La caza del león

(una realidad cotidiana del pueblo Maasai)

Un cuento de Navidad

Yo estuve allí

 

             1982.   Un día cualquiera en la estepa Maasai de Simanjiro,  Norte de Tanzania, 10 de la mañana.

    

Si algún día me he sentido rozando el cielo con las manos por el inmenso placer de sentirme el hombre más feliz del mundo, aquí y ahora, ese era el día.

Hacia 2 años que había llegado de España con una maleta de ropa, 20.000 libros de Teología en la cabeza y 100.000 maletas de ilusiones para predicar el Evangelio a los Maasai, esa tribu legendaria, guerrera y misteriosa, de la que no conocía absolutamente nada, pero a la que Dios me había enviado a compartir mi vida con ellos.  “Vete”, me dijo, y me fui.

Bueno, parte de la culpa también la tuvo Pepe, un gran misionero cordobés; me dijo “Ven, aquí hay trabajo en cantidad”, y yo me vine con él.

Mi maestro Pepe y sus compañeros (Marta, enfermera de Barcelona; Reme, enfermera de Madrid; Antonio, espiritano y enfermero de Córdoba) me contaban historias y me instruían en los idiomas y costumbres de aquellas gentes, y me decían “pole pole” (despacio).  Y les contestaba “asante” (gracias). Es Swahili.

Pero yo tenía ansias de comerme el mundo; venía de LA MANCHA donde  Don Quijote se comía molinos creyendo que eran gigantes; venía de la LEGION en el SAHARA donde nos comíamos a los niños polisarios creyéndonos vampiros que necesitábamos sangre para subsistir y enviar transfusiones al Jefe de Estado que se moría en España;  venía de la Universidad incendiaria de los 68-75; venía de los Seminarios diocesanos y religiosos; y venía de El Toboso, cuna de Dulcinea, del amor sin fronteras y del trabajo bien hecho. Tenía ansias de llanuras sin horizonte, de tierras de secano (no soy ni de montaña ni de mar) diferentes a las que manipulaba con mi padre intentando sacar riqueza donde solo había sudor y fracasos.

Yo quería hacer algo bien, y olvidar todos esos fantasmas que me acompañaban desde mi niñez. Quería poner mi grano de arena en crear un MUNDO NUEVO donde todos viviéramos bien, sin fantasmas, sin derramar sangre inocente, sin esclavitudes ni hipocresías. Quería ser  un nuevo SANCHO PANZA, intermediario entre la realidad-Quijote, que es locura, y el ideal-Dulcinea que es utopía. Quería ser JESÚS DE NAZARET, EL QUE NACIÓ EN BELEN, la  pura realidad.

Y allí estaba mi oportunidad.   

SIMANJIRO 

Estaba en La Mancha Africana. Le llaman la Estepa Maasai, pero para mí desde la primera visión, fue La Mancha, fue mi tierra, fue mi casa. No se por que fue mi Nazaret, donde al fin repose de todas mis andanzas guerreras y escaramuzas de capa y espada. Allí madure, codo con codo con mis compañeros. 

Llanura plana, sin horizonte; hierba baja de sabana; acacias aisladas como sombreros mejicanos que nos protegen de un sol ardiente; polvo y remolinos que me recordaban los caminos y caravanas del Lejano Oeste; no se si era el Paraíso, pero había animales por doquier: ñus, gacelas, jirafas, búfalos, serpientes, guepardos… y, sobre todo, EL LEON, (SIMBA), el rey de la llanura, cuyas leyendas y hazañas empecé a escuchar desde que llegué, hasta convertirse en un mito, al que me resistía a creer si era real (todas las noches cenábamos con su rugir como fondo en algún lugar no muy lejano).

Pero llegó el día en que lo vi y el mito se hizo realidad ante mis  espantados ojos que no podían creer lo que veían.  

 

LOS MAASAI

¡Que gente tan singular!  Son otro mundo completamente diferente al que yo pertenecía y traía en mi cabeza, el Ártico con respecto al Antártico, las Antípodas: su presencia, su caminar, su vestimenta, sus colores, su tierra, sus vacas, sus casas, su estructura social, familiar y económica, sus valores, su religión, su forma de enfrentar la vida y la muerte, sus guerreros-guerreros, sus niños pastores, su poligamia y sus mujeres esclavas, sus  cánticos y danzas, su alegría, su machismo, su soberbia, su sabiduría, su lengua y cultura, su no hacer nada… me hablaban de otro mundo posible,(en otro cuento se narrara), y casi me hacen olvidarme de las teologías, de las filosofías, de las falsas democracias seguidoras de los griegos, de luchas sindicales y libertades, de las calles de Barcelona cuando corría delante de la policía gritando “amnistía, estatut y autonomía” (luego me echaron del País catalán), y, lo que es peor, casi me olvido de El Toboso y su Dulcinea (bueno, luego cuando los Maasai la conocieron, se enamoraron perdidamente de ella, y así pudimos vivir todos como locos).  Y casi me olvido de mi fe, que me había traído a ese maravilloso mundo idílico, lejos de luchas, tópicos y mentiras. 

