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EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA LOS ESPIRITANOS DE
PARAGUAY SOBRE CLAUDIO FRANCISCO POULLARD DES PLACES.
Del 27 al 31 de octubre
2.008. P. Heliodoro Machado Santos.
INTRODUCCIÓN
El Capítulo General de 1.974 dice lo siguiente:
“La diversidad se desarrolla en la Congregación, pero hay lazos que
nos unen; en especial, el espíritu de nuestros Fundadores, nuestra
historia y la herencia recibida de nuestros predecesores”
Y en el número siguiente dice: Es
particularmente importante para nosotros conocer al P. Libermann, su
intención profunda, su visión apostólica, a fin de poder inspirarnos
en él, interpretarlo y adaptar sus enseñanzas a los contextos de
hoy”
.
Para lograr estos objetivos el Capítulo
estableció unas orientaciones prácticas que el Consejo General,
nacido de este Capítulo, pronto empezó a poner en marcha. Por
ejemplo: se creó el Grupo de Estudios Espiritanos que comienza su
trabajo el 29/12/1.975 en Roma. Fruto del trabajo de este grupo se
publican “Cahiers Spiritains” del número 1 al 22.
En 1982 se creó el Centro de Investigación y
Animación y aparece la publicación “Spiritains Aujourd’hui” que
profundiza sobre la espiritualidad espiritana. Salen a la luz cinco
números y da paso a la revista “Vie Spiritaine” a partir de 1.990.
Se celebró el encuentro internacional de
jóvenes espiritanos con el fin de implicarlos más en la vivencia del
carisma espiritano. Por esta razón, en agosto de 1.977, 134 jóvenes
espiritanos se reúnen en Castrillo de la Vega (España) con el P.
Timmmermans y los consejeros generales PP. Gros y Soucy. La
experiencia sobrepasó las expectativas de los más optimistas y
condujo a los participantes a la constatación de la diversidad en la
Congregación, en lenguas, razas, pueblos, y culturas, abiertas todas
ellas a la comunión en una misma misión evangelizadora, realizada en
comunidad fraterna.
Y como colofón de esta trayectoria de animación
espiritana, la celebración del Congreso Internacional Espiritano
bajo el tema concreto de: “La vocación espiritana”. Doce espiritanos
de otros tantos países, una hermana espiritana y los dos
responsables del Centro de Investigación y Animación consagraron el
mes de agosto de 1.983 a una convivencia reflexión, estudio y
oración sobre consagración y misión – votos y comunidad –
espiritualidad espiritana y apostolado.
“La dinámica pedagógica era doble: por un lado,
poner en común nuestra vocación espiritana, dentro de la riqueza de
nuestras culturas diversas: por otro lado, unificar y dinamizar
nuestra animación espiritual espiritana para que pueda fecundar
nuestras provincias y lugares de misión”
.
El P. Timmermanns decía a propósito de esta
iniciativa: “Deseo que esta búsqueda contribuya al despertar de
verdaderos maestros de espiritualidad, guías espirituales,
animadores impregnados del espíritu de nuestros Fundadores”
.
En la introducción que el P. Pièrre HAAS hace a
la Regla de Vida Espiritana podemos leer lo siguiente: “Sustituyendo
nuestras antiguas “Reglas y Constituciones”, de las cuales guarda la
inspiración fundamental, la Regla de Vida Espiritana es la
aplicación del carisma de nuestros Fundadores en el hoy de Dios en
la Iglesia y en el mundo, gracias a las reflexiones emprendidas en
nuestra Congregación a partir del Capítulo de 1.968”.
La RVE recoge así el esfuerzo de nuestra
Congregación para expresar el dinamismo de su fidelidad al pasado –
la intuición de nuestros Fundadores – como fuente de vitalidad
presente y con capacidad de engendrar fidelidad en el futuro.
Hoy somos nosotros los sujetos activos de
nuestra historia común, de una vocación específica, depositarios de
un carisma definido y de una espiritualidad concreta.
Nuestra triple fidelidad al Evangelio, al
espíritu de nuestros Fundadores y a las necesidades de los hombre y
mujeres de cada época histórica, son otras tantas razones para que
dediquemos nuestro tiempo en estos días de reflexión, oración y
acogida creyente de la Palabra de Dios a profundizar, asimilar y
vivenciar nuestro carisma espiritano.
De esta manera se irá afirmando y reafirmando
en nosotros lo que es peculiar de nuestra espiritualidad y de
nuestra vocación. Todo esto “nace de un contacto vivo con las
enseñanzas de nuestros Fundadores, con nuestros hermanos de
Congregación y con nuestra historia espiritana. Libermann dice que:
“Para tener el espíritu de una Congregación es necesario asimilar el
de su fundador”
. Y nosotros podemos añadir, que en nuestro
caso, tenemos que asimilar el de los dos Fundadores.
Os felicito, por haber tenido esta iniciativa
de querer hacer los Ejercicios Espirituales a la luz de nuestro
primer Fundador Claude-François Poullart des Places. Es una
iniciativa muy en la línea con todo este esfuerzo hecho y que se
sigue haciendo por redescubrir el tesoro más grade que tenemos como
Espiritanos, el carisma legado de nuestros Fundadores.
I - EXPERIENCIA DE DIOS EN POULLART DES PLACES
“Porque os hago saber, hermanos, que el
Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo
recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de
Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el
Judaísmo, cuan encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la
devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis
compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las
tradiciones de mis padres.
Mas , cuando Aquel que me separó desde el seno
de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su
Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir
consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde
los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente
volví a Damasco…Luego me fui a las regiones de Siria y Cilicia: pero
personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en
Cristo. Solamente habían oído decir: El que antes nos perseguía
ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir.
Y glorificaban a Dios a causa de mí”
.
Podemos decir que la transformación vivida por
Claudio es fruto de una doble experiencia, la del encuentro con Dios
primeramente y la del encuentro con los pobres. Una y otra
contribuyeron grandemente a su conversión y a ponerse al servicio de
los pobres de manera ilimitada, hasta dar la vida por ellos.
Hoy vamos a detenernos en conocer y profundizar
los rasgos más destacados del Dios en quien Claude creía y que le
movió a entregarse sin reservas al servicio de los pobres
escolares.
Para acercarnos a esta experiencia y entrar lo
más posible en ella, vamos a intentar dejarnos llevar de la mano del
mismo Claude-François Poullart des Places y lo haremos siguiendo los
pasos que él mismo siguió; reflexionando con él “Sobre las
verdades de la religión formadas en unos ejercicios, por un alma que
piensa en convertirse”.
Acompañamos a Claude en esta profunda
experiencia de su itinerario espiritual, que irá apuntando y
ensamblando los elementos de su personalidad espiritual, es decir,
el fondo evangélico de su vida futura, su forma peculiar de vivir el
Misterio de Cristo y sus exigencias. Así comenzó su retiro de
conversión donde vivió una honda experiencia de Dios y de fe:
“He deseado muchísimo retirarme del ambiente
del mundo para pasar ocho días en la soledad. Nadie me ha obligado a
hacer este sacrificio al Señor. Igual que lo he hecho tantas veces
hasta ahora, soy dueño para gastar estos momentos que quiero
dedicar, en este santo lugar; a mi conversión y a mi salvación.
He de reconocer; en este loable propósito, la
Gracia que ha iluminado mi ceguera, si no hubiese tenido esta santa
vocación. ¿Habría tenido, por eso, el derecho de no volver a Dios?
¿No he rechazado en el pasado numerosas gracias a las cuales no he
querido abrir la puerta de mi corazón? Y el Señor ¿no ha hecho por
mi más de lo que debía, porque yo no podía exigir nada de él y, a
pesar de todo, me ha socorrido con frecuencia en el peligro, como si
él estuviera obligado a hacerlo?
Todos los hombres tienen razón de querer
salvarse, ya que pensando en su salvación, piensan en agradar a Dios
y hacer que la sangre de Jesucristo sea eficaz para ellos.
Si consideramos el fin para el cual hemos sido
creados, no hay un solo hombre que no esté obligado a ser
agradecido. Sin embargo, en esta necesidad general hay quienes no
son igualmente condenables para que renuncien al Paraíso.
¡Yo descubro cristianos que serían más
criminales que otros, si no aprovechasen las gracias que la
Providencia les ofrece todos los días tan libremente! Me considero
uno de esos hijos queridos a quien mi Padre y mi Creador ofrece con
frecuencia medios fáciles y admirables para reconciliarse con Él.
Infelizmente me sentiría del número de los desgraciados si no sé o,
para ser más sincero, si no quiero responder a la búsqueda de un
Dios que debía Él mismo ser insensible a la mía.
