letras,
no tiene mayor problema para la lectura (nada que ver con el francés o
el inglés). Estos problemas de pronunciación para él no eran tales,
puesto que él habla el fulfuldé y conoce perfectamente la pronunciación.
Así que con mi método de fulfuldé
comenzó a leer. Las dificultades eran menores que con el francés, pero
seguía con problemas. Así que desde aquella primera noche él se pasa por
aquí para practicar un poco de lectura en fulfuldé. Él aprende a leer y
yo aprendo pronunciación y un poco de vocabulario.
La edad de Albert, pensaba yo, es ideal
para conocer cómo van las cosas por aquí. Por un lado tiene facilidad
para expresarse, cosa que le falta a un niño que naturalmente es mucho
más abierto. Y por otro lado no tiene el recelo de un adulto, lo que le
permite contar cosas que un adulto callaría
LA ESCUELA
En estos encuentros nocturnos con
Albert aprendo mucho. Fue en su segunda visita nocturna cuando, para mi
sorpresa, descubrí que él iba a la escuela. Está en lo que aquí llaman
CM (Cour Moyen / Curso Medio). Las preguntas se me amontonaban en mi
cabeza. ¿Cómo puede ser que un chico de su edad, que está en la escuela,
no sepa leer? ¿Cómo puede estudiar? ¿Cómo puede responder en un examen?
Porque si leer el francés tiene sus dificultades, de escribir ya ni
hablamos.
Fue así como me enteré que la situación
de Albert no es algo excepcional en el sistema educativo de Camerún. No
son pocos los niños que están en la escuela, que pasan de curso. Esa
noche hablamos un poco de la situación de su escuela. Él va a una
escuela pública en el barrio que se llama Loperé, cerca del matadero de
la ciudad. En su clase están algo más de cien alumnos. Claro, no hay
sillas para todos. Pero no es problema, los que han pagado la
escolaridad, 2000 Fcfa. (3 €) tienen silla, el resto están sentados en
el suelo.
En esas condiciones ¿cómo van a
aprender a leer? ¿cómo puede prestar atención un profesor atención a
tantos alumnos en una clase que no reúne condiciones de ningún tipo,
donde no hay casi nada, donde no hay ni siquiera espacio. ¿Qué profesor
se arriesga en esas condiciones a ponerse duro con sus alumnos y
hacerles repetir curso para que el año próximo además de los ciento y
pico que vienen tenga los cincuenta repetidores, un total de ciento
sesenta, ciento setenta alumnos? Por un poco de dinero el profesor se
presta con facilidad a hacer pasar de curso al más atrasado de sus
alumnos. Y así estos pasan de curso pero están como al principio, o
peor. Digo peor porque esa escuela es una vacuna contra la escuela.
¿Cómo convencer a uno de esos chicos que la escuela puede aportar mucho
para la vida?
MI PATRON
Albert es una persona que para su edad
sabe buscarse muy bien la vida. En las vísperas de la fiesta del carnero
se fue al mercado donde se venden, para ofrecerse a conducir los
animales a casa de los compradores. Él estaba para conducir los más
pequeños o las cabras, puesto que cuando se trata de uno grande no puede
con él. Yo no sabía que había gente que se dedicaba a eso. Él me enseñó
que hay gente que tiene ese oficio; y para no ir más lejos, me dijo que
el padre de Garga, el pequeño cara sucia con el culo al aire que se pasa
todos los días varias veces por la misión, tiene ese oficio. Con ese
oficio saca adelante una familia de ocho miembros. Machote. Así que al
pequeño Garga, que cascurrea muy bien el fulfuldé le pregunto: “Toy
baaba ma?” es decir, “¿Dónde está tu padre?” Y responde siempre: “O
dilli luumo”. “Se ha ido al mercado”. Pero volvamos a nuestro amigo, él
ganó en un día de conductor de animales para la fiesta del carnero mil
seiscientos francos cfa. Mientras otros jóvenes de más edad se dedican a
pasearse por el barrio, él se busca la vida.
Yo sabía que se dedicaba a vender
“reke”, es decir, caña de azúcar. Por eso pensaba, equivocadamente, que
no iba a la escuela. Su hermano mayor también se dedica a eso. Será un
negocio familiar, pensaba yo en mis adentros. Pero justo hoy, cuando
estaba sentado en mi cuarto, después de dejar sobre mi mesa un poco de
caña de azúcar y las zanahorias, nos hemos puesto a charlar. Y en un
momento él ha hablado de su patrón. Oír esa palabra ha hecho saltar una
chispa en mi cabeza: eso no me cuadra. Y le he preguntado.
Hablando se me ha aclarado la
situación, cuando él vende caña de azúcar, no trabaja para él, sino para
su patrón. Para mí resulta sorprendente que un negocio tan pequeño como
un carrito con unos tacos de caña de azúcar pueda ser un negocio con
patrón. Pero es así. Y no es el único sector, muchos otros sectores
están sujetos al mismo régimen: los que transportan gasolina desde
Nigeria, bien en moto, bien en bicicleta, los que trabajan como
“taxistas” con la moto (clandó les llaman aquí, de clandestino)... y
muchos más que no conozco.
Eso explica algunas cosas. El otro día
intenté comprar plátanos a un chico de estos con un carrito y no hubo
manera de discutir el precio, cosa muy habitual aquí. Pero claro si su
patrón le ha fijado un precio él no tiene margen de maniobra. Eso puede
explicar qué hace tanta gente echada a la sombra en la arena que hay
delante de su casa, ¿qué hacen? Son patrones, sencillamente.
Claro que estos patrones se sirven, en
muchos casos del trabajo de niños. ¿En qué condiciones? Espero que
Albert un día me clarifique un poco la situación.
UN GATO EN CELO
¿Qué se oye? Pregunté a Albert cuando
los dos estábamos sentados en la veranda de la casa, con nuestro libro
de fulfuldé. Nos callamos y parece que la cosa venía de la casa del
vecino. Uno de sus niños pequeños lloraba.
Albert comenzó a explicarme. A veces
los gatos hacen ese mismo ruido. El mismo ruido que hace un niño cuando
llora. Hay que llevar mucho cuidado. Cuando un gato hace ese ruido se
trata de un hechicero que se ha convertido en gato y que viene para
comerte. Es muy peligroso. Hay un remedio para eso, un remedio que se
prepara con cortezas y raíces de unos árboles determinados. Ese remedio
una vez preparado se quema en ascuas de carbón y el hechicero ya no
vuelve a merodear alrededor de tu casa.
Yo le pregunté por la eficacia del
remedio. Él me aseguró que era del todo seguro. Por supuesto yo escuché
todo este asunto con todo interés y con toda seriedad. Alguien dijo: las
cosas pueden no ser verdad, pero lo que sí es verdad es el miedo. Y así
es como lo vive esta gente.
Quizá conviene aclarar que el maullido
que hacen los gatos cuando están en época de celo se parece
increíblemente a los lloros de un niño pequeño.
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