EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA LOS ESPIRITANOS DE PARAGUAY SOBRE   CLAUDIO FRANCISCO POULLARD DES PLACES.

                                  

 Del  27 al 31 de octubre 2.008.                                 P. Heliodoro Machado Santos.

  

INTRODUCCIÓN

  

El Capítulo General de 1.974 dice lo siguiente: “La diversidad se desarrolla en la Congregación, pero hay lazos que nos unen; en especial, el espíritu de nuestros Fundadores, nuestra historia y la herencia recibida de nuestros predecesores” [1]

 

Y en el número siguiente dice: Es particularmente importante para nosotros conocer al P. Libermann, su intención profunda, su visión apostólica, a fin de poder inspirarnos en él, interpretarlo y adaptar sus enseñanzas a los contextos de hoy” [2].

 

Para lograr estos objetivos el Capítulo estableció unas orientaciones prácticas que el Consejo General, nacido de este Capítulo, pronto empezó a poner en marcha. Por ejemplo: se creó el Grupo de Estudios Espiritanos que comienza su trabajo el 29/12/1.975 en Roma. Fruto del trabajo de este grupo se publican “Cahiers Spiritains” del número 1 al 22.

 

En 1982 se creó el Centro de Investigación y Animación y aparece la publicación “Spiritains Aujourd’hui” que profundiza sobre la espiritualidad espiritana. Salen a la luz cinco números y da paso a la  revista “Vie Spiritaine” a partir de 1.990.

 

Se celebró el encuentro internacional de jóvenes espiritanos con el fin de implicarlos más en la vivencia del carisma espiritano. Por esta razón, en agosto de 1.977, 134 jóvenes espiritanos se reúnen en Castrillo de la Vega (España) con el P. Timmmermans y los consejeros generales PP. Gros y Soucy. La experiencia sobrepasó las expectativas de los más optimistas y condujo a los participantes a la constatación de la diversidad en la Congregación, en lenguas, razas, pueblos, y culturas, abiertas todas ellas a la comunión en una misma misión evangelizadora, realizada en comunidad fraterna.

 

Y como colofón de esta trayectoria de animación espiritana, la celebración del Congreso Internacional Espiritano bajo el tema concreto de: “La vocación espiritana”. Doce espiritanos de otros tantos países, una hermana espiritana y los dos responsables del Centro de Investigación y Animación consagraron el mes de agosto de 1.983 a una convivencia reflexión, estudio y oración sobre consagración y misión – votos y comunidad – espiritualidad espiritana y apostolado.

 

“La dinámica pedagógica era doble: por un lado, poner en común nuestra vocación espiritana, dentro de la riqueza de nuestras culturas diversas: por otro lado, unificar y dinamizar nuestra animación espiritual espiritana para que pueda fecundar nuestras provincias y lugares de misión” [3].

 

El P. Timmermanns decía a propósito de esta iniciativa: “Deseo que esta búsqueda contribuya al despertar de verdaderos maestros de espiritualidad, guías espirituales, animadores impregnados del espíritu de nuestros Fundadores” [4].

 

En la introducción que el P. Pièrre HAAS hace a la Regla de Vida Espiritana podemos leer lo siguiente: “Sustituyendo nuestras antiguas “Reglas y Constituciones”, de las cuales guarda la inspiración fundamental, la Regla de Vida Espiritana es la aplicación del carisma de nuestros Fundadores en el hoy de Dios en la Iglesia y en el mundo, gracias a las reflexiones emprendidas en nuestra Congregación a partir del Capítulo de 1.968”.

 

La RVE recoge así el esfuerzo de nuestra Congregación para expresar el dinamismo de su fidelidad al pasado – la intuición de nuestros Fundadores – como fuente de vitalidad presente y con capacidad de engendrar fidelidad en el futuro.

 

Hoy somos nosotros los sujetos activos de nuestra historia común, de una vocación específica, depositarios de un carisma definido y de una espiritualidad concreta.

 

 Nuestra triple fidelidad al Evangelio, al espíritu de nuestros Fundadores y a las necesidades de los hombre y mujeres de cada época histórica, son otras tantas razones para que dediquemos nuestro tiempo en estos días de reflexión, oración y acogida creyente de la Palabra de Dios a profundizar, asimilar y vivenciar nuestro carisma espiritano.

 

 De esta manera se irá afirmando y reafirmando en nosotros lo que es peculiar de nuestra espiritualidad y de nuestra vocación. Todo esto “nace de un contacto vivo con las enseñanzas de nuestros Fundadores, con nuestros hermanos de Congregación y con nuestra historia espiritana. Libermann dice que: “Para tener el espíritu de una Congregación es necesario asimilar el de su fundador” [5]. Y nosotros podemos añadir, que en nuestro caso, tenemos que asimilar el de los dos Fundadores.

 

Os felicito, por haber tenido esta iniciativa de querer hacer los Ejercicios Espirituales a la luz de nuestro primer Fundador Claude-François Poullart des Places. Es una iniciativa muy en la línea  con  todo este esfuerzo hecho y que se sigue haciendo por redescubrir el tesoro más grade que tenemos como Espiritanos, el carisma legado de nuestros Fundadores.

 

 

 

I - EXPERIENCIA DE DIOS EN POULLART DES PLACES

 

 

“Porque os hago saber, hermanos, que  el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuan encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres.

 

Mas , cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco…Luego me fui a las regiones de Siria y Cilicia: pero personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo. Solamente habían oído decir: El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios a causa de mí” [6].

 

 

 

Podemos decir que la transformación vivida por Claudio es fruto de una doble experiencia, la del encuentro con Dios primeramente y la del encuentro con los pobres. Una y otra contribuyeron grandemente a su conversión y a ponerse al servicio de los pobres de manera ilimitada, hasta dar la vida por ellos.

 

Hoy vamos a detenernos en conocer y profundizar los rasgos más destacados del Dios en quien Claude creía y que le movió  a entregarse sin reservas al servicio de los pobres escolares.

 

Para acercarnos a esta experiencia y entrar lo más posible en ella, vamos a intentar dejarnos llevar de la mano del mismo Claude-François Poullart des Places y lo haremos siguiendo los pasos que él mismo siguió; reflexionando con él “Sobre las verdades de la religión formadas en unos ejercicios, por un alma que piensa en convertirse”.

 

 Acompañamos a Claude en esta profunda experiencia de su itinerario espiritual, que irá apuntando y ensamblando los elementos de su personalidad espiritual, es decir, el fondo evangélico de su vida futura, su forma peculiar de vivir el Misterio  de Cristo y sus exigencias. Así comenzó su retiro de conversión donde vivió una honda experiencia de Dios y de fe: 

 

“He deseado muchísimo retirarme del ambiente del mundo para pasar ocho días en la soledad. Nadie me ha obligado a hacer este sacrificio al Señor. Igual que lo he hecho tantas veces hasta ahora, soy dueño para gastar estos momentos  que quiero dedicar, en este santo lugar; a mi conversión y a mi salvación.

 

He de reconocer; en este loable propósito, la Gracia que ha iluminado mi ceguera, si no hubiese tenido esta santa vocación. ¿Habría tenido, por eso, el derecho de no volver a Dios? ¿No he rechazado en el pasado numerosas gracias  a las cuales no he querido abrir la puerta de mi corazón? Y el Señor ¿no ha hecho por mi más de lo que debía, porque yo no podía exigir nada de él y, a pesar de todo, me ha socorrido con frecuencia en el peligro, como si él estuviera obligado a hacerlo?

 

Todos los hombres tienen razón de querer salvarse, ya que pensando en su salvación, piensan en agradar a Dios y hacer que la sangre de Jesucristo sea eficaz para ellos.

 

Si consideramos el fin para el cual hemos sido creados, no hay un solo hombre que no esté obligado a ser agradecido. Sin embargo, en esta necesidad general  hay quienes no son igualmente condenables para que renuncien al Paraíso.

 

¡Yo descubro cristianos que serían más criminales que otros, si no aprovechasen las gracias que la Providencia les ofrece todos los días tan libremente! Me considero uno de esos hijos queridos  a quien mi Padre y mi Creador ofrece con frecuencia medios fáciles y admirables para reconciliarse con Él. Infelizmente me sentiría del número de los desgraciados si no sé o, para ser más sincero, si no quiero responder a la búsqueda de un Dios que debía Él mismo ser insensible a la mía.

 

¡Vamos, alma mía, es tiempo de entregarte a tan amable solicitud! ¿Podrás dudar un momento en abandonar tus disposiciones mundanas para reprocharte, con más atención y recogimiento, tu ingratitud y la dureza de tu corazón a la voz de tu    Dios? ¿No tendrás vergüenza de haber combatido durante tanto tiempo, de haber destruido, despreciado, pisoteado la sangre adorable de Jesús?