¡Vamos, alma mía, es tiempo de entregarte a tan
amable solicitud! ¿Podrás dudar un momento en abandonar tus
disposiciones mundanas para reprocharte, con más atención y
recogimiento, tu ingratitud y la dureza de tu corazón a la voz de
tu Dios? ¿No tendrás vergüenza de haber combatido durante tanto
tiempo, de haber destruido, despreciado, pisoteado la sangre
adorable de Jesús?
Claudio tiene conciencia de que Dios actúa en
la vida de los hombres. Dios es quien lleva la iniciativa, Él es el
que nos llama. De este modo de obrar tenemos muchos y ricos ejemplos
en la Biblia, recordamos Éx. 3, 1-10; Mt. 9, 9-13 y también la
llamada de Pablo en Hch. 9, 3-9. Escuchemos este último relato por
ser el año paulino:
“Sucedió que , yendo de camino, cuando estaba
cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo,
cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me
persigues?. Él preguntó: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a
quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y te dirán lo
que debes hacer. Los hombres que iban con él se habían detenido
mudos de espanto, pues oían la voz pero no veían a nadie. Salo se
levantó del suelo, y, aunque tenía sus ojos bien abierto, no veía
nada. Le llevaron de la mano y le introdujeron en Damasco. Pasó tres
días sin ver, y sin comer ni deber”.
El Dios cercano de Claude es también el que
comprende la situación de cada uno de nosotros, así lo expresa él
mismo: “¡Cómo recuerdo esos momentos en que, a punto de caer en
el precipicio, sentía la mano de Dios que me detenía, se oponía a mi
caída….! Las cosas más fáciles para otros ofender a Dios eran
difíciles para mí”.
“Tú me buscabas Señor, yo te huía. Me diste la
razón: yo no la quería utilizar. Yo quería enemistarme contigo y Tú
no lo consentías”.
“¡Qué amable eres, divino Salvador mío! No
quieres mi muerte: sólo quieres mi conversión. Me tratas siempre con
dulzura, como si me necesitaras. Parece que te glorias con la
conquista de un corazón tan insensible como el mío”
.
Algunas de estas intuiciones de Poullart nos
recuerdan las palabras que Moisés dirigió a Dios cuando le dijo:
“Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente,
tardo a la cólera y rico en amor y
fidelidad que mantiene su amor
por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el
pecado….”
.
En una especie de oración profunda y personal,
Poullart des Places nos acerca al Dios de la ternura infinita y del
amor que contrasta con las ingratitudes de los hombres:
“Sólo Tú, Dios mío, puedes tocar el corazón del
hombre. ¡Que yo reconozca la eficacia de tu amor al reconocer tu
poder! Me amas, divino Salvador, y me das pruebas muy sensibles. Sé
que tu ternura es infinita….Hace mucho que quieres hablarme al
corazón y hace mucho también, que yo no quiero escucharte. Intentas
convencerme de que quieres servirte de mí en las tareas santas y
religiosas, pero yo trato de no creerte.
Si tu voz a veces impresiona un poco mi alma,
el mundo borra, un momento después, las señales de tu Gracia.
Habla Dios mío, cuando te plazca, pues no he
venido aquí para defenderme: estoy aquí para dejarme vencer…Estoy
aquí para buscarte y dispuesto a seguir las órdenes que tu Divina
Providencia, baja al corazón en el que desde hace mucho quieres
entrar.
En todo este proceso va apareciendo, cada vez
con más claridad, una convicción profunda en Claudio, Dios actúa en
nosotros, actúa en la historia humana y podemos contar con su ayuda
a la hora de tomar resoluciones que manifiestan un auténtico deseo
de seguirle, de andar por sus caminos,, de hacer, en definitiva, la
Voluntad de Dios.
Esta es también la convicción de Pablo:
“Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos
amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó
juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados-“
.
Esta llamada de Dios, que poco a poco, va
penetrando el corazón de Poullart le va predisponiendo para dar una
respuesta que no se puede improvisar por eso invoca la ayuda de
Dios:
“Dios mío, Tú me quieres un hombre, pero
quieres que lo sea según tu corazón. Comprendo lo que me pides, en
una palabra, y quiero dártelo porque me ayudarás, me darás la fuerza
y me guiarás con tu Sabiduría y virtud.
Tengo necesidad de tu ayuda para defenderme del
tentador….Este enemigo es poderoso cuando Tú no estás presente. Te
toca combatir por mí. Me entrego enteramente a ti, porque sé que
tomas siempre partido por quienes esperan en ti y
nada hay que temer cuando se hace lo que se
puede y Tú nos sostienes”.
Y de nuevo en forma de oración Claudio nos va
desvelando lo que hay de más profundo en su interior, su corazón
está lleno de confianza en Dios y cuenta con su ayuda para llevar
adelante el cambio que significa dar respuesta a la llamada que el
mismo Dios le hace.
“No apartarás, Señor, tu brazo por miedo a
socorrerme mientras te sea fiel, pues yo cesaré de serlo si caigo en
pecado. Guárdame, Señor, de mal tan grade. Dame la muerte antes que
permitas que yo pierda tu favor. Cambia mi debilidad en fortaleza y
buen ánimo, y si una débil caña como yo ha de estar expuesta al
furor de los vientos y de las fuertes tormentas, cíñeme de tu
misericordia y cubre mi debilidad con tu mano de justicia.
Conserva en mí, Dios mío, un santo horror por
aquello que más te desagrada. Acabo de comprenderlo mejor que nunca.
Las reflexiones de estos días me acaban de mostrar hasta dónde va tu
cólera en la punición del pecado. El ejemplo de tu justicia,
castigando a los ángeles malos, me asusta y a la vez aumenta mi
amor. Tiemblo viendo el vigor de tu venganza por su ofensa, y me
conmuevo de reconocimiento viendo tu paciencia con mis crímenes”
.
El tema del pecado ocupa un lugar muy amplio en
la experiencia vivida por Poullart des Places, es algo que atormenta
a nuestro joven fundador en esta etapa de su vida. De ahí que
continuamente implore la ayuda de lo alto para no entra en ese mundo
oscuro y tenebroso, pues el pecado es ante todo una ofensa al Dios
de la vida, de la ternura y de la misericordia.
“Expondría mil veces mi vida antes de
renunciar a las promesas que te hago. Pero, después del ejemplo de
David y el recuerdo de un Salomón de un San Pedro, ¿qué puedo yo
prometer, de qué puedo yo responder, si los cedros más altos han
caído? No tengo presunción como para fiarme de mi mismo, de mi
fortaleza. Soy humano, y por lo mismo débil, capaz de olvidarte en
el momento en que pienso que me vigilo con mayor cuidado.
Es bueno refrescar nuestra memoria, recordando
las advertencias de Jesús a Pedro, lo que éste le promete y lo que
en realidad hace:
“¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha
solicitado el poder cribaros como trigo: pero yo he rogado por ti,
para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a
tus hermanos. Él le dijo: Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta
la cárcel y la muerte. Pero él le dijo: Te digo, Pedro: No cantará
hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces”.
“Entonces le prendieron, se lo llevaron y le
hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba
siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio
y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una
criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y
dijo: Este también estaba con él. Pero él lo negó: ¡Mujer, no lo
conozco! Poco después, otro, viéndole, dijo: Tú también eres uno de
ellos. Pedro dijo: ¡Hombre, no lo soy! Pasada como una hora, otro
aseguraba: Cierto que éste también estaba con él, pues además es
galileo. Le dijo Pedro: ¡Hombre, no sé de que hablas! Y en aquel
momento, estando aún hablando cantó un gallo, y el Señor se volvió
y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le
dijo: Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces. Y
saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.
Por adelantado, Señor, detesto estos pecados y
si por desgracia me sorprendieran, que mi caída, o Dios mío, sea
imprevista y sin reflexión. Que saque de ella motivos para una
profunda humillación. Que el mal pueda servirme para el bien y no
sea tampoco un atractivo para permanecer en el vicio, y que el
primer pecado no sea un aliciente para arrastrarme al segundo”..
Ante esta situación Claude tiene la audacia de
hacer responsable a Dios de su conducta. Esta audacia revela la
confianza que él tenía en la acción de Dios y de la ayuda que le
podía prestar para no caer en el desorden del pecado. Escuchemos sus
propias palabras:
“A partir de ahora, Dios mío, te hago
responsable de mi conducta. Te declaro que quiero resistir a todas
estas funestas seducciones del pecado. Yo no lo puedo hacer sin tu
auxilio y nunca te lo pediré bastante. No permitas jamás que llegue
a ser ciego, ilumíname con la misma luz con que iluminaste a
Agustín, a Pablo a Magdalena y a tantos otros santos personajes”
.
