HOMILÍA VII DOMINGO DE  PASCUA – 2012

                              CICLO “B”

   

XLVI JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES      

                     MENSAJE DE LOS OBISPOS DE LA CEE.

   LA COMUNICACIÓN AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

          Mensaje del Papa: palabra y silencio

          El Papa invita a la conveniente alternancia entre el silencio y la palabra para una comunicación que permita la comunión entre las personas. En el silencio se permite, por un lado, la escucha atenta de lo que el otro comunica y se expresa el respeto y el deseo de saber más de quien escucha. Al mismo tiempo, el silencio permite una reflexión y elaboración suficiente de los discursos y una articulación de las ideas para que puedan servir mejor a las personas con quienes uno se comunica. La palabra es el momento de la comunicación eficaz en sus diversas formas, escrita, hablada o transmitida por los diversos medios de comunicación.

       Si, como señala Benedicto XVI, en toda comunicación es importante la preparación por medio del silencio, lo es más todavía en la de quienes han hecho de la comunicación su modo de vida. Periodistas, profesores, comunicadores, sacerdotes, etc., necesitan del silencio, no solo para preservar la calidad del mensaje que se disponen a transmitir, sino también para hacerse conscientes y responsables de una misión que consiste en acercar a oyentes y lectores la verdad conocida. 

      Misión de la comunicación y verdad 

      Esa responsabilidad aumenta si se tiene en cuenta que la comunicación humaniza al hombre, pues le hace destinatario del caudal de conocimiento y de verdad que se ha ido acumulando en la historia o que se sigue elaborando hoy mismo en otros lugares distantes. Como señaló Juan Pablo II, la comunicación debe «atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia». 

      Comunicar la verdad e incomunicar la mentira 

      Comunicar es esencialmente comunicar la verdad, salir al paso de las preguntas, dudas e inquietudes del hombre y ponerle en relación con aquello que necesita conocer. Como señala Benedicto XVI, «el hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo»2. En la medida en que esa comunicación se realiza, el hombre queda humanizado. Todo contacto con la verdad sobre cualquier realidad da a conocer al hombre su lugar en la sociedad y su misión en la misma. Es precisamente la humanización de la sociedad uno de los fines de la comunicación y al mismo tiempo uno de los parámetros con los que se puede medir la calidad de la comunicación. Una sociedad conocedora de la verdad es una sociedad más libre, más justa y más humana.

         En el otro extremo, la mentira, la transmisión del error, la duda, no producen comunicación, sino más bien incomunicación y, con ella, deshumanización. Quienes transmiten la mentira, por dejadez, falta de rigor o de honestidad, traicionan la misión que les ha sido confiada de servir de puente de unión entre la verdad y los hombres de nuestro tiempo y provocan la deshumanización de la sociedad. Lo mismo ocurre cuando la comunicación busca sembrar la discordia, la insidia o la maledicencia. Entonces esa comunicación pierde su dignidad y contradice su dimensión humanizadora. Se puede decir que «la comunicación debe ser siempre veraz, puesto que la verdad es esencial a la libertad individual y a la comunión auténtica entre las personas», y, por extensión, que el límite de la libertad de expresión es la mentira, la insidia o la asechanza. 

        Comunicar camino hacia Dios 

        Cuando se produce la comunicación, es decir, cuando se transmite la verdad, la belleza o la bondad de la vida ordinaria se está mostrando al hombre el camino para ser auténticamente hombre y, en última instancia, se dispone el corazón del ser humano al conocimiento de la Verdad, la Bondad y la Belleza que es Dios. Por eso, la comunicación tiene su máxima expresión y cumple del mejor modo su dimensión humanizadora, en el anuncio de Jesucristo, camino, verdad y vida. En este plano más elevado de la comunicación se puede afirmar que la comunicación contribuye definitivamente a la evangelización.

           Fue el Señor quien envió a los discípulos a proclamar la buena noticia del Evangelio (…): «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc.15, 15), suponen para todos los cristianos una misión ineludible, a la que habrá que incorporar todos los medios disponibles, desde los medios clásicos, como la prensa, la radio o la televisión, a los nuevos ámbitos de comunicación originados a partir de internet y de las redes sociales. 

          Felicitación y aliento a los periodistas 

          En este contexto, queremos también felicitar a todos los comunicadores y profesionales de los diversos medios que han hecho de la verdad su trabajo habitual y agradecer el servicio que prestan a sus conciudadanos. De su compromiso personal y profesional depende en buena medida el progreso de una sociedad que necesita de la verdad para poder servir mejor a todos sus miembros. A Aquel que es la Verdad, nuestro Señor, Jesucristo, encomendamos esta Jornada Mundial.