 

Claudio tiene conciencia de que Dios actúa en la vida de los hombres. Dios es quien lleva la iniciativa, Él es el que nos llama. De este modo de obrar tenemos muchos y ricos ejemplos en la Biblia, recordamos Éx. 3, 1-10; Mt. 9, 9-13 y también la llamada de Pablo en Hch. 9, 3-9. Escuchemos este último relato por ser el año paulino:

 

“Sucedió que , yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?. Él preguntó: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que debes hacer. Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto, pues oían la voz pero no veían a nadie. Salo se levantó del suelo, y, aunque tenía sus ojos bien abierto, no veía nada. Le llevaron de la mano y le introdujeron en Damasco. Pasó tres días sin ver, y sin comer ni deber”.

 

El Dios cercano de Claude es también el que comprende la situación de cada uno de nosotros, así lo expresa él mismo: “¡Cómo recuerdo esos momentos en que, a punto de caer en el precipicio, sentía la mano de Dios que me detenía, se oponía a mi caída….! Las cosas más fáciles para otros ofender a Dios eran difíciles para mí”.

 

“Tú me buscabas Señor, yo te huía. Me diste la razón: yo no la quería utilizar. Yo quería enemistarme contigo y Tú no lo consentías”.

 

“¡Qué amable eres, divino Salvador mío! No quieres mi muerte: sólo quieres mi conversión. Me tratas siempre con dulzura, como si me necesitaras. Parece que te glorias con la conquista de un corazón tan insensible como el mío” [7].

 

Algunas de estas intuiciones de Poullart nos recuerdan las palabras que Moisés dirigió a Dios cuando le dijo:

 

“Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado….”[8] .

 

En una especie de oración profunda y personal, Poullart des Places nos acerca  al Dios de la ternura infinita y del amor que contrasta con las ingratitudes de los hombres:

 

“Sólo Tú, Dios mío, puedes tocar el corazón del hombre. ¡Que yo reconozca la eficacia de tu amor al reconocer tu poder! Me amas, divino Salvador, y me das pruebas muy sensibles. Sé que tu ternura es infinita….Hace mucho que quieres hablarme al corazón y hace mucho también, que yo no quiero escucharte. Intentas convencerme de que quieres servirte de mí en las tareas santas y religiosas, pero yo trato de no creerte.

 

Si tu voz a veces impresiona un poco mi alma, el mundo borra, un momento después, las señales de tu Gracia.

 

Habla Dios mío, cuando te plazca, pues no he venido aquí para defenderme: estoy aquí para dejarme vencer…Estoy aquí para buscarte y dispuesto a seguir las órdenes que tu Divina Providencia, baja al corazón en el que desde hace mucho quieres entrar[9].

 

En todo este proceso va apareciendo, cada vez con más claridad, una convicción profunda en Claudio, Dios actúa en nosotros, actúa en la historia humana y podemos contar con su ayuda a la hora de tomar resoluciones que manifiestan un auténtico deseo de seguirle, de andar por sus caminos,, de hacer, en definitiva, la Voluntad de Dios.

 

Esta es también la convicción de Pablo: “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados-“[10] .

 

Esta llamada de Dios, que poco a poco, va penetrando el corazón de Poullart le va predisponiendo para dar una respuesta que no se puede improvisar por eso invoca la ayuda de Dios:

 

“Dios mío, Tú me quieres un hombre, pero quieres que lo sea según tu corazón. Comprendo lo que me pides, en una palabra, y quiero dártelo porque me ayudarás, me darás la fuerza y me guiarás con tu Sabiduría y virtud.

 

Tengo necesidad de tu ayuda para defenderme del tentador….Este enemigo es poderoso cuando Tú no estás presente. Te toca combatir por mí. Me entrego enteramente a ti, porque sé que tomas siempre partido por quienes esperan en ti y

nada hay que temer cuando se hace lo que se puede y Tú nos sostienes”.

 

Y de nuevo en forma de oración Claudio nos va desvelando lo que hay de más profundo en su interior, su corazón está lleno de confianza  en Dios y cuenta con su ayuda para llevar adelante el cambio que significa dar respuesta a la llamada que el mismo Dios le hace.

 

“No apartarás, Señor, tu brazo por miedo a socorrerme mientras te sea fiel, pues yo cesaré de serlo si caigo en pecado. Guárdame, Señor, de mal tan grade. Dame la muerte antes que permitas que yo pierda tu favor. Cambia mi debilidad en fortaleza y buen ánimo, y si una débil caña como yo ha de estar expuesta al furor de los vientos y de las fuertes tormentas, cíñeme de tu misericordia y cubre mi debilidad con tu mano de justicia.

 

Conserva en mí, Dios mío, un santo horror por aquello que más te desagrada. Acabo de comprenderlo mejor que nunca. Las reflexiones de estos días me acaban de mostrar hasta dónde va tu cólera en la punición del pecado. El ejemplo de tu justicia, castigando a los ángeles malos, me asusta y a la vez aumenta mi amor. Tiemblo viendo el vigor de tu venganza por su ofensa, y me conmuevo de reconocimiento viendo tu paciencia con mis crímenes” [11].

 

El tema del pecado ocupa un lugar muy amplio en la experiencia vivida por Poullart des Places, es algo que atormenta a nuestro joven fundador en esta etapa de su vida. De ahí que continuamente implore la ayuda de lo alto para no entra en ese mundo oscuro y tenebroso, pues el pecado es ante todo una ofensa al Dios de la vida, de la  ternura  y de la misericordia.

 

“Expondría mil veces  mi vida antes de renunciar a las promesas que te hago. Pero, después del ejemplo de David y el recuerdo de un Salomón de un San Pedro, ¿qué puedo yo prometer, de qué puedo yo responder, si los cedros más altos han caído? No tengo presunción como para fiarme de mi mismo, de mi fortaleza. Soy humano, y por lo mismo débil, capaz de olvidarte en el momento en que pienso que me vigilo con mayor cuidado.

 

Es bueno refrescar nuestra memoria, recordando las advertencias de Jesús a Pedro, lo que éste le promete y lo que en realidad hace:

 

 “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo: pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos. Él le dijo: Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte. Pero él le dijo: Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces”[12].

 

“Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: Este también estaba con él. Pero él lo negó: ¡Mujer, no lo conozco! Poco después, otro, viéndole, dijo: Tú también eres uno de ellos. Pedro dijo: ¡Hombre, no lo soy! Pasada como una hora, otro aseguraba: Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo. Le dijo Pedro: ¡Hombre, no sé de que hablas! Y en aquel momento, estando aún hablando cantó un gallo, y  el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces. Y saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”[13].

 

Por adelantado, Señor, detesto estos pecados y si por desgracia me sorprendieran, que mi caída, o Dios mío, sea imprevista y sin reflexión. Que saque de ella motivos para una profunda humillación. Que el mal pueda servirme para el bien y no sea tampoco un atractivo para permanecer en el vicio, y que el primer pecado no sea un aliciente para arrastrarme al segundo”.[14].

 

Ante esta situación Claude tiene la audacia de hacer responsable a Dios de su conducta. Esta audacia revela la confianza que él tenía en la acción de Dios  y de la ayuda que le podía prestar para no caer en el desorden del pecado. Escuchemos sus propias palabras:

 

“A partir de ahora, Dios mío, te hago responsable de mi conducta. Te declaro que quiero resistir a todas estas funestas seducciones del pecado. Yo no lo puedo hacer sin tu auxilio y nunca te lo pediré bastante. No permitas jamás que llegue a ser ciego, ilumíname  con la misma luz con que iluminaste a Agustín, a Pablo a Magdalena y a tantos otros santos personajes” [15].

 

Podemos recordar aquí el extraordinario testimonio de Pablo  a Timoteo por la semejanza que hay entre Claude y Pablo en lo referente al pecado y la acción de la Gracia en ellos y la reacción de ambos a favor de los que no conocen a Cristo y su gracia salvadora.

 

“Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia cuando no era creyente. Pero la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús. Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí, el primero, manifestara Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna. Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén[16] .

 

 Una actitud muy parecida a la de Pablo, es la de Claude cuando dice: “Anunciaré   (a las almas que viven habitualmente en el mal) lo que tu divina bondad me ha hecho comprender hoy. Me serviré de los medios poderosos de tu gracia para convencerlos. Sin ella y sin una verdadera cooperación de su parte es imposible que, entregados a sí mismos, vengan a Ti….Los comprometeré a que oren sinceramente, a no desanimarse, a importunarte y a no desistir hasta que vean que los escuchas.