Podemos recordar aquí el extraordinario
testimonio de Pablo a Timoteo por la semejanza que hay entre Claude
y Pablo en lo referente al pecado y la acción de la Gracia en ellos
y la reacción de ambos a favor de los que no conocen a Cristo y su
gracia salvadora.
“Doy gracias a aquel que me revistió de
fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de
confianza al colocarme en el ministerio, a mí que antes fui un
blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia
porque obré por ignorancia cuando no era creyente. Pero la gracia de
nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad
en Cristo Jesús. Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta
afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y
el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que
en mí, el primero, manifestara Jesucristo toda su paciencia y
sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener
vida eterna. Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y
único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén
.
Una
actitud muy parecida a la de Pablo, es la de Claude cuando dice:
“Anunciaré (a las almas que viven habitualmente en el mal) lo que
tu divina bondad me ha hecho comprender hoy. Me serviré de los
medios poderosos de tu gracia para convencerlos. Sin ella y sin una
verdadera cooperación de su parte es imposible que, entregados a sí
mismos, vengan a Ti….Los comprometeré a que oren sinceramente, a no
desanimarse, a importunarte y a no desistir hasta que vean que los
escuchas.
Claudio Francisco Poullart des Places, a través
de algunos textos que hemos citado, nos ha ido dejando su propio
retrato que se ha ido forjando a lo largo de su vida y en virtud de
la vivencia de diferentes experiencias.
Su primera victoria es afrontar con decisión
dos actitudes que le angustiaban: la indecisión y la inconstancia.
Toma la decisión de retirarse, de recogerse y orar para aclarar
sus ideas. Esta decisión la tomó con toda libertad, sin ser
presionado por nadie.
Era una necesidad imperiosa para encontrarse
con el Señor y consigo mismo, hacer un discernimiento profundo, sin
miedos, ni rodeos, llana y sinceramente.
Su autocrítica, presente a lo largo de todo el
retiro (duró dos semanas, la primera centrada en la meditación de
las verdades fundamentales de la religión y el destino del hombre y
la segunda consagrada a la elección de un estado de vida), lo llevó
a vivencias emocionales de la Bondad de Dios para con él, de la
paciencia, de la misericordia y de la predilección por él en las
situaciones más críticas de su historia.
Estas diferentes vivencias le han permitido
hacer la experiencia de sus limitaciones, sus debilidades y su
condición de pecador. También han hecho brotar en él sentidas
plegarias de contrición, de acción de gracias, de petición
confiada, y sobre todo disposiciones de generosa entrega, de
docilidad al Espíritu y de anhelo de seguir incondicionalmente la
Voluntad de Dios.
II - EN EL COLEGIO LOUIS LE GRAND
“Por ellos ruego, no ruego por el mundo sino
por los que tú me has dado…Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí
están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo cuida en tu nombre a
los que me has dado”.
“Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha
odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo: No te
pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.
Como Tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado a
mundo…Santifícalos en la verdad: tu Palabra es la verdad”.
En el Colegio Louis le Grand donde Claude
Poullart fue admitido como pensionista, comienza por hacer unos
ejercicios espirituales y elegir un nuevo confesor, es muy posible
que eligiese al P. Jean Maillard, un venerable octogenario, que,
desde hacía una decena de años, era el padre espiritual de los
religiosos y de la mayor parte de los estudiantes de teología del
Colegio.
Durante su primer año de estancia en Louis le
Grand el Sr. Des Places, como le llamaban allí, no se distingue de
otros estudiantes, al menos exteriormente. Se dice de él, “que había
conservado en su porte un aire educado según el mundo”. A la vez que
se va haciendo en él un trabajo de profundización bajo la
influencia, parece, de dos causas.
La primera fue la entrada en una asociación de
piedad, la AA o Asamblea de los Amigos, que agrupa a los alumnos más
fervorosos de los Jesuitas, y se proponía la renovación espiritual
de los aspirantes al sacerdocio por una vida entregada enteramente a
Dios en la práctica de la penitencia y los consejos evangélicos. La
pertenencia del Sr. Des Places a esta asociación la testifica una
carta de la AA de París del 17 de marzo de 1.703.
La segunda causa fue la recitación hecha por el
P. Verjus de la vida de un apóstol bretón llamado Michel le NOBLETZ,
del cual se acababa de comenzar el proceso de beatificación en el
curso del año 1,701.
Claude-François se quedó profundamente
impresionado por el paralelismo entre la vida del servidor de Dios y
la suya propia. De una parte y de la otra, la misma devoción precoz
y filial hacia la Santísima Virgen; los dos han estudiado con los
Jesuitas y han sido escogidos para defender su tesis de filosofía;
los dos, por temperamento, prontos a desenvainar ante cualquier
afrenta, los dos también dispuestos a convertirse, ávidos de
oprobios y de humillaciones para deshacerse de su “pasión
dominante”, la ambición y el temor al desprecio. Le NOBLETZ llega a
ser para el Sr. Des Places un modelo al que se esforzará en imitar.
Hablando de su héroe, el P. Verjus escribía:
“La lectura de la vida de S. Ignacio hacía sus delicias. Claude
concibió a su ejemplo, desde el comienzo de su conversión, un deseo
ardiente por la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas; y
tuvo, como él, hasta su muerte, una constancia infatigable para
buscar los medios de encender en otros ese fuego de la caridad que
ardía en él. Fue sobre este mismo modelo que él se esforzará para
ganar varios escolares para la piedad, y darles ese desprecio
generoso del mundo, que él había tomado como fundamento de la vida
espiritual que había abrazado.
Se privaba de las cosas que le parecían ser las
más necesarias, y no comía de ordinario carne, ni bebía vino, para
ahorrar el dinero que le enviaba su padre y así poder ayudar a las
necesidades de los más pobres, de esta manera los comprometía a
aprovechar los auxilios más importantes que les daba para
instrucción y alimento de sus almas”.
Es a esto a lo que se aplicará nuestro joven
teólogo de Louis le Grand, y lo hará al pie de la letra. Lo vemos
interesarse por los pequeños deshollinadores y darles catequesis
“cuando podía encontrar la ocasión, convencido de que sus almas no
eran menos queridas de Jesucristo que las de los grandes señores y
que había en ellas tanto o más fruto que esperar”.
“Venid benditos de mi padre; recibid la
herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del
mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer tuve sed y me
disteis de beber”
.
De su padre Claude recibía la módica pensión de
800 libras. De esta suma debía retirar 368 libras de las cuales 36
eran para pagar el alquiler de la habitación que tenía reservada en
el Colegio Louis le Grand. Con el fin de ayudar a los pobres no
dudaba, nos confía su testigo ocular, J,B. Faulconnier, que fue uno
de los primeros beneficiados de su generosidad que le llevaba a
suprimir de su alimentación todo lo mejor que había, para enviarla a
los enfermos o a los pobres tratándose él mismo como el último de
entre ellos.
El mismo J.B. Faulconnier atestigua lo
siguiente: “Yo sé que antes del establecimiento de su comunidad,
estando de pensión en los Jesuitas, sea que él iba a buscarlo o sea
que se lo llevaran su parte a su habitación, él daba a los señores
que estaban en la miseria y él comía de los restos que le daban los
Jesuitas, sobre todo habas que llaman judías, algunas veces
rehogadas desde hace tanto tiempo que tenían por encima dos dedos de
moho”.
“Venid benditos de mi padre; recibid la
herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del
mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer tuve sed y me
disteis de beber”
.
Se ocupaba, en especial, de algunos pobres
“escolares”, que se preparaban para el sacerdocio y debían trabajar
para vivir, con el fin de ayudarles y colocarlos en una situación
que les permitiera seguir los estudios. (En otros grupos existentes,
trabajaban en las parroquias para velar a los difuntos algunos de
ellos).
Así es como Claude comenzó a pensar en la
posibilidad de reunirlos en un apartamento, donde él iría de vez en
cuando para instruirlos. Su confesor, informado de su proyecto, lo
animó. Muy pronto el Principal del Colegio, es decir el ecónomo, le
prometió ayudarle en esta buena obra concediéndole una parte de los
restos de las mesas de los pensionistas para ayudarle a la
subsistencia de sus pobres escolares. Éstos eran cuatro o cinco en
los comienzos.
El Sr. Des Places no tardará en encontrar la
casa en la que alquilará varias habitaciones. La casa estaba situada
en la calle de los Cordiers, en los alrededores del Colegio Louis le
Grand y del convento Saint-Jacques, muy cerca de la iglesia
Saint-Etienne,des-Grés. Esta casa va a servir de cuna al Seminario y
a la Congregación del Espíritu Santo. Y va nacer con espíritu de
servicio al estilo de Jesús.