   NOTAS: 

1.     Mensaje para la XXXIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales 1999,n.2; 

2.     Mensaje para la XLVI Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 2012.

 

 

1.- Las Lecturas 

     * Libro de los Hechos de los Apóstoles  1,1-11: Los apóstoles vieron a Jesús levantarse hacia los cielos. A los cuarenta días después de la resurrección, Cristo asciende victorioso al cielo donde se ha sentado a la derecha del Padre hasta que vuelva, al final de los siglos, en gloria a juzgar a vivos y muertos.

         * Salmo Responsorial 46. Dios asciende entre aclamaciones. Alegrémonos y gocemos porque esta fiesta es el triunfo definitivo de Cristo y  el comienzo de nuestra glorificación final.

         * Carta de san Pablo a los Efesios 1,17-23. El Padre lo sentó a su derecha en el cielo. En este tiempo de la Iglesia, a cada uno de nosotros nos corresponde  vivir y realizar la vocación que hemos recibido del Espíritu Santo en este mundo: sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos….

         * Evangelio según san Marcos 16,15-20. Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios.   La misión de Jesucristo está ahora en manos del Espíritu Santo y de la Iglesia. Hemos de  realizar esta misión salvadora con la fuerza del Espíritu Santo. 

      2.- Sugerencias para la homilía 

           2.1.- Dios exaltó y glorificó a Jesús: la Ascensión

                   El Padre ha glorificado realmente a su Hijo amado a quien Él engendró desde toda la eternidad y a quien “en la plenitud de los tiempos envió” nacido de mujer”  (Gál.4,4), al mundo para redimirnos del pecado, de la ley y de la muerte por su muerte y resurrección,  y para que “recibiéramos la filiación adoptiva” (Gál.4,5).

         El Padre no abandonó a su Hijo en la muerte, sino que lo resucitó y lo glorificó, sentándolo a su derecha. Jesús no experimentó la corrupción del sepulcro sino que  Él es el Viviente por excelencia. Jesús no estaba equivocado como pensaban algunos. El Padre lo acreditó resucitándolo de entre los muertos y otorgándole el “Nombre-sobre-todo-Nombre”. La gloria divina que le corresponde desde siempre brilla y resplandece ahora en plenitud sobre su naturaleza humana: “El Padre constituyó a Jesús Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm.1,4). Los apóstoles vieron al resucitado en gloria divina que  resplandecía sobre su naturaleza humana.

                  La exaltación de Jesús no es un mero recuerdo que tenemos de Él  muchas personas a lo largo de los siglos de Él. La resurrección y la glorificación de Jesús no son simplemente que la causa de Jesús sigue adelante. La resurrección y la glorificación afecta al propio Jesús, a su propia persona. El Padre glorifica a su Hijo Jesús, sentándolo a su derecha en el Reino de los cielos.

                 Las llagas de sus manos, pies y corazón, ya glorificadas y transfiguradas por el Espíritu  Santo, permanecen en la humanidad gloriosa de Jesús y muestran su identidad: “aquí tienes mis manos, mis pies, mi corazón”. Esas llagas son el camino que debemos recorrer para adentrarnos en la contemplación del misterio de Jesucristo. Así le ocurrió al apóstol Santo Tomás de quien dice San Juan: “Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío” (Jn.20, 28). Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino dirá hablando de este apóstol: “vio las heridas, pero creyó en Dios” (Santo Tomás de Aquino).

                 Acerquémonos con profundo respeto y amor a la humanidad de Jesucristo. Contemplemos sus llagas que son la puerta por la que debemos entrar para contemplar el misterio de Jesús y, en Él, el misterio de Dios con profunda y humilde fe.    

         2.2.- El camino que llevó a Jesús a su glorificación 

                   El camino que  lleva a Jesús a su exaltación gloriosa pasa por su entrega y su generosidad, por su sufrimiento y su cruz, que Él asume en libertad y vive con amor obediente como ofrenda al Padre por la salvación de la humanidad.                             

                   El camino que nos lleva a nuestra salvación y glorificación pasa por la entrega y el sufrimiento, no por  el endiosamiento y la soberbia. Jesús nos lo dijo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto”.

                  Os invito a orar con la plegaria de la Iglesia: “¡Señor!, que cuando me llegue el dolor, que yo sé que me llegará, que no se  me nuble la fe, ni se me enturbie el amor”.                               