 

Claudio Francisco Poullart des Places, a través de algunos textos que hemos citado, nos ha ido dejando su propio retrato que se ha ido forjando  a lo largo de su vida y en virtud de la vivencia de diferentes experiencias.

 

Su primera victoria  es afrontar con decisión dos actitudes que le angustiaban: la indecisión y la inconstancia. Toma la decisión de retirarse, de recogerse  y orar para  aclarar sus ideas. Esta decisión la tomó con toda libertad, sin ser presionado por nadie.

 

Era una necesidad imperiosa para encontrarse con el Señor y consigo mismo, hacer un discernimiento profundo, sin miedos, ni rodeos, llana y sinceramente.

 

Su autocrítica, presente a lo largo de todo el retiro (duró dos semanas, la primera centrada en la meditación de las verdades fundamentales de la religión y el destino del hombre y la segunda consagrada a la elección de un estado de vida), lo llevó a vivencias emocionales de la Bondad de Dios para con él, de la paciencia, de la misericordia y de la predilección por él en las situaciones más críticas de su historia.

 

 Estas diferentes vivencias le han permitido hacer la experiencia de sus limitaciones, sus debilidades y su condición de pecador. También han hecho brotar en él sentidas plegarias de contrición, de acción de gracias, de petición confiada,  y sobre todo disposiciones de generosa entrega, de docilidad al Espíritu y de anhelo de seguir incondicionalmente la Voluntad de Dios.

 

 

 

II - EN EL COLEGIO LOUIS LE GRAND

 

 

“Por ellos ruego, no ruego  por el mundo sino por los que tú me has dado…Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo cuida en tu nombre a los que me has dado”.

 

“Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo: No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Como Tú me has enviado al mundo, yo también los  he enviado a mundo…Santifícalos en la verdad: tu Palabra es la verdad”[17].

 

En el Colegio Louis le Grand donde Claude Poullart fue admitido como pensionista, comienza por hacer unos ejercicios espirituales y elegir un nuevo confesor, es muy posible que eligiese al P. Jean Maillard, un venerable octogenario, que, desde hacía una decena de años, era el padre espiritual de los religiosos y de la mayor parte de los estudiantes de teología del Colegio.

 

Durante su primer año de estancia  en Louis le Grand el Sr. Des Places, como le llamaban allí, no se distingue de otros estudiantes, al menos exteriormente. Se dice de él, “que había conservado en su porte un aire educado según el mundo”. A la vez que se va haciendo en él un trabajo de profundización bajo la influencia, parece, de dos causas.

 

La primera fue la entrada en una asociación de piedad, la AA o Asamblea de los Amigos, que agrupa a los alumnos más fervorosos de los Jesuitas, y se proponía la renovación espiritual de los aspirantes al sacerdocio por una vida entregada enteramente a Dios en la práctica de la penitencia y los consejos evangélicos. La pertenencia del Sr. Des Places a esta asociación la testifica una carta de la AA de París del 17 de marzo de 1.703.

 

La segunda causa fue la recitación hecha por el P. Verjus de la vida de un apóstol bretón llamado Michel le NOBLETZ, del cual se acababa de comenzar el proceso de beatificación en el curso del año 1,701.

 

Claude-François se quedó profundamente impresionado por el paralelismo entre la vida del servidor de Dios y la suya propia. De una parte y de la otra, la misma devoción precoz y filial hacia la Santísima Virgen; los dos han estudiado con los Jesuitas y han sido escogidos para defender su tesis de filosofía; los dos, por temperamento, prontos a desenvainar ante cualquier afrenta, los dos también dispuestos a convertirse, ávidos de oprobios y de humillaciones para deshacerse de su “pasión dominante”, la ambición y el temor al desprecio. Le NOBLETZ llega a ser para el Sr. Des Places un modelo al que se esforzará en imitar.

 

Hablando de su héroe, el P. Verjus escribía: “La lectura de la vida de S. Ignacio hacía sus delicias. Claude concibió a su ejemplo, desde el comienzo de su conversión, un deseo ardiente por la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas; y tuvo, como él, hasta su muerte, una constancia infatigable para buscar los medios de encender en otros ese fuego de la caridad que ardía en él. Fue sobre este mismo modelo que él se esforzará para ganar varios escolares para la piedad, y darles ese desprecio generoso del mundo, que él había tomado como fundamento de la vida espiritual que había abrazado.

 

Se privaba de las cosas que le parecían ser las más necesarias, y no comía de ordinario carne, ni bebía vino, para ahorrar el dinero que le enviaba su padre y así poder ayudar a las necesidades de los más pobres, de esta manera los comprometía a aprovechar los auxilios más importantes que les daba para instrucción y alimento de sus almas”.

 

Es a esto a lo que se aplicará nuestro joven teólogo de Louis le Grand, y lo hará al pie de la letra. Lo vemos interesarse por los pequeños deshollinadores y darles catequesis “cuando podía encontrar la ocasión, convencido de que sus almas no eran menos queridas de Jesucristo que las de los grandes señores y que había en ellas tanto  o más fruto que esperar”.

 

 “Venid benditos de mi padre; recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer tuve sed y me disteis de beber” [18].

 

De su padre Claude recibía la módica pensión de 800 libras. De esta suma debía retirar 368 libras de las cuales 36 eran para pagar el alquiler de la habitación que tenía reservada en el Colegio Louis le Grand. Con el fin de ayudar a los pobres no dudaba, nos confía su testigo ocular, J,B. Faulconnier, que fue uno de los primeros beneficiados de su generosidad que le llevaba a suprimir de su alimentación todo lo mejor que había, para enviarla a los enfermos o a los pobres tratándose él mismo como el último de entre ellos.

 

El mismo J.B. Faulconnier atestigua lo siguiente: “Yo sé que antes del establecimiento de su comunidad, estando de pensión en los Jesuitas, sea que él iba a buscarlo o sea que se lo llevaran su parte a su habitación, él daba a los señores que estaban en la miseria y él comía de los restos que le daban los Jesuitas, sobre todo habas que llaman judías, algunas veces rehogadas desde hace tanto tiempo que tenían por encima dos dedos de moho”.

 

“Venid benditos de mi padre; recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer tuve sed y me disteis de beber” [19].

 

Se ocupaba, en especial, de algunos pobres “escolares”, que se preparaban para el sacerdocio y debían trabajar para vivir, con el fin de ayudarles y colocarlos en una situación que les permitiera seguir los estudios. (En otros grupos existentes, trabajaban en las parroquias para velar a los difuntos algunos de ellos).

 

Así es como Claude comenzó a pensar en la posibilidad de reunirlos en un apartamento, donde él iría de vez en cuando para instruirlos. Su confesor, informado de su proyecto, lo animó. Muy pronto el Principal del Colegio, es decir el ecónomo, le prometió ayudarle en esta buena obra concediéndole una parte de los restos de las mesas de los pensionistas para ayudarle a la subsistencia de sus pobres escolares. Éstos eran cuatro o cinco en los comienzos.

 

El Sr. Des Places no tardará en encontrar la casa en la que alquilará varias habitaciones. La casa estaba situada en la calle de los Cordiers, en los alrededores del Colegio Louis le Grand y del convento Saint-Jacques, muy cerca de la iglesia Saint-Etienne,des-Grés. Esta casa va a servir de cuna al Seminario y a la Congregación del Espíritu Santo. Y va nacer con espíritu de servicio al estilo de Jesús.

 

 “Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”[20].

 

Otro acontecimiento en la vida del Sr. Des Places a lo largo de 1.702 va a producir un profundo cambio en su comportamiento exterior, su entrada oficial en la clericatura por la ceremonia de la tonsura que recibió el día 15 de agosto. Su primer biógrafo hace notar lo siguiente: “Se le vio de pronto, en medio de ese colegio tan numeroso donde era tan conocido, dejar  todo el esplendor y las maneras del mundo, para vestirse al mismo tiempo del hábito y la simplicidad de los eclesiásticos más reformados. Sin importarle lo que pudiera decir la gente [21]. En esto se reconocerá una influencia manifiesta de su pertenencia a la AA y de la lectura de la vida de Michel le NOBLETZ.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III - LA FUNDACIÓN DEL SEMINARIO DEL ESPIRITU SANTO

 

 

 

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!”[22].

 

 

En octubre de 1.702, al comienzo del curso escolar, el pequeño grupo de los protegidos del Sr. Des Places ocupó las habitaciones puestas a su disposición en la calle de los Cordiers. Cada día, el Sr. Des Places iba a ver a sus escolares, preocupándose a la vez de sus necesidades naturales y de su vida espiritual.