“Después que les lavó los pies, tomó sus
vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho
con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís
bien porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado
los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros.
Porque os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis como yo he hecho
con vosotros”.
Otro acontecimiento en la vida del Sr. Des
Places a lo largo de 1.702 va a producir un profundo cambio en su
comportamiento exterior, su entrada oficial en la clericatura por la
ceremonia de la tonsura que recibió el día 15 de agosto. Su primer
biógrafo hace notar lo siguiente: “Se le vio de pronto, en medio de
ese colegio tan numeroso donde era tan conocido, dejar todo el
esplendor y las maneras del mundo, para vestirse al mismo tiempo del
hábito y la simplicidad de los eclesiásticos más reformados. Sin
importarle lo que pudiera decir la gente
. En esto se reconocerá una influencia
manifiesta de su pertenencia a la AA y de la lectura de la vida de
Michel le NOBLETZ.
III - LA FUNDACIÓN DEL SEMINARIO DEL ESPIRITU
SANTO
“Si el Señor no construye la casa, en vano se
cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano
vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis que veléis hasta
muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus
amigos mientras duermen!”.
En octubre de 1.702, al comienzo del curso
escolar, el pequeño grupo de los protegidos del Sr. Des Places ocupó
las habitaciones puestas a su disposición en la calle de los
Cordiers. Cada día, el Sr. Des Places iba a ver a sus escolares,
preocupándose a la vez de sus necesidades naturales y de su vida
espiritual.
Con ocasión de las pequeñas reuniones de piedad
que él presidía, invitaba a algunos estudiantes que ayudaba en
otras partes. Cuando los restos de los Jesuitas eran más abundantes,
era feliz invitando a los externos a comer con ellos. Y en cuanto
las nuevas habitaciones de la casa estuvieron disponibles, dos o
tres externos se incorporaron al número de los internos aumentando
hasta la docena.
Parece que al comienzo de la Cuaresma de 1.703,
el Sr. Des Places se unió al pequeño grupo de la calle Cordiers. Es
lo que da a entender el párrafo de una carta de la AA de París del
17 de marzo de 1.703, donde se ve bien claro que se trata de Claude
Poullart.
Esta carta, destinada exclusivamente a los
miembros de la asociación para su edificación, tiene también la
ventaja de darnos algunos detalles sobre las austeridades que se
imponía el futuro fundador del Seminario de la Congregación del
Espíritu Santo.
En esta carta leemos lo siguiente: “Otro ha
renunciado a un beneficio de 4.000 libras y un encargo de Consejero
al Parlamento que sus padres querían darle, para ser director de un
seminario, donde no tendrá más que penas y fatigas; el mismo, no
duerme más que tres horas cada día en una silla y emplea el resto
del tiempo en la oración; él mismo, por mortificación, no come más
que una especie de carne y no bebe más que agua; él mismo. hace
grandes limosnas y no da nunca menos de un demy-louis”
.
El Sr. Poullart, más prudente, evitará servirse
de los términos de “Director de un seminario”. Él no se designa más
que como “eclesiástico” y habla de una “casa de escolares, de
particulares, de una obra de caridad”, para evitar caer bajo el
golpe de un edicto de 1.666 que prohibía el establecimiento de
nuevos seminarios o comunidades sin autorización previa del Rey por
cartas certificadas debidamente registradas.
En la segunda quincena de abril de 1.703, el P.
De Montfort, encontrándose de nuevo en París, tenía al corriente a
su amigo Sr. Des Places de la decisión de fundar una Sociedad Marial
de hombres apostólicos y le presionaba para que se uniese a él para
ser el fundamento de esta obra, el Sr. Des Places le respondió de
esta manera:
“Yo no me siento atraído en absoluto por las
misiones, pero se muy bien lo que se puede hacer en ese proyecto
para no concurrir con todas mis fuerzas y atarme inviolablemente a
Vd. Usted sabe que, desde hace algún tiempo distribuyo todo lo que
hay a mi disposición para ayudar a los pobres escolares a seguir sus
estudios. Conozco varios que tienen disposiciones admirables y
que, faltos de recursos, no pueden hacerlas valer y están obligados
a enterrar los talentos que serían muy útiles para la Iglesia, si
fueran cultivados. Es a esto a lo que quiero aplicarme reuniéndolos
en una misma casa. Me parece que es esto lo que pide Dios de mí, y
he sido confirmado en esta idea por personas esclarecidas; algunas
de ellas, me han prometido ayuda para proveer a su subsistencia.
Si Dios me concede la gracia de tener éxito,
Vd. podrá contar con misioneros. Yo os los prepararé y Vd. los
pondrá en ejercicio. Por este medio, Vd. será satisfecho y yo
también”.
En este año de 1.703, en el cual serán puestos
los fundamentos de la comunidad que él estaba llamado a suscitar en
la Iglesia, Claude Poullart no tenía más que 24 años y no era más
que tonsurado. En esta ruda empresa como ha dicho el autor de la
carta de la AA de París, él va a encontrar “penas y fatigas” de todo
género. Para sostenerlo, Dios que es misericordioso, pone en su
corazón un fervor extraordinario, que se va a hacer notar a lo largo
de los dieciocho meses que siguieron a su tonsura y de los cuales él
mismo nos habla en las notas que escribirá con ocasión de un retiro
durante las vacaciones de Navidad de 1.704, con el título de
“Reflexiones sobre el pasado”. Citamos algunos extractos que nos
acercan a la experiencia vivida en esta ocasión. Estas son sus
palabras:
“El cielo prevenía mis demandas,
escribía él. Por un pequeño acto de amor
para con Dios, yo sentía interiormente las respuestas de Dios que no
se pueden explicar de ninguna manera. Yo recibía consuelos en
abundancia… Si hacía algún esfuerzo para dar un paso hacia el
Señor, enseguida ese tierno Maestro me llevaba sobre sus espaldas
leguas enteras. El resultado era que yo hacía sin la menor
dificultad, lo que tiempos atrás veía como algo imposible para un
hombre como yo”.
“Casi no podía pensar más que en Dios. Mi gran
pena era no pensar en Él siempre. No deseaba más que amarle y, para
merecer su amor, habría renunciado a las afecciones más permitidas
de la vida. Quería verme un día despojado de todo, no viviendo más
que de limosna después de haber dado todo. No pretendía reservarme,
de todos mis bienes temporales, más que la salud, de la cual yo
deseaba hacer un sacrificio total a Dios en el trabajo de las
misiones, contentísimo si, después de haber abrasado a todo el
mundo del amor de Dios, yo habría podido dar hasta la última gota
de mi sangre para aquél del cual los beneficios tenía presentes”.
“Yo no dejaba de hablar de esto, de estas
buenas obras. Pero encontraba muy poca gente a quien contárselo. No
sentía placer más que en las conversaciones donde Dios no era
olvidado…Las personas que me hablaban de otras cosas me eran
insoportables”.
“Pasaba tiempos largos delante del Santísimo
Sacramento; estos eran los recreos más maravilloso y frecuentes.
Oraba la mayor parte del día, incluso caminando por las calles…”
“Aunque haya tenido el honor de comulgar
frecuentemente, no comulgaba tanto como lo hubiera deseado. Deseaba
ese pan sagrado con tal avidez que, cuando lo comía, con frecuencia
no podía retener las lágrimas. Era en la participación del Cuerpo de
Jesús que yo sacaba este desprendimiento que me hacía despreciar el
mundo y sus maneras. No me preocupaba de tener su estima: Algunas
veces intenté desagradarle contrarrestando sus costumbres”.
“Había aprendido en esos santos coloquios con
Dios, a cerrar mis oídos a todas las noticias, a no abrir jamás los
ojos para ver las cosas puramente curiosas, incluso paseando por la
ciudad. No sabía nada nuevo, no miraba nada bonito. No quería hurtar
un momento a mi Dios, no quería pensar más que en Él y aunque yo
estuviese muy lejos de pensar siempre así, pues sufría con
frecuencia largas distracciones, no dejaba de tener el espíritu
lleno de Él, algunas veces en medio del sueño y siempre cuando me
despertaba la primera vez durante la noche.
He tenido la dicha, durante dieciocho meses, de
vivir de esta manera…”.
………………..
Es bajo la influencia de este fervor que Claude
Poullart des Places preparó a sus escolares para que expresaran
ellos mismos el deseo de querer erigir su pequeño grupo en verdadera
comunidad clerical. Para esto se escogió el día de Pentecostés que,
ese año de 1.703 caía el 27 de mayo.
