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Mi primera conversión
Cuando vine para Camerún tenía claro, y sigo teniendo, que mi primera
motivación es el Evangelio (Buena Noticia) de Jesús, que quería y quiero
compartir con esta gente. No soy un etnólogo, no son un lingüista, no
soy un cooperante de una ONG, aunque haga un poco de todo eso. Puedo
ofrecer otras cosas a esta gente, y así lo haré, pero sobre todo soy un
cura que ha venido para acá para compartir con esta gente mi experiencia
de Dios a través de Jesús de Nazaret y en el seno de su Iglesia.
Por eso en este correo colectivo
quiero compartir este aspecto de mi trabajo aquí que para mí es el más
importante y del que hasta ahora poco había compartido.
En los tiempos que corren, a nivel de
expansión del cristianismo, en ningún sitio atan los perros con
longanizas, y aquí tampoco. Las cosas van despacio, las conversiones
masivas aquí no existen, a la gente se le trata en el fondo uno a uno, y
todos están (estamos, confesémonos) muy convencidos de lo que hacemos.
Vamos, que no queremos cambiar, o si queremos nos cuesta tanto que
seguimos como estamos. Eso pertenece a la naturaleza humana, está por
encima de la división del mundo en continentes y del color de la piel.
Pues bien. Os quiero hablar de mi
primera conversión, constatada. Digo constatada porque tengo el papel
aquí sobre mi mesa. El domingo pasado después de la misa un joven que no
conocía me entrega un “billete” (una nota de esas que había antes de los
SMS), de parte de otro joven al que conozco, o mejor distingo, como
decía Julio, un abuelo de Villar del Río (Soria).
Os pongo un poco en contexto, se trata
de un joven que tuvo una polio y eso le dejó secuelas serias en uno de
sus pies. Continuamente nos ha estado pidiendo dinero y no se lo hemos
dado. Sí se le ha dado trabajo en la alfabetización.
El billete está escrito en francés, os
lo traduzco:
Hola
Emilio.
He dejado el trabajo en la
panadería, la cosa no marcha. Hay un musulmán que ha visto mi
sufrimiento, quiere darme una tienda y me pide que me haga musulmán. Si
me hago musulmán ahora sois vosotros los sacerdotes quienes me habéis
empujado a serlo, porque vosotros soy capaces de hacer algunas cosas y
no queréis. Dios va a pediros cuentas de ello. Tu, Emilio, que me habías
prometido mucho, no mantienes tu promesa. En cuanto a mí, es la falta de
trabajo la que me empuja. Por otro lado he comenzado ya a aprender la
oración musulmana. He terminado. Si queda algo todavía que deciros “a
Dios”.
Omito la firma.
Habría que explicar muchas cosas, pero
prefiero dejarlo así. Creo que todas las preguntas, dudas,
contradicciones... que pueden surgiros os harán comprender mejor que un
montón de explicaciones lo que es vivir y trabajar aquí.
Ya veis, he conseguido mi primera
conversión... al Islam. Claro que no es sólo una obra mía, sería
demasiado pretencioso, es la tarea de todo el equipo de curas y monjas,
que trabajamos aquí.
Pensando esta mañana sobre esto me
decía algo de lo que estoy convencido hace tiempo: los cristianos no se
compran, son un regalo de Dios.
Foto: niña musulmana en la oración de
la fiesta del Cordero.
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