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Ha sucedido algo que ha
pasado en un abrir y cerrar de ojos. Tanto es así que no sé si pertenece
al mundo de los sueños o a la realidad, necesito escribirlo para hacer
que esta pequeña historia sea recuperada para el mundo real.
Ha sucedido en nuestro
barrio de Doualare en esta ciudad de Maroua, al norte de Camerún,
justo detrás de nuestra
casa. Una de las ventanas de nuestro salón-comedor da directamente a una
calle poco concurrida con un rincón escondido donde suelen ocurrir cosas
curiosas. Hoy cuando terminaba de comer veo tres jóvenes, mejor, tres
niños, unos 13 años, que pasan por ahí. No sé qué, pero noto algo. Ellos
no me ven, en un movimiento rápido entre los tres rodean la cabra más
grande de las que están intentando comer algo por la calle. Ya la
tienen. En el mismo momento veo una cuerda, sin duda que la tenían
preparada y comienzan a atar la cabra por el cuello.
¿La ventana de nuestro
salón es una simple ventana o la pantalla de un cine de barrio?
En ese momento yo me
digo: “Emilio, ¡eh! Despierta estás asistiendo a un robo, en directo ¿te
vas a quedar así, de brazos cruzados?”
Es justo entonces
cuando grito “¡Gudjo, gudjo!” (Ladrón, ladrón). Y en un movimiento
reflejo nuestros tres amigos dejan la cabra y se van corriendo.
Estamos justo a una
semana de la Fiesta del Cordero, cada padre de familia musulmán debe
sacrificar un cordero o similar, repitiendo el gesto de Abraham, cuando
sacrificó un cordero en lugar de su hijo. Por estas fechas hay mucha
demanda de estos animales, el mercado marcha… y los robos también. Para
nuestros jóvenes sin escuela y desocupados esta es una operación
rentable. Siempre encontrarán alguien que les compre la cabra a bajo
precio para luego venderla en el mercado, son los otros ladrones.
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