Hemos enterrado a nadie

  

Todo se ha desarrollado a una velocidad de vértigo. En mitad de la misa una niña ha comenzado a vomitar. La han sacado afuera y no dejaba de vomitar. Parece ser que es un paludismo, decía la gente, un paludismo muy fuerte. En la misión se le dio el tratamiento para el paludismo: cloroquina (aunque este medicamento ya no hace prácticamente nada) y paracetamol para aliviar los síntomas. Tal como estaba la llevaron a casa. Su aspecto antes de que todo comenzara era muy bueno y su edad de unos cinco años.

A primera hora de la mañana se ha presentado el responsable de la comunidad cristiana de Fasawo, el barrio de la familia de la niña en cuestión. La niña ha muerto, anunció secamente. Después amplió un poco: más tarde la llevaron al hospital, porque la niña seguía muy mal, pero no hubo nada que hacer, la niña murió a eso de las siete de la tarde.

Ya no había nada que hacer, únicamente dejarse acosar por el asombro y enterrar. La niña no estaba bautizada, ni tampoco sus padres. La vinculación de la familia a la misión es más bien pobre. En estos casos es el responsable de la comunidad o el catequista el que se encarga de la oración. El sacerdote ni se presenta.

Pero como había que avisar al catequista para la oración, le he acompañado y me he quedado allí. Es el primer entierro de un niño aquí. En realidad es mi primer entierro aquí. Cuando hemos llegado a la casa todo el mundo estaba ya allí. Nos hemos quedado parados mirando y hemos saludado a las personas más cercanas. La niña estaba en una de las chozas del saré*, las mujeres al lado y los hombres un poco más lejos, ya fuera del terreno familiar.

Una mujer iba de un lado para otro medio bailando y cantando algo que yo no comprendía. No era difícil de adivinar que se trataba de una muy sentida expresión de dolor. Más tarde supe que se trataba de la madre de la niña. Al padre lo he saludado, no le he dicho nada, me he contentado con retener un rato su mano entre las mías, pausadamente; lo mismo he hecho después con la madre.

Después de una media hora han sacado a la niña envuelta en una sábana blanca, le han atado tres lazos para que la sábana no deje al descubierto su cuerpo y la han envuelto en una estera, que han vuelto a atar. Con la niña directamente sobre la tierra del patio familiar ha comenzado una breve oración dirigida por el responsable de la comunidad y el catequista.

Una vez terminada la oración, un hombre ha cogido en sus brazos el menudo cuerpo y ha encabezado la procesión que nos llevaría hasta la tumba. Los hombres primero y sólo algunas mujeres después, casi todas se han quedado en la casa. La tumba estaba a media ladera de una empinada y rocosa montaña. Hay que esforzarse para llegar allí.

 

La tumba estaba ya cavada. Un rectángulo con otro rectángulo mucho más estrecho en el fondo. Es en este último donde se ha depositado el cuerpo de la niña, pero antes se le han soltado todas las ataduras, tanto de la estera como de la sábana. Todo se ha hecho para que la tierra no caiga directamente sobre ella. El pequeño rectángulo se ha cubierto con piedras apropiadas y se ha comenzado a echar la tierra. Tierra que por dos veces ha sido pisada. Una vez cubierto el hueco se han puesto piedras alrededor, en forma ovalada y se ha añadido más tierra, hasta la parte superior de las piedras. A lo largo de todo el proceso los hombres quitaban con cuidado todas las pajas que venían mezcladas con la tierra.

¿A quien hemos enterrado? No sé como se llama la niña, no hemos tomado ningún dato para anotarla en un libro de difuntos, su familia no irá a darla de baja en ningún registro. ¿Por qué? Sencillamente porque tampoco había ido a darla de alta cuando nació. Hemos enterrado a alguien que no existe.

No hemos enterrado a nadie.

 


*  Este es el nombre que se da al terreno que la familia posee para vivienda, en este terreno están las diversas chozas que hacen de habitaciones, cocina, establo... también está ahí el granero. Nunca falta una zona abierta donde está asegurada la sombra.

 

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