 

Con ocasión de las pequeñas reuniones de piedad que él presidía, invitaba a algunos estudiantes  que ayudaba en otras partes. Cuando los restos de los Jesuitas eran más abundantes, era feliz invitando a los externos a comer con ellos. Y en cuanto las nuevas habitaciones de la casa estuvieron disponibles, dos o tres externos se incorporaron al número de los internos aumentando hasta la docena.

 

Parece que al comienzo de la Cuaresma de 1.703, el Sr. Des Places se unió al pequeño grupo de la calle Cordiers. Es lo que da a entender el párrafo de una carta de la AA de París del 17 de marzo de 1.703, donde se ve bien claro que se trata de Claude Poullart.

 

Esta carta, destinada exclusivamente a los miembros de la asociación para su edificación, tiene también la ventaja de darnos algunos detalles sobre las austeridades que se imponía el futuro fundador del Seminario de la Congregación del Espíritu Santo.

 

En esta carta leemos lo siguiente: “Otro ha renunciado a un beneficio de 4.000 libras y un encargo de Consejero al Parlamento que sus padres querían darle, para ser director de un seminario, donde no tendrá más que penas y fatigas; el mismo, no duerme más que tres horas cada día en una silla y emplea el resto del tiempo en la oración; él mismo, por mortificación, no come más que una especie de carne y no bebe más que agua; él mismo. hace grandes limosnas y no da nunca menos de un demy-louis” [23].

 

El Sr. Poullart, más prudente, evitará servirse de los términos de “Director de un seminario”. Él no se designa más que como “eclesiástico” y habla de una “casa de escolares, de particulares, de una obra de caridad”, para evitar caer bajo el golpe de un edicto de 1.666 que prohibía el establecimiento de nuevos seminarios o comunidades sin autorización previa del Rey por cartas certificadas debidamente registradas.

 

En la segunda quincena de abril de 1.703, el P. De Montfort, encontrándose de nuevo en París, tenía al corriente  a su amigo Sr. Des Places de la decisión de fundar una Sociedad Marial de hombres apostólicos y le presionaba para que se uniese a él para ser el fundamento de esta obra, el Sr. Des Places le respondió de esta manera:

 

“Yo no me siento atraído en absoluto por las misiones, pero se muy bien lo que se puede hacer en ese proyecto para no concurrir con todas mis fuerzas y atarme inviolablemente a Vd. Usted sabe que, desde hace algún tiempo distribuyo todo lo que hay a mi disposición para ayudar a los pobres escolares a seguir sus estudios. Conozco   varios que tienen disposiciones admirables y que, faltos de recursos, no pueden hacerlas valer y están obligados a enterrar los talentos que serían muy útiles para la Iglesia, si fueran cultivados. Es a esto a lo que quiero aplicarme reuniéndolos en una misma casa. Me parece que es esto lo que pide Dios de mí, y he sido confirmado en esta idea por personas esclarecidas; algunas de ellas, me han prometido ayuda para proveer a su subsistencia.

 

Si Dios me concede la gracia de tener éxito, Vd. podrá contar con misioneros. Yo os los prepararé y Vd. los pondrá en ejercicio. Por este medio, Vd. será satisfecho y yo también”.

 

En este año de 1.703, en el cual serán puestos los fundamentos de la comunidad que él estaba llamado a suscitar en la Iglesia, Claude Poullart no tenía más que 24 años y no era más que tonsurado. En esta ruda empresa como ha dicho el autor de la carta de la AA de París, él va a encontrar “penas y fatigas” de todo género. Para sostenerlo, Dios que es misericordioso, pone en su corazón un fervor extraordinario, que se va a hacer notar a lo largo de los dieciocho meses que siguieron a su tonsura y de los cuales él mismo nos habla en las notas que escribirá con ocasión de un retiro durante las vacaciones de Navidad de 1.704, con el título de “Reflexiones sobre el pasado”. Citamos algunos extractos que nos acercan a la experiencia vivida en esta ocasión. Estas son sus palabras:

 

“El cielo prevenía mis demandas, escribía él. Por un pequeño acto de amor para con Dios, yo sentía interiormente las respuestas de Dios que no se pueden explicar de ninguna manera. Yo recibía consuelos en abundancia… Si hacía algún esfuerzo para dar un paso hacia el Señor, enseguida ese tierno Maestro me llevaba sobre sus espaldas leguas enteras. El resultado era que yo hacía sin la menor dificultad, lo que tiempos atrás veía como algo imposible para un hombre como yo”.

 

“Casi no podía pensar más que en Dios. Mi gran pena era no pensar en Él siempre. No deseaba más que amarle y, para merecer su amor, habría renunciado a las afecciones más permitidas de la vida. Quería verme un día despojado de todo, no viviendo más que de limosna después de haber dado todo. No pretendía reservarme, de todos mis bienes temporales, más que la salud, de la cual yo deseaba hacer un sacrificio total a Dios en el trabajo de las misiones, contentísimo si, después de haber abrasado a todo el mundo  del amor de Dios, yo habría podido dar hasta la última gota de mi sangre para aquél del cual los beneficios tenía presentes”.

 

“Yo no dejaba de hablar de esto, de estas buenas obras. Pero encontraba muy poca gente a quien contárselo. No sentía placer más que en las conversaciones donde Dios no era olvidado…Las personas que me hablaban de otras cosas me eran insoportables”.

 

“Pasaba tiempos largos delante del Santísimo Sacramento; estos eran los recreos más maravilloso y frecuentes. Oraba  la mayor parte del día, incluso caminando por las calles…”

 

“Aunque haya tenido el honor de comulgar frecuentemente, no comulgaba tanto como lo hubiera deseado. Deseaba ese pan sagrado con tal avidez que, cuando lo comía, con frecuencia no podía retener las lágrimas. Era en la participación del Cuerpo de Jesús que yo sacaba este desprendimiento que me hacía despreciar el mundo y sus maneras. No me preocupaba de tener su estima: Algunas veces intenté desagradarle contrarrestando sus costumbres”.

 

“Había aprendido en esos santos coloquios con Dios, a cerrar mis oídos a todas las noticias, a no abrir jamás los ojos para ver las cosas puramente curiosas, incluso paseando por la ciudad. No sabía nada nuevo, no miraba nada bonito. No quería hurtar un momento  a mi Dios, no quería pensar más que en Él y aunque yo estuviese muy lejos de pensar siempre así, pues sufría con frecuencia largas distracciones, no dejaba de tener el espíritu lleno de Él, algunas veces en medio del sueño y siempre cuando me despertaba la primera vez durante la noche.

 

He tenido la dicha, durante dieciocho meses, de vivir de esta manera…”[24].

 

                                             ………………..

 

Es bajo la influencia de este fervor que Claude Poullart des Places preparó a sus escolares para que expresaran ellos mismos el deseo de querer erigir su pequeño grupo en verdadera comunidad clerical. Para esto se escogió el día de Pentecostés que, ese año de 1.703 caía el 27 de mayo.

 

Ese gran día fue precedido por unos ejercicios espirituales, en los cuales Claude Poullart  hizo de predicador. Y el contenido de su predicación fue sobre la humildad, la abnegación, la caridad, el celo por las almas, los pobres en particular, tales fueron los temas de sus charlas.

 

La ceremonia de inauguración se hizo en la iglesia cercana de Saint-Etienne-des-Grées, a los pies de Notre Dame de Bonne-Délivrance. Fue en este santuario silencioso y retirado donde fueron a arrodillarse los primeros miembros de la pequeña comunidad, bajo la conducta de aquél que querían como su mejor amigo y que veneraban ya como su padre.

 

Un registro muy antiguo nos da la fecha exacta de la transformación del pequeño grupo de pobres escolares, en número de doce, nos dice la tradición, en comunidad clerical.

 

“Don Claude –François Poullart des Places, en mil setecientos tres, en las fiestas de Pentecostés, no siendo entonces más que aspirante al estado eclesiástico, ha comenzado el establecimiento de la dicha comunidad y Seminario consagrado al Espíritu Santo, bajo la invocación de la Santa-Virgen concebida sin pecado”[25] .

 

Cada año en las sucesivas fiestas de Pentecostés y del Inmaculado Corazón de María, los Espiritanos reunidos alrededor de una estatua de Ntra. Señora renuevan esta consagración que hizo Poullart des Places de todos sus discípulos presentes y futuros, recitando esta oración, eco probablemente de aquella que fue utilizada por su venerable fundador.

