Jam na! (En fulfuldé: Hola, ¿Cómo estás?) por Carmen

 

Me parece un buen comienzo para estás líneas porque resume muchas cosas que representa nuestra experiencia en Maroua (Camerún).

El pasado 26 de Junio tuve la oportunidad de poner rumbo a Camerún, en el extremo norte del país, junto a Nigeria y Chad, y con ello vivir una de las experiencias más bonitas de mi vida con un grupo de la pastoral de Jóvenes.

Este Jam Na, encierra toda la fuerza de la Hospitalidad que ya conocí en otras tierras de Misión como Ecuador, pero también algo muy africano: el dedicar tiempo a las personas, a su escucha, en definitiva estar y atender a cada uno de los que te cruzas como si fuera lo más importante en ese momento.

Una vez más la Misión nos muestra abiertamente su manera sencilla y muy viva, real, de vivir la Fe, de celebrar a Jesús Resucitado y de vivir poniendo la vida en manos de Dios.

En Doualare, un suburbio de Maroua donde está la parroquia en la que aterrizamos tras casi 30 horas de viaje desde la capital – todo un aprendizaje intensivo sobre África en 30 m2 de vagón y bus- la vida transcurre despacio, pero al mismo tiempo con mucha actividad: siempre hay gente por todas partes; y también en la Misión. Sobretodo  niños que van y vienen, te tocan, nos miran, nos hablan. Sólo pretenden estar con nosotros.

Por primera vez en mi vida he experimentado lo que es ser una minoría cristiana: en Doualare con una población de unos 50.000 habitantes hay cerca de 500 cristianos. Allí ser cristiano no es cómodo: hay que significarse en medio de un mundo musulmán; estar dispuesto a ser diferente, asumir un compromiso en la parroquia y en el barrio, pagar el diezmo, estar unos 4 años de proceso de catecumenado y además que los responsables evalúen si estás preparado. Todo esto a mí me cuestiona mucho; me rompe un poco esta religión a la carta que me voy montando y me ayuda a tener presente que no puedo acomodarme, que a Misa se va a celebrar, no a estar; que la catequesis hay que vivirla, no explicarla y que Jesús dedicaba tiempo a la gente, a la oración y a celebrar.

La Misión es un lugar abierto – en lo físico y en el planteamiento. Allí de forma continua se atiende a todo el mundo: cristianos y musulmanes. Es un espacio para todos de escucha y de atención.

Algo curioso también en Camerún es la naturalidad con que se trata todo el mundo; no hay una brecha entre misioneros y el resto, o cristianos y musulmanes: en general el trato es siempre muy natural. Y es importante destacar la fraternidad que viven todos los religiosos y misioneros que trabajan allí, en una distancia de 200 Km. Con procedencias muy diferentes – africanos y europeos – y tareas bien distintas, pero con un objetivo común de presencia y testimonio de Cristo en medio de los pobres, en un mundo musulmán. Entre ellos hay Fraternidad y han creado Comunión.

Podría seguir escribiendo mucho más pero no es plan. Para terminar os diré que sobretodo allí hemos vivido la alegría de conocer, estar, disfrutar de la gente, del trato con los Misioneros, conocer la Iglesia naciente, orar y celebrar juntos, vivir la multiculturalidad, reír, cantar todo lo posible. En definitiva: hemos sido muy felices, hemos sentido la presencia de Dios en los más pobres y encima nos lo hemos pasado bien. En medio de tanta pobreza, de tanta basura, todo allí es armonioso: la luz, los colores, las risas, las telas. No sobra nada, sólo un poco de miseria.

Ha sido a nivel de Fe, y en un sentido profundamente cristiano y humano, una experiencia bonita, de crecimiento personal y comunitario.

¡Usoko yur, Jawmiraawo! (¡Gracias, Señor!)

 

 

 

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