Ese gran día fue precedido por unos ejercicios
espirituales, en los cuales Claude Poullart hizo de predicador. Y
el contenido de su predicación fue sobre la humildad, la abnegación,
la caridad, el celo por las almas, los pobres en particular, tales
fueron los temas de sus charlas.
La ceremonia de inauguración se hizo en la
iglesia cercana de Saint-Etienne-des-Grées, a los pies de Notre Dame
de Bonne-Délivrance. Fue en este santuario silencioso y retirado
donde fueron a arrodillarse los primeros miembros de la pequeña
comunidad, bajo la conducta de aquél que querían como su mejor amigo
y que veneraban ya como su padre.
Un registro muy antiguo nos da la fecha exacta
de la transformación del pequeño grupo de pobres escolares, en
número de doce, nos dice la tradición, en comunidad clerical.
“Don Claude –François Poullart des Places, en
mil setecientos tres, en las fiestas de Pentecostés, no siendo
entonces más que aspirante al estado eclesiástico, ha comenzado el
establecimiento de la dicha comunidad y Seminario consagrado al
Espíritu Santo, bajo la invocación de la Santa-Virgen concebida sin
pecado”
.
Cada año en las sucesivas fiestas de
Pentecostés y del Inmaculado Corazón de María, los Espiritanos
reunidos alrededor de una estatua de Ntra. Señora renuevan esta
consagración que hizo Poullart des Places de todos sus discípulos
presentes y futuros, recitando esta oración, eco probablemente de
aquella que fue utilizada por su venerable fundador.
“Santa María, mi madre y mi soberana… Humilde y
piadosamente postrado a tus pies, imploro vuestra asistencia.
Ayúdame, vuestro humilde servidor, a dedicarme, consagrarme y
entregarme al Espíritu Santo, vuestro celestial Esposo, en honor de
quien, a pesar de su debilidad, quiere hacer hoy un compromiso muy
importante. Mi buena madre, escúchame; Espíritu todo poderoso,
escucha a mi buena madre y por su intercesión, dígnate iluminar mi
espíritu con tu luz y enciende mi corazón del fuego de tu amor, a
fin de que en esta casa que os es consagrada, yo haga todo lo que os
agrada, todo lo que toca a vuestra gloria, mi santificación y la
edificación de mis hermanos”.
Fórmula que han comentado los sucesores de
Poullart des Places en la dirección del Seminario y de la
Congregación, como sigue:
“Esta consagración hace parte esencialmente del
espíritu de nuestras constituciones; las santas promesas que hacemos
hoy aquí son como la herencia que nuestros padres nos han dejado.
Ellos eran pobres de los bienes de este mundo y no querían ser ricos
más que de los Dones del Espíritu Santo, que era el verdadero
tesoro”.
“Ellos se consagraron al Espíritu Santo bajo
la invocación de María concebida sin pecado y nos han consagrado a
nosotros juntamente con ellos. Nosotros no podemos pertenecer a un
maestro mejor que el Espíritu Santo ni estar bajo una mejor
protección que la de María. Consagrémonos pues a uno y a la otra
según la intención de nuestros padres…”
Y aún más: “Comprendamos bien el alcance de
estas tres palabras; Yo me dedico, yo me consagro, yo me entrego”.
Eso es, de alguna manera, la dedicación y la consagración que
hacemos de nosotros mismos al Espíritu Santo, como templos dedicados
a su culto, como consagrados en su honor. Lo mismo que un templo
dedicado al culto divino no puede servir más que a este fin, y que
es profanado en el momento en que es empleado a usos ordinarios, así
nuestras almas y nuestros cuerpos no deben servir más que para
honrar al Espíritu Santo, del cual llegamos a ser los templos de una
manera especial…Así, despojados de todo, somos bastante ricos; su
amor, he aquí nuestro tesoro…
Es bueno recordar aquí las palabras de Pablo a
este propósito:
“¿No sabéis que sois templo de Dios y que el
Espíritu Santo habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de
Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios es sagrado, y
vosotros sois ese templo”
.
“Nosotros nos
comprometemos a buscar el honor del Espíritu Santo, primero en
nuestro interior, por un espíritu de docilidad perfecta a la
voluntad de Dios, de obediencia y sumisión perfecta a los
movimientos de la gracia, por un espíritu de abandono de nosotros
mismos a los designios de la divina Providencia. Hay que dejarse
conducir por el Espíritu Santo, no seguir más que sus impulsos y
resistir a todos los de la carne; No tener otras afecciones y otras
intenciones que las que Él inspire, hacerle confianza y rechazar
toda inquietud: Como dice el salmista:
“Yahvé es mi pastor; nada me falta. En
verdes pastos me hace reposar: Me conduce hacia fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas. Me guía por cañadas seguras haciendo honor
a su nombre… Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé un sinfín de días”
(Sal 22,1-3.6).
“Entonces, estaremos dispuestos a cumplir otro
deber: Hijos de María y del Espíritu Santo, nos aplicaremos por
nuestras palabras y obras a darlos a conocer, amar y servir,
llevaremos a todos nuestros hermanos a glorificar al Espíritu
Santo, a honrar a su divina esposa…”
“Es así como nosotros marcharemos sobre los
pasos de nuestros padres… Entonces podremos llamar a María nuestra
Madre; seremos su familia y el Espíritu Santo nos mirará como sus
hijos”. (1)
Cuando en 1.848, por decisión de la Propaganda,
ratificado por Pio IX, el 10 de septiembre del mismo año, la
Sociedad de los Misioneros del Sagrado Corazón de María fundada por
Libermann cesa de existir, y sus miembros y aspirantes fueron
agregados a la Congregación del Espíritu Santo de la cual el P.
Libermann es nombrado undécimo Superior General, nada se hizo ni se
cambió del espíritu y la espiritualidad de la familia espiritana así
renovada. Testigo, esta acta de consagración redactada por Libermann
siete u ocho años antes y ligeramente retocada por él después de la
unión de las dos sociedades:
“Os ruego pues (¡Oh Madre mía!) aceptad la
ofrenda que yo os hago de todo mi ser; entregadme al Espíritu Santo,
vuestro muy querido Esposo; yo quiero entregarme y consagrarme
enteramente al divino Espíritu y totalmente a vuestro Corazón
Inmaculado. Deseo vivir y morir, entregarme e inmolarme en el
seguimiento de Jesús, en la sociedad de los Misioneros, toda
entregada al todopoderoso Vivificador de las almas y toda consagrada
a vuestro Inmaculado Corazón.
¡Oh santísima Madre de mi Dios!.., yo tomo la
firme e inquebrantable resolución de servir toda mi vida a vuestro
amadísimo Hijo, Jesucristo mi Señor: Os entrego mi alma, para que
ella os pertenezca como un niño pertenece a su madre; Os querré toda
mi vida con un amor tierno y filial y predicaré por todas partes
vuestra gloria”.
Abro mi corazón y lo entrego al Divino
Espíritu: que Él lo llene, que lo posea y que actúe en él como dueño
y soberano; quiero, bajo su guía, derramar su santo amor en todas
las almas que me serán confiadas por la bondad de vuestro amado
Hijo”
(N.D.;Tom X, pag. 499).
Cerramos este largo paréntesis que nos ha
permitido acercarnos a la más genuina tradición espiritada y
recuperamos, de nuevo, el contacto directo con nuestro primer
fundador Claude Poullart des Places.
IV - LA HORA DE LAS TINIEBLAS
“Pues bien se yo que nada bueno habita en mí es
decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance,
mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino
que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy
yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.
Descubro pues esta ley: aunque quiera hacer el
bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley
de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis
miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley
del pecado que está en mis miembros.
¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo
que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo
nuestro Señor!”
.
En los comienzos de 1.704 el Sr. Des Places
entra en un estado penoso que parece tener como primera causa el
agotamiento ocasionado por las preocupaciones que le da su
Comunidad a medida que se va desarrollando. De aquí la fatiga y la
dificultad para concentrarse: “!Ay! suspira él, no encuentro en
mí capacidad para centrarme en la presencia de Dios, no pienso más
en Él durante mi sueño, casi nunca al despertarme, siempre distraído
en mis oraciones”. Dificultad también para dominar sus sentidos
y para controlar los movimientos primarios de la naturaleza.
“Nada de atención para guardar mis sentido, escribe él; hablando
voluntariamente de cosas indiferentes; mirando todo, escuchando
todo… Con frecuencia arrogante, seco y desagradable; de tonos altos,
de palabras chillonas, de reprimendas ásperas y largas; una
fisonomía sombría, indicio de mi mal humor”. Falta de
regularidad en la oración, los ejercicios de piedad, el estudio-
porque él es estudiante-, las comidas: trasponiendo siempre las
horas marcadas, nota él, desordenado hasta en las horas de las
comidas; tanto comiendo temprano como tarde, a veces la comida la
hacía a las tres de la tarde y la cena a las nueve de la noche.