 

“Santa María, mi madre y mi soberana… Humilde y piadosamente postrado a tus pies, imploro vuestra asistencia. Ayúdame, vuestro humilde servidor, a dedicarme, consagrarme y entregarme al Espíritu Santo, vuestro celestial Esposo, en honor de quien, a pesar de su debilidad, quiere hacer hoy un compromiso muy importante. Mi buena madre, escúchame; Espíritu todo poderoso, escucha a mi buena madre y  por su intercesión, dígnate iluminar mi espíritu con tu luz y enciende mi corazón del fuego de tu amor, a fin de que en esta casa que os es consagrada, yo haga todo lo que os agrada, todo lo que toca a vuestra gloria, mi santificación y la edificación de mis hermanos”.

 

Fórmula que han comentado los sucesores de Poullart des Places en la dirección del Seminario y de la Congregación, como sigue:

 

“Esta consagración hace parte esencialmente del espíritu de nuestras constituciones; las santas promesas que hacemos hoy aquí son como la herencia que nuestros padres nos han dejado. Ellos eran pobres de los bienes de este mundo y no querían ser ricos más que de los Dones del Espíritu Santo, que era el verdadero tesoro”.

 

“Ellos se consagraron al Espíritu Santo  bajo la invocación de María concebida sin pecado y nos han consagrado a nosotros juntamente con ellos. Nosotros no podemos pertenecer  a un maestro mejor que el Espíritu Santo ni estar bajo una mejor protección que la de María. Consagrémonos pues a uno y a la otra según la intención de nuestros padres…”

 

Y aún más: “Comprendamos bien el alcance de estas tres palabras; Yo me dedico, yo me consagro, yo me entrego”. Eso es, de alguna manera, la dedicación y la consagración que hacemos de nosotros mismos al Espíritu Santo, como templos dedicados a su culto, como consagrados en su honor. Lo mismo que un templo dedicado al culto divino no puede servir más que a este fin, y que es profanado en el momento en que es empleado a usos ordinarios, así nuestras almas y nuestros cuerpos no deben servir más que para honrar al Espíritu Santo, del cual llegamos a ser los templos de una manera especial…Así, despojados de todo, somos bastante ricos; su amor, he aquí nuestro tesoro…

 

Es bueno recordar aquí las palabras de Pablo a este propósito:

 

“¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios es sagrado, y vosotros sois  ese templo”[26] .

 

Nosotros nos comprometemos a buscar el honor del Espíritu Santo, primero en nuestro interior, por un espíritu de docilidad perfecta a la voluntad de Dios, de obediencia y sumisión perfecta a los movimientos de la gracia, por un espíritu de abandono de nosotros mismos a los designios de la divina Providencia. Hay que dejarse conducir por el Espíritu Santo, no seguir más que sus impulsos y resistir a todos los de la carne; No tener otras afecciones y otras intenciones que las que Él inspire, hacerle confianza y rechazar toda inquietud: Como dice el salmista:

 

 “Yahvé es mi pastor; nada me  falta. En verdes pastos me hace reposar: Me conduce hacia fuentes tranquilas, allí reparo mis fuerzas. Me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre… Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa de Yahvé un sinfín de días” [27](Sal 22,1-3.6).

 

“Entonces, estaremos dispuestos a cumplir otro deber: Hijos de María y del Espíritu Santo, nos aplicaremos por nuestras palabras y obras a darlos a conocer, amar y servir, llevaremos a todos nuestros hermanos  a glorificar al Espíritu Santo, a honrar a su divina esposa…”

 

“Es así como nosotros marcharemos sobre los pasos de nuestros padres… Entonces podremos llamar a María nuestra Madre; seremos su familia y el Espíritu Santo nos mirará como sus hijos”. (1)

 

Cuando en 1.848, por decisión de la Propaganda, ratificado por Pio IX, el 10 de septiembre del mismo año, la Sociedad de los Misioneros del Sagrado Corazón de María fundada por Libermann cesa de existir, y sus miembros y aspirantes fueron agregados a la Congregación del Espíritu Santo de la cual el P. Libermann es nombrado undécimo Superior General, nada se hizo ni se cambió del espíritu y la espiritualidad de la familia espiritana así renovada. Testigo, esta acta de consagración redactada por Libermann siete u ocho años antes y ligeramente retocada por él después de la unión de las dos sociedades:

 

“Os ruego pues (¡Oh Madre mía!) aceptad la ofrenda que yo os hago de todo mi ser; entregadme al Espíritu Santo, vuestro muy querido Esposo; yo quiero entregarme y consagrarme enteramente al divino Espíritu y totalmente a vuestro Corazón Inmaculado. Deseo vivir y morir, entregarme e inmolarme en el seguimiento de Jesús, en la sociedad de los Misioneros, toda entregada al todopoderoso Vivificador de las almas y toda consagrada a vuestro Inmaculado Corazón.

 

¡Oh santísima Madre de mi Dios!.., yo tomo la firme e inquebrantable resolución de servir toda mi vida a vuestro amadísimo Hijo, Jesucristo mi Señor: Os entrego mi alma, para que ella os pertenezca como un niño pertenece a su madre; Os querré toda mi vida con un amor tierno y filial y predicaré por todas partes vuestra gloria”.

 

Abro mi corazón y lo entrego al Divino Espíritu: que Él lo llene, que lo posea y que actúe en él como dueño y soberano; quiero, bajo su guía, derramar su santo amor en todas las almas que me serán confiadas por la bondad de vuestro amado Hijo” [28](N.D.;Tom X, pag. 499).

 

Cerramos este largo paréntesis que nos ha permitido acercarnos a la más genuina tradición espiritada y recuperamos, de nuevo, el contacto directo con nuestro primer fundador Claude Poullart des Places.

 

 

 

IV - LA HORA DE LAS TINIEBLAS

 

 

“Pues bien se yo que nada bueno habita en mí es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.

 

Descubro pues esta ley: aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.

 

¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!” [29].

 

En los comienzos de 1.704 el Sr. Des Places entra en un estado penoso que parece tener como primera causa el agotamiento ocasionado por las preocupaciones  que le da su Comunidad a medida que se va desarrollando. De aquí la fatiga y la dificultad para concentrarse: “!Ay! suspira él, no encuentro en mí capacidad para centrarme en la presencia de Dios, no pienso más en Él durante mi sueño, casi nunca al despertarme, siempre distraído en mis oraciones”. Dificultad también para dominar sus sentidos y para controlar los movimientos primarios de la naturaleza. “Nada de atención para guardar mis sentido, escribe él; hablando voluntariamente de cosas indiferentes; mirando todo, escuchando todo… Con frecuencia arrogante, seco y desagradable; de tonos altos, de palabras chillonas, de reprimendas ásperas y largas; una fisonomía sombría, indicio de mi mal humor”. Falta de regularidad en la oración, los ejercicios de piedad, el estudio- porque él es estudiante-, las comidas: trasponiendo siempre las horas marcadas, nota él, desordenado hasta en las horas de las comidas; tanto comiendo temprano como tarde, a veces la comida la hacía a las tres de la tarde y la cena  a las nueve de la noche. Haciendo todos los días, por tanto, muchas y bonitas resoluciones. ¡Ay! no soy más que una máscara de devoción y la sombra de lo que he sido”.

 

Hay que ver también – en este penoso estado – una prueba   pasiva  por la cual el Espíritu purifica a un alma de múltiples imperfecciones que conducen al fervor sensible, tal como lo ha conocido Poullart des Places durante los dieciocho meses que han precedido a este tiempo de prueba, entonces él recibía “consolaciones en abundancia” y el mismo Señor lo llevaba “sobre sus espaldas horas enteras”, cuando le sucedía dar un paso hacia ese dulce Maestro.

 

San Bernardo habla de este género de prueba, de esta noche, que él mismo ha experimentado, cuando escribe así: “Mi corazón se encuentra seco; se ha endurecido como la leche cuando se cuaja; se ve como una tierra sin agua; no puedo derramar una lágrima de compunción así es de grande mi insensibilidad. El canto de los salmos me aburre; no encuentro placer ni en la lectura ni en ninguna otra forma de oración; si quiero meditar, no encuentro nada. ¡Oh! Continua él, ¡qué llega a ser esta embriaguez del espíritu, esta paz, esta serenidad, esta alegría que hace toda la consolación de nuestro exilio!”[30] .