        2.3.- Jesús no nos  abandona        

                   “Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”.

                   En el camino de la vida, Jesús no nos deja solos ni nos abandona. Él está a nuestro lado, a tu lado, para acompañarnos, guiarnos, fortalecernos y ayudarnos a seguir caminando. Y  en los momentos difíciles no perdamos la paz ni la serenidad ya que también Jesús está a nuestro lado  y nos toma de la mano; más aún, nos quiere tanto que, en los momentos de mayor dificultad de nuestra vida,  Él nos toma en sus manos benditas y santas y nos lleva en sus brazos. Jesús es el Buen Pastor que se acerca a la oveja perdida y herida para curarle las heridas, para tomarla en sus manos y llevarla al redil.

                      ¡Qué bien lo dice una oración de la Iglesia!

                       ”Y cuando hay que subir monte, calvario lo llama Él,

                         siento en  mi mano la llaga de su mano…”  

           2.4.- Id al mundo entero y predicad  el Evangelio 

                    Antes de subir a los cielos, Jesucristo nos  confía el mandato misionero: “id al mundo entero y haced discípulos míos a todas las gentes”.                      

                       Vayamos al mundo y anunciemos el Evangelio…que es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm.1,18). La Iglesia existe para evangelizar. ¡Todos   debemos participar y colaborar con el don, carisma o ministerio recibido del Espíritu Santo en la obra de la evangelización. Sabed, hermanos laicos, que “sin vosotros no se hará la nueva evangelización” 

                      Vayamos a “los nuevos areópagos” (Beato Juan Pablo II)  o plazas públicas que son hoy la política, la economía, el ocio, los medios de comunicación social, la vida humana, la cultura…Anunciemos el Evangelio en estos lugares. Los fieles laicos están llamados a ser profetas de Dios en la secularidad, en estas plazas públicas. ¡No seáis profetas mudos, ni profetas que se avergüencen del Evangelio.   

                   Abramos “el atrio de los gentiles” (Benedicto XVI) para acoger en él a los que buscan a Dios, a los alejados de la fe, a los que nunca han oído hablar de Dios, a los que buscan razones para vivir, esperar y creer…Ayudémosles con la palabra y el testimonio de nuestras vidas a encontrarse con Dios.  

        2.5.- Volveré y os llevaré conmigo 

                   “Espero la resurrección de los muertos y la vida eterna”. “No tenemos ciudad permanente en este mundo, sino que buscamos otra” (Heb.13,14). Esta ciudad es la Casa de Dios, el cielo. El Señor no nos dejará tirados en la cuneta de la historia; no se olvidará de nosotros. Un día el Señor nos resucitará de entre los muertos y nos acogerá en el reino de los cielos, si hemos sido fieles a Él. En esta ciudad de Dios seremos inmensamente felices participando en la felicidad de Dios y viviremos para siempre participando de la vida de Dios. A todos lo deseo y lo pido a Dios. 

          2.6.- La Virgen María ya glorificada intercede por nosotros

                   Que la Stma. Virgen María, ya asunta al cielo y glorificada,  nos ayude con su maternal intercesión para que perseveremos en la fe y en el seguimiento de su hijo Jesucristo y lleguemos un día al cielo por la misericordia de Dios.

                    Así lo enseña el Concilio Vaticano II:

         * “La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y en cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

          * “Por su amor materno María cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” (LG 62).

             

   3.- Participemos en la Eucaristía 

        Bien dispuesta nuestra alma, acerquémonos a recibir  el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, que son semilla de eternidad. Ya lo dijo el Señor y nos lo dice hoy: “el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. 

    4.- Testigos de esperanza en el mundo 

            No pocas personas han perdido la esperanza y caminan por este mundo sin saber ni de dónde vienen ni a dónde se encaminan: viven sin esperanza. El cristiano, en cambio, es aquel que tiene esperanza. Demos gracias a Dios que “nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros…” (I Pedro1,3-5). Sepamos contagiar con la palabra, con las obras y con el testimonio de nuestra vida la esperanza cristiana. 

           La esperanza cristiana nos urge al compromiso con un mundo nuevo. Que nadie piense que la esperanza  en los cielos nuevos nos exime de comprometernos al servicio de la paz y de la justicia, del amor y de la verdad. Recordemos al Concilio Vaticano II:

             * “Enseña que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” GS 21).

             * “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuando puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (GS 39).    

        Terminamos. Unidos en la oración

          Cáceres. 13. Mayo de 2012 

 

                                                           Florentino Muñoz Muñoz

 

 

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