Haciendo todos los días, por tanto, muchas y bonitas resoluciones.
¡Ay! no soy más que una máscara de devoción y la sombra de lo que
he sido”.
Hay que ver también – en este penoso estado –
una prueba pasiva por la cual el Espíritu purifica a un alma de
múltiples imperfecciones que conducen al fervor sensible, tal como
lo ha conocido Poullart des Places durante los dieciocho meses que
han precedido a este tiempo de prueba, entonces él recibía
“consolaciones en abundancia” y el mismo Señor lo llevaba “sobre sus
espaldas horas enteras”, cuando le sucedía dar un paso hacia ese
dulce Maestro.
San Bernardo habla de este género de prueba, de
esta noche, que él mismo ha experimentado, cuando escribe así: “Mi
corazón se encuentra seco; se ha endurecido como la leche cuando se
cuaja; se ve como una tierra sin agua; no puedo derramar una lágrima
de compunción así es de grande mi insensibilidad. El canto de los
salmos me aburre; no encuentro placer ni en la lectura ni en ninguna
otra forma de oración; si quiero meditar, no encuentro nada. ¡Oh!
Continua él, ¡qué llega a ser esta embriaguez del espíritu, esta
paz, esta serenidad, esta alegría que hace toda la consolación de
nuestro exilio!”
.
El P. Libermann dice a este propósito: “Durante
todo el tiempo de estas penas de los sentidos, el alma que es fiel
entra poco a poco en un camino de contemplación que la lleva deprisa
la unión perfecta”
. Pero no se trata más que de un “comienzo de
oscura y seca contemplación que permanece escondida y secreta a
aquél mismo que goza de ella”.
La imagen desarrollada por S. Juan de la Cruz del tronco de madera
verde echado en un brasero permite comprender mejor el estado del
alma que sufre esta prueba:
“El fuego material aplicado a la madera
comienza por secarlo; le quita la humedad y le hace llorar toda su
savia. Después se va volviendo negro poco a poco, oscuro,
desagradable a la vista; despide un olor desagradable. Después el
desecante insensible, se tira y manifiesta los elementos sucios y
escondidos que son opuestos a su acción. Y por fin, comenzando a
encenderlo en el exterior y a calentarlo, él se transforma en fuego,
tan brillante como el mismo fuego”.
Algo parecido sucede cuando el alma, todavía
está llena de imperfecciones. Es echada en el fuego divino de la
contemplación que “antes de unirse al alma y transformarla,
comienza por purificarla de todos los elementos contrarios. La
limpia de todas las suciedades: la vuelve negra, oscura a sus
propios ojos; también ella parece mucho más fea que antes. Antes de
esta divina purificación que la llevan al día en que todos los malos
humores y vicios hasta entonces muy enraizados en sus profundidades,
que el alma no veía; ella estaba lejos de imaginarse que pudiera
haber tanto mal en ella, y ahora que se trata de romperlo y
destruirlo se lo ponen delante de sus ojos. Ella los ve muy
claramente al resplandor de esta oscura luz de divina contemplación,
pero ella, por eso, no es peor delante de Dios. Sin embargo, como
ella ve lo que no veía precedentemente, le parece evidente que no
solamente ella es indigna de la mirada de Dios, sino que merece que
él la tenga horror y que ya elle es para él objeto de horror”
.
Es el tiempo para el alma de vivir de fe pura,
apoyándose únicamente en la Palabra de Dios. Es así como ella entra
en la senda de la contemplación, donde volverá a encontrar
serenidad, gozo y paz.
El Sr. Des Places atribuye esta difícil
situación al relajamiento, al tedio y a la presunción, que ha sido
la suya, de emprender esta obra de los pobres escolares, cuando no
estaba maduro para ello, dice así:
“Yo considero que la fuente de mi relajamiento,
o para hablar más justamente y como debo, de mi caída y de mi
perturbación, es haberme salido muy pronto de la soledad, de haberme
derramado fuera, de haber emprendido el establecimiento de los
pobres escolares y de haber querido mantener la cosa. Yo no tenía
una virtud suficientemente profunda para esto y no tenía todavía
adquirida la humildad suficiente para ponerme con limpieza a la
cabeza de una tal obra buena. Diez años de tiempo a pensar solamente
en mí no era un tiempo demasiado largo”.
Sin embargo ha sido con el permiso de su
director que él ha emprendido esta obra. “es verdad,
responde El Sr. Des Places, pero ¿cómo le proponía las cosas?
¿De qué artimañas no me servía yo? No se trataba primero, decía yo:
más que de cuatro o cinco escolares que trataría de alimentar poco a
poco, sin que esto pudiera parecer que iba a aumentar. No dije,
quizás, todas las maneras de ver de mi ambición y de mi vanidad, he
llenado todo de temor y tiemblo delante de Dios, por no haber tenido
en todas estas consultas, el candor, la simplicidad y la abertura
que debía”. Y concluye: “Estas reflexiones me llenan de
dolor. He dejado el mundo para buscar a Dios, renunciar a la vanidad
y salvar mi alma; y ¿será posible que yo no haya hecho más que
cambiar de objeto y que haya conservado siempre el mismo corazón?
¿De qué me servirá al final haber hecho lo que he hecho?”
.
Es así como el Espíritu Santo establece el alma
en la verdadera humildad. Santa Teresa de Ávila ve ahí el provecho
que se saca de la vida activa, cuando ella es emprendida por
obediencia o caridad al servicio del prójimo.
¿Hijas mías! Es precisamente cuando el celo os
arranca del retiro, que debéis mostrar vuestro amor por Dios; Es en
medio de las ocasiones que vosotras podéis probarle vuestra
fidelidad, mucho mejor que en los rincones de la soledad. Creédmelo,
vosotras haréis un progreso más grande en la virtud, aunque se
escapen más faltas, y aunque tengáis incluso alguna pequeña caída.
Yo supongo siempre, notadlo bien, que es la obediencia o la caridad
que os llaman al servicio del prójimo.
”En cuanto al provecho que podemos sacar de la
acción es este: nosotros aprendemos a conocernos, escribe ella, y
vemos hasta donde llega nuestra virtud. Cualquier santa que sea a
sus propios ojos una persona que vive siempre en la soledad no sabe,
no tiene ningún medio para saber si ella tiene paciencia y humildad.
Es como un guerrero: no está seguro de su bravura más que cuando se
le ha visto en el campo de batalla. ¡Oh Dios mío! Que útil nos es
conocer la grandeza de nuestras miserias”
.
V - RUE NEUVE SAINT-ETIENNE
El año 1.705 fue marcando por varios
acontecimientos interesantes la vida de la joven Comunidad de la
calle de los Cordiers.
Primeramente desde los comienzos de enero, la
llegada del Sr. Barbier, un amigo de infancia del Sr. Des Places,
que viene a secundar en el gobierno de la casa.
Ante las dificultades que encontraba el Sr. Des
Places para dirigir sólo una comunidad en pleno desarrollo y seguir
estudiando la teología, sintió, en efecto, la necesidad de ser
ayudado en este trabajo. Por otro lado, la presencia de un sacerdote
se imponía en una obra de este género. Es esto lo que lleva al Sr.
Des Places a solicitar la venida de su amigo, en quien él tenía
plena confianza, y su participación en la dirección de la obra.
Otro acontecimiento importante para Claude a
lo largo de 1.705 fue recibir las cuatro órdenes menores el 6 de
junio.
Al comienzo de octubre, un joven subdiácono de
22 años, originario de Janzé, diócesis de Rennes se agrega a la
joven comunidad. Su nombre era Jacques-Hyacinthe Garnier y será,
desafortunadamente, por poco tiempo, el sucesor de Poullart des
Places en la dirección de la obra.
Ese mismo mes de octubre de 1.705 Poullart des
Places firmará el contrato de arrendamiento, a contar desde Navidad,
que le permitirá disfrutar de una casa situada en el número 8 de la
calle Neuve-Saint-Etienne, la actual calle Rollin. La casa de la
calle des Cordiers se había quedado pequeña. La nueva casa permitía
acoger de 60 a 70 estudiantes y no estaba lejos del Colegio
Louis-le-Grand.
En las vacaciones del año 1.706
Claude François pasa algún tiempo en Rennes al lado de sus padres. A
lo largo de esta estancia, les pide que le faciliten el título
sacerdotal exigido por el Concilio de Trento a todo candidato al
subdiaconado no titular de un beneficio eclesiástico.