 

El P. Libermann dice a este propósito: “Durante todo el tiempo de estas penas de los sentidos, el alma que es fiel entra poco a poco en un camino de contemplación que la lleva deprisa la unión perfecta” [31]. Pero no se trata más que de un “comienzo de oscura y seca contemplación que permanece escondida y secreta a aquél mismo que goza de ella”[32]. La imagen desarrollada por S. Juan de la Cruz del tronco de madera verde echado en un brasero permite comprender mejor el estado del alma que sufre  esta prueba:

 

“El fuego material aplicado a la madera comienza por secarlo; le quita la humedad y le hace llorar toda su savia. Después se va volviendo negro poco a poco, oscuro, desagradable a la vista; despide un olor desagradable. Después el desecante insensible, se tira y manifiesta los elementos sucios y escondidos que son opuestos a su acción. Y por fin, comenzando a encenderlo en el exterior y a calentarlo, él se transforma en fuego, tan brillante como el mismo fuego”.

 

Algo parecido sucede cuando el alma, todavía está llena de imperfecciones. Es echada en el fuego divino de la contemplación que  “antes de unirse al alma y transformarla, comienza por purificarla de todos los elementos contrarios. La limpia de todas las suciedades: la vuelve negra, oscura a sus propios ojos; también ella parece mucho más fea que antes. Antes de esta divina purificación que la llevan al día en que todos los malos humores y vicios hasta entonces muy enraizados en sus profundidades, que el alma no veía; ella estaba lejos  de imaginarse  que pudiera haber tanto mal en ella, y ahora que se trata de romperlo y destruirlo se lo ponen delante de sus ojos. Ella los ve muy claramente al resplandor de esta oscura luz de divina contemplación, pero ella, por eso, no es peor delante de Dios. Sin embargo, como ella ve lo que no veía precedentemente, le parece evidente que no solamente ella es indigna de la mirada de Dios, sino que merece que él la tenga horror y que ya elle es para él objeto de horror” [33].

 

 

 

Es el tiempo para el alma de vivir de fe pura, apoyándose únicamente en la Palabra de Dios. Es así como ella entra en la senda de la contemplación, donde volverá a encontrar serenidad, gozo y paz.

 

El Sr. Des Places atribuye esta difícil situación al relajamiento, al tedio y a la presunción, que ha sido la suya, de emprender esta obra de los pobres escolares, cuando no estaba maduro para ello, dice así:

 

“Yo considero que la fuente de mi relajamiento, o para hablar más justamente y como debo, de mi caída y de mi perturbación, es haberme salido muy pronto de la soledad, de haberme derramado fuera, de haber emprendido el establecimiento de los pobres escolares y de haber querido mantener la cosa. Yo no tenía una virtud suficientemente profunda para esto y no tenía todavía adquirida la humildad suficiente para ponerme con limpieza a la cabeza de una tal obra buena. Diez años de tiempo a pensar solamente en mí no era un tiempo demasiado largo”.

 

Sin embargo ha sido con el permiso de su director que él ha emprendido esta  obra. “es verdad, responde  El Sr. Des Places, pero ¿cómo le proponía las cosas? ¿De qué artimañas no me servía yo? No se trataba primero, decía yo: más que de cuatro o cinco escolares que trataría de alimentar poco a poco, sin que esto pudiera parecer que iba a aumentar. No dije, quizás, todas las maneras de ver de mi ambición y de mi vanidad, he llenado todo de temor y tiemblo delante de Dios, por no haber tenido en todas estas consultas, el candor, la simplicidad y la abertura que debía”. Y concluye: “Estas reflexiones me llenan de dolor. He dejado el mundo para buscar a Dios, renunciar a la vanidad y salvar mi alma;  y ¿será posible que yo no haya hecho más que cambiar de objeto y que haya conservado siempre el mismo corazón? ¿De qué me servirá al final haber hecho lo que he hecho?” [34].

 

Es así como el Espíritu Santo establece el alma en la verdadera humildad. Santa Teresa de Ávila ve ahí el provecho que se saca de la vida activa, cuando ella es emprendida por obediencia o caridad al servicio del prójimo.

 

¿Hijas mías! Es precisamente cuando el celo os arranca del retiro, que debéis mostrar vuestro amor  por Dios; Es en medio de las ocasiones que vosotras podéis probarle vuestra fidelidad, mucho mejor que en los rincones de la soledad. Creédmelo, vosotras haréis un progreso más grande en la virtud, aunque se escapen más faltas, y aunque tengáis incluso alguna pequeña caída. Yo supongo siempre, notadlo bien, que es la obediencia o la caridad que os llaman al servicio del prójimo.

 

”En cuanto al provecho que podemos sacar de la acción es este: nosotros aprendemos a conocernos, escribe ella, y vemos hasta donde llega nuestra virtud. Cualquier santa que sea a sus propios ojos una persona que vive siempre en la soledad no sabe, no tiene ningún medio para saber si ella tiene paciencia y humildad. Es como un guerrero: no está seguro de su bravura más que cuando se le ha visto en el campo de batalla. ¡Oh Dios mío! Que útil nos es conocer la grandeza de nuestras miserias” [35] .

 

 

 

 

 

 

 

 

V - RUE NEUVE SAINT-ETIENNE

 

 

El  año 1.705 fue marcando por varios acontecimientos interesantes la vida de la joven Comunidad de la calle de los Cordiers.

 

Primeramente desde los comienzos de enero, la llegada  del Sr. Barbier, un amigo de infancia del Sr. Des Places, que viene a secundar en el gobierno de la casa.

 

Ante las dificultades que encontraba el Sr. Des Places para dirigir sólo una comunidad en pleno desarrollo y seguir estudiando la teología, sintió, en efecto, la necesidad de ser ayudado en este trabajo. Por otro lado, la presencia de un sacerdote se imponía en una obra de este género. Es esto lo que lleva al Sr. Des Places a solicitar la venida de su amigo, en quien él tenía plena confianza, y su participación en la dirección de la obra.

 

Otro acontecimiento importante  para Claude a lo largo de 1.705 fue recibir las cuatro órdenes menores el 6 de junio.

 

Al comienzo de octubre, un joven subdiácono de 22 años, originario de Janzé, diócesis de Rennes se agrega a la joven comunidad. Su nombre era Jacques-Hyacinthe Garnier y será, desafortunadamente, por poco tiempo, el sucesor de Poullart des Places en la dirección de la obra.

 

Ese mismo mes de octubre de 1.705 Poullart des Places firmará el contrato de arrendamiento, a contar desde Navidad, que le permitirá disfrutar de una casa situada en el número 8 de la calle Neuve-Saint-Etienne, la actual calle Rollin. La casa de la calle des Cordiers se había quedado pequeña. La nueva casa permitía acoger de 60 a 70 estudiantes y no estaba lejos del Colegio Louis-le-Grand.

 

            En las vacaciones del año 1.706 Claude François pasa algún tiempo en Rennes al lado de sus padres. A lo largo de esta estancia, les pide que le faciliten el título sacerdotal exigido por el Concilio de Trento a todo candidato al subdiaconado no titular de un beneficio eclesiástico.

 

Si él hubiera consentido, habría sido ya dotado. Un cierto François Lucas de Saint-Macou, sacerdote y misionero apostólico, de acuerdo, probablemente, con el padre de Claude, habría firmado, en efecto, en la corte de Roma, tres beneficios en su favor por un importe de 1.800 libras por lo menos. Pero Claude –François rechazó esta oferta y no consintió recibir de sus padres otro título clerical que no fuera la renta vitalicia de 60 libras exigida por el obispo de Rennes, incluso a sus seminaristas más pobres. Lo que fue hecho el 23 de agosto de 1.706 en el estudio del Sr. Le Bardier “notario real y apostólico”. Una renta vitalicia de 60 libras “netas y libres de todas rentas, cargas y deberes” fue asignada al Sr. Claude-François Poullart des Places a retirar de los ingresos de la tierra noble de los Mottais, situada en la parroquia de Saint-Laurent des Vignes”.

 

Previsto de su título clerical, Claude-François pudo solicitar al obispo de Rennes sus cartas dimisorias para el subdiaconado que le fue conferido en Paris el 18 de diciembre de 1.706.

 

Nuevas dimisorias obtenidas el 2 de febrero de 1.707, le permiten recibir el diaconado el sábado 19 de marzo.

 

En fin sus cartas para el sacerdocio, firmadas por el Vicario General de Mgr. de Lavardin, obispo de Rennes y con fecha del 15 de julio, le fuero entregadas, sin duda, en mano con ocasión de una estancia en familia al final del año escolar.

 

Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1.707 por Mgr. Henri de Thiard obispo de Meaux, futuro cardenal de Bissy.