Si él hubiera consentido, habría sido ya
dotado. Un cierto François Lucas de Saint-Macou, sacerdote y
misionero apostólico, de acuerdo, probablemente, con el padre de
Claude, habría firmado, en efecto, en la corte de Roma, tres
beneficios en su favor por un importe de 1.800 libras por lo menos.
Pero Claude –François rechazó esta oferta y no consintió recibir de
sus padres otro título clerical que no fuera la renta vitalicia de
60 libras exigida por el obispo de Rennes, incluso a sus
seminaristas más pobres. Lo que fue hecho el 23 de agosto de 1.706
en el estudio del Sr. Le Bardier “notario real y apostólico”. Una
renta vitalicia de 60 libras “netas y libres de todas rentas, cargas
y deberes” fue asignada al Sr. Claude-François Poullart des Places a
retirar de los ingresos de la tierra noble de los Mottais, situada
en la parroquia de Saint-Laurent des Vignes”.
Previsto de su título clerical, Claude-François
pudo solicitar al obispo de Rennes sus cartas dimisorias para el
subdiaconado que le fue conferido en Paris el 18 de diciembre de
1.706.
Nuevas dimisorias obtenidas el 2 de febrero de
1.707, le permiten recibir el diaconado el sábado 19 de marzo.
En fin sus cartas para el sacerdocio, firmadas
por el Vicario General de Mgr. de Lavardin, obispo de Rennes y con
fecha del 15 de julio, le fuero entregadas, sin duda, en mano con
ocasión de una estancia en familia al final del año escolar.
Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de
1.707 por Mgr. Henri de Thiard obispo de Meaux, futuro cardenal de
Bissy.
Poullart des Places ¿tuvo la alegría de dar a
sus padres su primera bendición sacerdotal? Es poco probable. Por el
contrario, ningún miedo de equivocarse evocando su alegría al
bendecir a sus jóvenes clérigos que Dios le había confiado. Y más
todavía al evocar la alegría de subir al altar de su pequeña capilla
y distribuir él mismo a sus hijos el Cuerpo del Señor. Tampoco hay
duda de que haya celebrado una de sus primeras misas en los
santuarios más queridos en su corazón: la capilla de la Virgen Negra
de París, protectora de su Comunidad y la cripta de Notre-Damme de
Saint-Victor en la que su amigo Simón Gourdan era el capellán.
VI - EL INVIERNO DE 1.709 EN PARIS
El invierno de 1.709 queda para los
historiadores como el “Gran invierno”, una de las pruebas más duras,
no solamente del reinado de Louis XIV, sino de toda la historia de
Francia. Para la joven familia de los pobres escolares, sus
consecuencias fueron trágicas.
El invierno no fue menos riguroso en
provincias, pues después del frío apareció el hambre ocasionando un
gran número de muertes.
A la pequeña comunidad de la calle
Neuve-Saint-Etienne, que no vivía más que de limosnas, no le fue
ahorrado nada. La salud de cada uno se vio profundamente afectada;
la de Poullart des Places en primer lugar, sin duda. Uno de los
jóvenes de la comunidad, con el que él podía contar, René Le
Sauvage, murió y fue enterrado la víspera de Pentecostés.
El nombramiento del Sr. Le Barbier por Mgr. De
Lavardin para ser párroco de Bain-de-Bratagne a partir del 8 de
febrero de 1.709 privó a Poullart des Places de la colaboración
inestimable de aquél que después de ser su amigo de infancia, llegó
a ser su brazo derecho en la dirección del Seminario. Una mañana de
junio, antes de tomar plaza en la diligencia de Bretaña, Claude
abraza a su amigo por última vez, porque no se volverán a ver.
Otras preocupaciones importantes esperan al Sr.
Des Places. La casa de la calle Neuve-Saint-Etienne se fue quedando
pequeña y Poullar des Places encontró otra casa para su Seminario,
era una gran propiedad situada muy cerca de la que iba a dejar,
entre la calle Mouffetard y la calle Neuve-Sainte-Geneviève,
actualmente la calle Tournefort. Él rescindió el contrato de la
primera el 17 de agosto de 1.709 comprometiéndose a dejarla libre al
nuevo inquilino el 1 de octubre. Esto significaba que había que
preparar la salida de la comunidad para el nuevo local. ¡Ay de mí!
El joven superior no hará más que pasar a esta nueva morada.
VII - CLAUDE NOS DICE A DIOS PARA SIEMPRE
“Porque yo estoy a punto de ser derramado en
libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la
noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado
la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de justicia que aquel
Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino
también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación”
(II Tim 4, 6-8).
Además de las preocupaciones que conllevaba el
cambio de casa, había que pensar en la vuelta escolar. Esta, como
cada año, debía de ser precedida del examen de los candidatos al
Seminario y seguida de unos ejercicios espirituales de ocho días.
El Reglamento preveía llevar a los enfermos al
Hospital de la Caridad administrado por los Hermanos de San Juan de
Dios. En este fin de septiembre, todos los hospitales estaban
sobrecargados. El Hôtel-Dieu, por ejemplo, contaba más de 4.000
enfermos, casi tres veces más que en tiempo normal. En cuanto al
Hospital general, tenía hasta 14.000 pobres y no aceptaba más que a
los niños abandonados, encontrados en gran número cada día delante
de sus puestas. Poullart des Places se quedó entre los suyos.
La salud del joven superior, que nunca había
sido extraordinaria, deja mucho que desear. El frío y el hambre le
han afectado mucho, pues prefería siempre “que le faltase alguna
cosa a él ante de ver a sus escolares faltos de algo”.
En unas notas de hace diez años Poullart
escribía lo siguiente: “Tengo una salud maravillosa aunque yo
tenga siempre un aspecto delicado, tengo bien el estómago, me
alimento con toda clase de alimentos y nada me hace mal; estoy
fuerte y vigoroso como cualquier otro, resistente a la fatiga y al
trabajo…”. Después del último invierno, le era imposible
mantener una opinión tan optimista sobre su salud.
En los últimos días de septiembre, “mientras
que el Sr. Des Places se entregaba enteramente a los cuidados que
exigía su comunidad naciente y se agotaba con austeridades, nos dice
su primer biógrafo, fue atacado por una pleuresía junto a una fiebre
continua y un tenesmo violento que le causó fuertes dolores durante
cuatro días. Nada de todo esto pudo arrancar de su boca una palabra
de lamentación y menos aún de impaciencia. No se percibía lo
tremendo de sus sufrimientos más que por los actos de resignación
que le provocaban. El desfallecimiento de la naturaleza parecía
prestarle nuevas fuerzas para repetir con frecuencia estas palabras
del santo Rey David:
“¡Qué amables son tus moradas Yahvé
Sebaot! Mi ser languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente y
mi cuerpo se alegran por el Dios vivo”
.
El 1 de octubre, día fijado para la mudanza, lo
trasportaron con las precauciones que se pueden adivinar, a la nueva
casa de la calle Neuve-Saint-Geneviève.
“Desde que se supo en París que su enfermedad
era grave, un gran número de personas, distinguidas por su piedad y
por sus cargos, vinieron a verlo: Los señores Directores de los
Seminarios de Saint-Sulpice, de Saint-Nicolas-du-Chadomet, de
Saint-François-de-Sales. El santo hombre Sr. Gourdan de la abadía de
Saint-Victor le envió también alguien a visitarlo de su parte”, nos
dice su primer biógrafo.
El Sr. Des Places no fue de ninguna manera
sorprendido por la muerte; Desde hacía años, se preparaba un día al
mes a bien morir, comulgando el viático, haciendo sus oraciones y
todas sus acciones ”como las últimas de su vida”, acostándose la
noche como si él entraba en su ataúd.
Se le administraron los últimos sacramentos; y
después de haberlos recibido en plena conciencia expiró suavemente.
Era el 2 de octubre de 1.709, sobre las cinco de la tarde. Tenía 30
años y siete meses y no hacía más que un año y nueve meses y medio
de su ordenación sacerdotal. Su vida y su muerte nos dejan un
extraordinario recuerdo, que bien podemos resumir con estas palabras
del Evangelio de S. Juan:
“Este es el mandamiento mío: que os améis los
unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grade que
el que da la vida por sus amigos…No me habéis elegido vosotros a mí,
sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca, de modo que
todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda”
(Jn 15, 13-14.16).
Sus restos mortales fueron colocados en la fosa
común del pequeño cementerio de la parroquia Saint-Etienne-du-Mont
en el presbiterio de la Iglesia, a la sombra de la capilla de la
Virgen. El padre de los pobres escolares, que tanto había amado a
los pobres y querido la virtud de la pobreza, compartió así la
sepultura de los pobres.