 

Poullart des Places ¿tuvo la alegría de dar a sus padres su primera bendición sacerdotal? Es poco probable. Por el contrario, ningún miedo de equivocarse evocando su alegría al bendecir a sus jóvenes clérigos que Dios le había confiado. Y más todavía al evocar la alegría de subir al altar de su pequeña capilla y distribuir él mismo a sus hijos el Cuerpo del Señor. Tampoco hay duda de que haya celebrado una de sus primeras misas en los santuarios más queridos en su corazón: la capilla de la Virgen Negra de París, protectora de su Comunidad y la cripta de Notre-Damme de Saint-Victor en la que su amigo Simón Gourdan era el capellán.

 

 

 

 

 

VI - EL INVIERNO DE 1.709 EN PARIS

 

 

 

El invierno de 1.709 queda para los historiadores como el “Gran invierno”, una de las pruebas más duras, no solamente del reinado de Louis XIV, sino de toda la historia de Francia. Para la joven familia de los pobres escolares, sus consecuencias fueron trágicas.

 

El invierno no fue menos riguroso en provincias, pues después del frío apareció el hambre ocasionando un gran número de muertes.

 

A la pequeña comunidad de la calle Neuve-Saint-Etienne, que no vivía más que de limosnas, no le fue ahorrado nada. La salud de cada uno se vio profundamente afectada; la de Poullart des Places en primer lugar, sin duda. Uno de los jóvenes de la comunidad, con el que él podía contar, René Le Sauvage, murió y fue enterrado la víspera de Pentecostés.

 

El nombramiento del Sr. Le Barbier por Mgr. De Lavardin para ser párroco de Bain-de-Bratagne  a partir del 8 de febrero de 1.709 privó a Poullart des Places de la colaboración inestimable de aquél que después de ser su amigo de infancia, llegó a ser su brazo derecho en la dirección del Seminario. Una mañana de junio, antes de tomar plaza en la diligencia de Bretaña, Claude abraza a su amigo por última vez, porque no se volverán a ver.

 

Otras preocupaciones importantes esperan al Sr. Des Places. La casa de la calle Neuve-Saint-Etienne se fue quedando pequeña y Poullar des Places encontró otra casa para su Seminario, era una gran propiedad situada muy cerca de la que iba a dejar, entre la calle Mouffetard y la calle Neuve-Sainte-Geneviève, actualmente la calle Tournefort. Él rescindió el contrato de la primera el 17 de agosto de 1.709 comprometiéndose a dejarla libre al nuevo inquilino el 1 de octubre.  Esto significaba que había que preparar la salida de la comunidad para el nuevo local. ¡Ay de mí! El joven superior no hará más que pasar a esta nueva morada.

 

 

 

VII - CLAUDE NOS DICE A DIOS PARA SIEMPRE

 

 

“Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda  la corona de justicia  que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación” [36](II Tim 4, 6-8).

 

Además de las preocupaciones que conllevaba el cambio de casa, había que pensar en la vuelta escolar. Esta, como cada año, debía de ser precedida del examen de los candidatos al Seminario y seguida de unos ejercicios espirituales de ocho días.

 

El Reglamento preveía llevar a los enfermos al Hospital de la Caridad administrado por los Hermanos de San Juan de Dios. En este fin de septiembre, todos los hospitales estaban sobrecargados. El Hôtel-Dieu, por ejemplo, contaba más de 4.000 enfermos, casi tres veces más que en tiempo normal. En cuanto al Hospital general, tenía hasta 14.000 pobres y no aceptaba más que a los niños abandonados, encontrados en gran número cada día delante de sus puestas. Poullart des Places se quedó entre los suyos.

 

La salud del joven superior, que nunca había sido extraordinaria, deja mucho que desear. El frío y el hambre le han afectado  mucho, pues prefería siempre “que le faltase alguna cosa a él ante de ver a sus escolares faltos de algo”.

 

En unas notas de hace diez años Poullart escribía lo siguiente: “Tengo una salud maravillosa aunque yo tenga siempre un aspecto delicado, tengo bien el estómago, me alimento con toda clase de alimentos y nada me hace mal; estoy fuerte y vigoroso como cualquier otro, resistente a la fatiga y al trabajo…”. Después del último invierno, le era imposible mantener una opinión tan optimista sobre su salud.

 

En los últimos días de septiembre, “mientras que el Sr. Des Places se entregaba enteramente a los cuidados que exigía su comunidad naciente y se agotaba con austeridades, nos dice su primer biógrafo, fue atacado por una pleuresía junto a una fiebre continua y un tenesmo violento que le causó fuertes dolores durante cuatro días. Nada de todo esto pudo arrancar de su boca una palabra de lamentación y menos aún de impaciencia. No se percibía lo tremendo de sus sufrimientos más que por los actos de resignación que le provocaban. El desfallecimiento de la naturaleza parecía prestarle nuevas fuerzas para repetir con frecuencia estas palabras del santo Rey David:    

 “¡Qué amables son tus moradas Yahvé Sebaot! Mi ser languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo”[37] .

 

 

El 1 de octubre, día fijado para la mudanza, lo trasportaron con las precauciones que se pueden adivinar, a la nueva casa de la calle Neuve-Saint-Geneviève.

 

“Desde que se supo en París que su enfermedad era grave, un gran número de personas, distinguidas por su piedad y por sus cargos, vinieron a verlo: Los señores Directores de los Seminarios de Saint-Sulpice, de Saint-Nicolas-du-Chadomet, de Saint-François-de-Sales. El santo hombre Sr. Gourdan de la abadía de Saint-Victor le envió también alguien a visitarlo de su parte”, nos dice su primer biógrafo.

 

El Sr. Des Places no fue de ninguna manera sorprendido por la muerte; Desde hacía años, se preparaba un día al mes a bien morir, comulgando el viático, haciendo sus oraciones y todas sus acciones ”como las últimas de su vida”, acostándose la noche como si él entraba en su ataúd.

 

Se le administraron los últimos sacramentos; y después de haberlos recibido en plena conciencia expiró suavemente. Era el 2 de octubre de 1.709, sobre las cinco de la tarde. Tenía 30 años y siete meses y no hacía más que un año y nueve meses y medio de su ordenación sacerdotal. Su vida y su muerte nos dejan un extraordinario recuerdo, que bien podemos resumir con estas palabras del Evangelio de S. Juan:

 

“Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grade que el que da la vida por sus amigos…No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca, de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda” [38](Jn 15, 13-14.16).

 

Sus restos mortales fueron colocados en la fosa común del pequeño cementerio de la parroquia Saint-Etienne-du-Mont en el presbiterio de la Iglesia, a la sombra de la capilla de la Virgen. El padre de los pobres escolares, que tanto había amado a los pobres y querido la virtud de la pobreza, compartió así la sepultura de los pobres.

 

Jacques-Hyacinthe Garnier, que venía de cumplir 26 años y no era sacerdote más que desde Navidad, por lo tanto menos de un año, tomó la dirección del Seminario. También marcado por las privaciones, el nuevo superior murió a su vez al comienzo de marzo de 1.710. Los siete seminaristas más antiguos se reunieron para darle un sucesor. Uno sólo de entre ellos era sacerdote desde hacía algunos meses, Louis Bouic, de Guillac. Fue él el elegido. Con la ayuda de Pierre Caris y de Pierre Thomas, gobernó el Seminario y la Congregación del Espíritu Santo durante más de medio siglo, hasta su muerte en enero de 1.763.

 

Al comienzo del mes de junio de 1.710 llega una noticia que les llena de aflicción, la muerte del Sr. Le Barbier, que después de haber sido como el hermano mayor de todos durante su estancia en la comunidad, ha sido también llamado por Dios el 22 de mayo a la edad de 30 años y 8 meses.

 

“En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde ; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” [39].

 

Es por la cruz que Cristo Jesús ha salvado al mundo; es también por la cruz que deben ser señaladas todas las obras suscitadas por el Espíritu Santo para la salvación de los hombres. No podía ser de otra manera la obra de los pobres escolares.

 

 

VIII - EL LEGADO DE CLAUDE POULLART DES PLACES

 

 

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado  a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” [40].

 

 

Un artista de talento fue a pintarle revestido de sotana y de un gran alzacuello azul, tal como era costumbre en la época, sentado en un sillón, con un gran crucifijo en las manos. Este retrato, el único auténtico que nosotros poseemos, se conserva en la sala del Consejo General de la Congregación del Espíritu Santo.

 

En el corazón sus discípulos conservaron un retrato muy diferente, cuyo resplandor iluminará toda la vida sacerdotal. El día, en que el Sr. De la Ville-Angevin llege a ser fundador de congregación y quiera enseñar los deberes del cargo de superiora de las Filles du Saint-Esprit, no tendrá más que  recordarse de aquél que fue su maestro y amigo. Es suficiente transportar su texto, cambiar  el tiempo de los verbos, leer él en lugar de ella, escolares en lugar de hermanas, para encontrar, con un máximo de verosimilitud, la imagen, llena de humanidad, de dulzura y de abnegación del Sr. Poullart des Places en el gobierno de su comunidad.