Jacques-Hyacinthe Garnier, que venía de cumplir
26 años y no era sacerdote más que desde Navidad, por lo tanto menos
de un año, tomó la dirección del Seminario. También marcado por las
privaciones, el nuevo superior murió a su vez al comienzo de marzo
de 1.710. Los siete seminaristas más antiguos se reunieron para
darle un sucesor. Uno sólo de entre ellos era sacerdote desde hacía
algunos meses, Louis Bouic, de Guillac. Fue él el elegido. Con la
ayuda de Pierre Caris y de Pierre Thomas, gobernó el Seminario y la
Congregación del Espíritu Santo durante más de medio siglo, hasta su
muerte en enero de 1.763.
Al comienzo del mes de junio de 1.710 llega una
noticia que les llena de aflicción, la muerte del Sr. Le Barbier,
que después de haber sido como el hermano mayor de todos durante su
estancia en la comunidad, ha sido también llamado por Dios el 22 de
mayo a la edad de 30 años y 8 meses.
“En verdad, en verdad os digo: si el grano de
trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da
mucho fruto. El que ama su vida, la pierde ; y el que odia su vida
en este mundo, la guardará para la vida eterna”
.
Es por la cruz que Cristo Jesús ha salvado al
mundo; es también por la cruz que deben ser señaladas todas las
obras suscitadas por el Espíritu Santo para la salvación de los
hombres. No podía ser de otra manera la obra de los pobres
escolares.
VIII - EL LEGADO DE CLAUDE POULLART DES PLACES
“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra,
dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has
revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino
el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo,
y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga
ligera”
.
Un artista de talento fue a pintarle revestido
de sotana y de un gran alzacuello azul, tal como era costumbre en la
época, sentado en un sillón, con un gran crucifijo en las manos.
Este retrato, el único auténtico que nosotros poseemos, se conserva
en la sala del Consejo General de la Congregación del Espíritu
Santo.
En el corazón sus discípulos conservaron un
retrato muy diferente, cuyo resplandor iluminará toda la vida
sacerdotal. El día, en que el Sr. De la Ville-Angevin llege a ser
fundador de congregación y quiera enseñar los deberes del cargo de
superiora de las Filles du Saint-Esprit, no tendrá más que
recordarse de aquél que fue su maestro y amigo. Es suficiente
transportar su texto, cambiar el tiempo de los verbos, leer él en
lugar de ella, escolares en lugar de hermanas, para encontrar, con
un máximo de verosimilitud, la imagen, llena de humanidad, de
dulzura y de abnegación del Sr. Poullart des Places en el gobierno
de su comunidad.
En el Reglamento de las Filles du Saint-Esprit,
pp. 62 y 77 podemos leer lo siguiente:
“En las funciones de superior, él se recordaba
siempre de humillarse delante de Dios, reconociéndose interiormente
indigno de esta carga y más pecador que cualquiera de los escolares.
Él trataba a todos sus escolares con mucha
delicadeza y humildad, mirándose a sí mismo, como el último de
todos. Estudiaba las inclinaciones de cada uno de ellos y su
disposición para poder ganarlos más fácilmente.
Cuando sus escolares habían caído en alguna
falta, los reprendía con mucha delicadeza; Si se daba cuenta que
ellos no recibían la corrección como debían, él no se encabezonaba
contra ellos para forzarles a hacer lo que él decía y jamás les
decía palabras bruscas, Prefería verles hacer una falta leve que
hacer él una pesada para corregirles.
También pedía siempre las luces necesarias al
Espíritu Santo y trataba a sus escolares con tanta delicadeza y
paciencia que obtenía su total confianza y ganaba todos los
corazones. Tomaba para él esta preciosa lección de Jesucristo:
“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Tenía una estima particular por la pobreza y el
desprendimiento de las cosas, Prefería que le faltase algo a él
antes que a sus escolares.
En fin, se estudiaba a sí mismo para ser un
espejo perfecto de todas la virtudes y no hacer nada que sus
escolares no pudieran y no debieran imitarle”.
En su declaración, el Sr. Faulconnier
informará de una escena que probablemente él sólo fue testigo. Nos
muestra al Sr. Des Places tomado al vivo en un caso en el cual más
de un director habría manifestado enojo: “Un día, un joven de la
comunidad que desde hace cuatro años deseaba ser cartujo, había
salido del colegio antes de la hora y había llevado sus libros a la
comunidad con la intención de irse a la Cartuja. Encuentra al Sr.
Des Places que le pregunta porqué venía tan pronto de clase. El
joven le declaró su intención, el Sr. Des Places consulta al Señor
allí mismo y le dice al joven estudiante enseguida: “Amigo, Dios
no os llama pos ese camino”. Como éste insistía, alegando el
largo espacio de tiempo durante el cual había madurado el proyecto y
también la pureza de sus intenciones, el Sr. Des Places le
respondió: “Si esta inclinación continúa algunos días, yo daré
voluntariamente la mano”. Él lo envió así para asistir al resto
de las clases. Este joven confesó más tarde que desde entonces no
había tenido jamás el deseo de comprometerse con ese camino”.
Esta instantánea, que corresponde tan
perfectamente a las reminiscencias del Sr. De la Ville-Angevin,
merecería ser meditada: el padre de los pobres escolares no era
solamente de una grande delicadeza; no tenía solamente la costumbre
de recurrir al Espíritu Santo; Dios había querido compensar su falta
de experiencia con el don del discernimiento de los espíritus.
El joven rico, hijo de un padre ambicioso,
ávido él mismo de éxitos y de gloria. El Sr. Des Places había
descubierto, siguiendo los pasos de Michel Le Nobletz, que la
verdadera grandeza consiste en vivir las Bienaventuranzas. Por su
palabra y por su vida, ha llegado a ser, a su vez, predicador de la
humildad y del desprecio al mundo. De sus predicaciones, sus
escolares, a lo largo de sus vidas. se acordarán con fervor:
Cuantas veces, escribe Thomas, se le ha visto
hacer las acciones más humillantes a los ojos de las personas que le
conocían bien, cuando se trataba de buscar la subsistencia para los
pobres escolares que él había reunido. Se le ha visto con frecuencia
por las calles de París, acompañado de algunos de sus pobres
escolares, la mayor parte muy mal vestidos, con los cuales parecía
charlar como con sus iguales.
Como había que comprar con frecuencia pequeños
muebles y diferentes instrumentos que eran necesarios para uso de la
comunidad, él mismo iba a comprarlos como podría haberlo hecho el
más pequeño hermano converso de un convento, con esta diferencia,
que él encontraba en esto mil disgustos más que los hermanos
conversos no tenían que soportar de aquellos a los que ellos compran
las mercancías y con los obreros con los que hacen negocios, tanto
por que , de ordinario, ellos tienen la bolsa mejor guarnecida y que
compran en grandes cantidades, como porque se tenía costumbre de
verlos, y no como a ese nuevo proveedor que estaba obligado a
ahorrar y a no ir con tanta frecuencia al mercado.
Cuantas veces lo han visto llevar a él mismo
lo que había comprado, tanto por ahorrar alguna cosa en beneficio de
los pobres estudiantes como por humillarse. Era cariñoso cuando
encontraba a alguien conocido que le veía tan cargado, a causa de
las humillaciones que le venían de esos encuentros.
El Sr. Poullart des Places no se contentaba con
las austeridades que su caridad por los suyos le imponía. El día
después de su muerte, encontraron “El borrador de una carta que
escribió a su director, en la que le proponía la resolución de
practicar mortificaciones sorprendentes, las cuales sin embargo
parecían suaves al Sr. Des Places en comparación de lo que él creía
deber hacer para expiar sus pecados y para merecer el cielo.
Proponía estos motivos a su director de una manera muy viva, a fin
de comprometerlo a aprobarlos y a permitirle ejecutar lo que él
había decidido”
En toda su vida de superior, El Sr. Poullart
des Places había estado para sus discípulos “el modelo de las
virtudes más heroicas”. Sus exequias fueron para ellos una última
lección de la cual nosotros encontraremos pronto los frutos.
Bibliografía:
Joaquín RAMOS SEIXAS: Antología Espiritana,
Espiritanos , Madrid.
CENTRE SPIRITAIN DE RECHERCHE ET ANIMACTION:
Ecrits Claude-François Poullart des Places, Rome 1.988
Alexis RIAUD: Claude-François Poullart des
Places: Les Fraternités du Saint-Esprit, Paris1.985.
Joseph MICHEL: Claude –Francois Poullart des
Places: Edit. Saint-Paul, París 1.962.
Congregación
del Espíritu Santo: Regla de Vida Espiritana, Madrid, 1.987.
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