 

En el Reglamento de las Filles du Saint-Esprit, pp. 62 y 77 podemos leer lo siguiente:

 

“En las funciones de superior, él se recordaba siempre de humillarse delante de Dios, reconociéndose interiormente indigno de esta carga y más pecador que cualquiera de los escolares.

 

Él trataba a todos sus escolares con mucha delicadeza y humildad, mirándose a sí mismo, como el último de todos. Estudiaba las inclinaciones de cada uno de ellos y su disposición para poder ganarlos más fácilmente.

 

 

Cuando sus escolares habían caído en alguna falta, los reprendía con mucha delicadeza; Si se daba cuenta que ellos no recibían la corrección como debían, él no se encabezonaba contra ellos para forzarles a hacer lo que él decía y jamás les decía palabras bruscas, Prefería verles hacer una falta leve que hacer él una pesada para corregirles.

 

También pedía siempre las luces necesarias al Espíritu Santo y trataba a sus escolares con tanta delicadeza y paciencia que obtenía su total confianza y ganaba todos los corazones. Tomaba para él esta preciosa lección de Jesucristo: “Aprended  de mí que soy manso y humilde de corazón”.

 

Tenía una estima particular por la pobreza y el desprendimiento de las cosas, Prefería que le faltase algo a él antes que a sus escolares.

 

En fin, se estudiaba a sí mismo para ser un espejo perfecto de todas la virtudes y no hacer nada que sus escolares no pudieran  y no debieran imitarle”.

 

En su declaración, el Sr. Faulconnier  informará de una escena  que probablemente él sólo fue testigo. Nos muestra al Sr. Des Places tomado al vivo en un caso en el cual más de un director habría manifestado enojo: “Un día, un joven de la comunidad que desde hace cuatro años deseaba ser cartujo, había salido del colegio antes de la hora y había llevado sus libros a la comunidad con la intención de irse a la Cartuja. Encuentra al Sr. Des Places que le pregunta porqué venía tan pronto de clase. El joven le declaró su intención, el Sr. Des Places consulta al Señor allí mismo y le dice al joven estudiante enseguida: “Amigo, Dios no os llama pos ese camino”. Como éste insistía, alegando el largo espacio de tiempo durante el cual había madurado el proyecto y también la pureza de sus intenciones, el Sr. Des Places le respondió: “Si esta inclinación continúa algunos días, yo daré voluntariamente la mano”. Él lo envió así para asistir al resto de las clases. Este joven confesó más tarde que desde entonces no había tenido jamás el deseo de comprometerse con ese camino”.

 

Esta instantánea, que corresponde tan perfectamente a las reminiscencias del Sr. De la Ville-Angevin, merecería ser meditada: el padre de los pobres escolares no era solamente de una grande delicadeza; no tenía solamente la costumbre de recurrir al Espíritu Santo; Dios había querido compensar su falta de experiencia con el don del discernimiento de los espíritus.

 

El joven rico, hijo de un padre ambicioso, ávido él mismo de éxitos y de gloria. El Sr. Des Places había descubierto, siguiendo los pasos de Michel Le Nobletz, que la verdadera grandeza consiste en vivir las Bienaventuranzas.  Por su palabra y por su vida, ha llegado a ser, a su vez, predicador de la humildad y del desprecio al mundo. De sus predicaciones, sus escolares, a lo largo de sus vidas. se acordarán con fervor:

 

Cuantas veces, escribe Thomas, se le ha visto hacer las acciones más humillantes a los ojos de las personas que le conocían bien, cuando se trataba de buscar la subsistencia  para los pobres escolares que él había reunido. Se le ha visto con frecuencia por las  calles de París, acompañado de algunos de sus pobres escolares, la mayor parte muy mal vestidos, con los cuales parecía charlar como con sus iguales.

 

Como había que comprar con frecuencia pequeños muebles y diferentes instrumentos que eran necesarios para uso de la comunidad, él mismo iba a comprarlos como podría haberlo hecho el más pequeño hermano converso de un convento, con esta diferencia, que él encontraba en esto mil disgustos más que los hermanos conversos no tenían que soportar de aquellos a los que ellos compran las mercancías y con los obreros con los que hacen negocios, tanto por que , de ordinario, ellos tienen la bolsa mejor guarnecida y que compran en grandes cantidades, como porque se tenía costumbre de verlos,  y no como a ese nuevo proveedor que estaba obligado a ahorrar y a no ir con tanta frecuencia al mercado.

 

Cuantas veces  lo han visto llevar a él mismo lo que había comprado, tanto por ahorrar alguna cosa en beneficio de los pobres estudiantes como por humillarse. Era cariñoso cuando encontraba a alguien conocido que le veía tan cargado, a causa de las humillaciones que le venían de esos encuentros.

 

El Sr. Poullart des Places no se contentaba con las austeridades que su caridad por los suyos le imponía. El día después de su muerte, encontraron “El borrador de una carta que escribió a su director, en la que le proponía la resolución de practicar mortificaciones sorprendentes, las cuales sin embargo parecían suaves al Sr. Des Places en comparación de lo que él creía deber hacer para expiar sus pecados y para merecer el cielo. Proponía estos motivos a su director de una manera muy viva, a fin de comprometerlo a aprobarlos y a permitirle ejecutar lo que él había decidido”[41]

 

En toda su vida de superior, El Sr. Poullart des Places había estado para sus discípulos “el modelo de las virtudes más heroicas”. Sus exequias fueron para ellos una última lección de la cual nosotros encontraremos pronto los frutos.

 

 

Bibliografía:

 

Joaquín RAMOS SEIXAS: Antología Espiritana, Espiritanos , Madrid.

CENTRE SPIRITAIN DE RECHERCHE ET ANIMACTION: Ecrits Claude-François Poullart des Places, Rome 1.988

Alexis RIAUD: Claude-François Poullart des Places: Les Fraternités du Saint-Esprit, Paris1.985.

Joseph MICHEL: Claude –Francois Poullart des Places: Edit. Saint-Paul, París 1.962.

 

 Congregación del Espíritu Santo: Regla de Vida Espiritana, Madrid, 1.987.

 


[1] D.A., 48.

[2] D.A.,49

[3] (cf  Spiritains Aujourd?hui, 2 pg.5)

[4] (cf Spiritains Aujourd’hui, 2 pag.14).

[5] (cf N.D.. I ,385).

[6] Gal 1, 11-17.21-24.

[7] (cf Ecrits pg. 16 párr. 2y 3)

[8]  Cf Ex 34, 6-7.

[9] cf. Ecrits, pg.17.

[10] Ef 2, 4-5.

[11] cf Ecrits.,pgs., 18 y 19.

[12] Mt 22, 31-34.

[13] Mt 22, 54-62.

[14] cf Ecrits., 22

[15] Cf Ecrits.,pgs., 23 y 24.

[16] I Tim 1, 12-17.

[17] Jn 17, 9.11.14-15.

[18] cf Mt 25, 34ss.

[19] cf Mt 25, 34ss.

[20] Jn 13, 12-15.

[21] Cf Thomas,p.272.

[22] Sal 126, 1-2.

[23] Arch. S.J. de Toulouse, Lettres de Aa, t. 1Fo, 208, cité par Y. Poulet: La XVIII siècle et les origines lassaliennes, 1970, t. 2 p.365.

[24] Ecrits, pp. 66-69.

[25] Arch. C.S.Sp. ,  Registre des Asocies, commencé en 1734 seuleument, mais les précisions sur la fondation sont reproduites d’un “ancien registre”.

[26] I Cor 3, 16-17.

[27] Sal 22, 1-3.6.

[28] Cf N.D.; Tom X, pag. 499.

[29]  Rm 7, 18-25.

[30] cf Sermons sur le Cantiques: Sermón LIV.

[31] cf.Vble Libermann, Ecrits spirituels, p.228.

[32] cf. S. Jean de la Croix: La Nuit obscure, Liv.I, ch. IX.

[33] cf . S. Jean de la Croix: Liv, II. X.

[34] cf. Ecrits, p. 74.

[35] Thérèse d’Avila: Livre des Fondations: Ch. V.

[36] II Tim 4, 6-8.

[37] Sal 84, 2-3.

[38] Jn 15, 13-14.16.

[39] Jn 12, 24-25.

[40] Mt 11, 25-30.

[41] Joseph Michel Pags 244-245

 

                                                         Volver