Me atraparon, me enamoraron y me hicieron su amante fiel; ¡ay de mi, me sentí perdido!  ¡Me habían enviado a convertirlos, y me estaban convirtiendo ellos a mí! 

Encajan en perfecta armonía en el cuadro de la Estepa Maasai, conviven con los animales, y son respetuosos con el León (SIMBA), al que más tarde o más temprano me acercarían.

 

LA IGLESIA MISIONERA

Desde hacia 6 años allí estábamos un grupo de pioneros-españoles-católicos-misioneros con la pretensión de hacer un Belén en cada corazón maasai, una Navidad viviente diaria, donde podíamos cambiar las figuras, pues queríamos que los protagonistas fueran ellos y ellos mismos construyeran su propia Navidad, su propio Belén, donde quizás el león (SIMBA) tuviera un papel principal.

Pero eran duros de pelar. Pasaban los años y no se querían bautizar, Jesús no acababa de llegar a Belén, aun seguía en Nazaret labrando su Cruz (y nosotros la nuestra).  Nos acostumbramos a sus costumbres, a su caminar, a sus olores, a su suciedad.   Nos tragamos 20.000 fiestas de todo tipo y lugar, perdíamos el tiempo escuchando sus hazañas, sus historias y miserias, y sobre todo sus relatos nocturnos, alrededor del fuego, de peleas legendarias con leones, (ya me acostumbre a su lengua y ya no era SIMBA, sino OLOGWARU), que les querían arrebatar sus vacas y sus niños. Casi estábamos a punto de tirar la toalla y abandonar el Ring, y decirle a Jesús “aquí no tienes lugar”.  

Pero un día llegó el LEÓN de verdad (OLEWARU) y todo cambió.

 

UN DIA CUALQUIERA en la estepa maasai, 10 de la mañana 1.982

 

Era el hombre más feliz que existía ese día: por fin un grupo de Maasais, 8 mujeres y 4 hombres, con un montón de churumbeles, habían pedido que les enseñáramos el Evangelio, la vida de Jesús.

Y allí estaba yo dispuesto, con todo mi arte, a construir el primer Belén entre los Maasai de Simanjiro.

El cuadro era perfecto: debajo de una acacia gigantesca, sentado en una banqueta maasai de 4 patas (las de 3 dan mala suerte); vacas y cabras pastando al fondo; ancianos maasai en la acacia cercana dispuestos para la siesta (a esa hora los maasai ya están cansados de tanto trabajar, de no hacer nada); mujeres con burros que irán lejos a por agua o leña; perros famélicos que se acercan a nuestro grupo por si alguno de los churumbeles se hace “caca” y la madre los llama para que le limpien el culo con su lengua; uno de nuestros alumnos que según esta sentado sobre la banqueta se hace de lado y ahí mismo desahoga la vejiga; los guerreros un poco mas lejos haciendo ejercicios de lanzamiento de lanza creyéndose cazar leones imaginarios… Allí a lo lejos, entre brumas por un sol inclemente que despide fuego, el lago artificial donde transcurre la mayor parte de quehaceres de este pueblo sin par, para los que el agua es lo esencial. Y frente a mí, mis 12 primeros alumnos dispuestos con todos sus oídos a escuchar lo que sobre el NUEVO MUNDO les quiero enseñar. 

Todo maravilloso y lindísimo, yo preparado para abrir mi boca y proclamar la Buena Nueva de Jesús, el Hijo de Dios, que nació en Belén y quiere nacer aquí por primera vez.  Para eso aquí me llegué y otras cosas dejé. Era el culmen de mi vocación. 

Pero lo que se oye es un grito desgarrado del África ancestral y profunda, proveniente de una garganta que vive con sus ojos un peligro inminente, desde muy lejos, pero que se transmite de garganta en garganta, y el peligro se hace comunitario: ¿Viene el enemigo en son de guerra? ¿Es el ataque de un LEÓN?  

Los ancianos se reúnen con urgencia en la acacia cercana; mujeres y niños corren como desesperados a esconderse en sus casas; los guerreros dejan sus juegos y salen como rayos, lanzas al frente y trapos arremangados al cuello, desnudos el resto, para mejor correr hacia la llamada del grito lejano. Parecen caballos al galope con sus crines, sus largas cabelleras, al viento.

 Yo me quedo sin alumnos. ¿Qué hago?  Estoy acongojado y asustado, y cabreado. ¡Tanto preparar y ahora esto! Me quedo sin Belén, y solo veo a los perros esqueléticos como alumnos. No puede ser, ¿Qué he hecho yo para que me rompan mi esperado Belén?  

Veo a los guerreros que pasan veloces a mi lado. Oye, ¿a donde vais?

“A la guerra”, me dicen.  ¿Puedo ir con vosotros?  “Si”, me dicen. (Joroba, pienso, me fui del Sahara por no ir a la guerra contra los marroquíes, y ahora me voy a la guerra con estos tíos).  ¿Me tengo que desnudar yo también? Yo no tengo lanza, les pregunto.  “No, vamos hacia tu coche, nos metemos unos cuantos, y así llegamos antes”, me dice un altivo guerrero, muy inteligente por cierto. 

Me siento protagonista, estoy metido en la acción. Conduzco el coche con 8 o 10 guerreros dentro, con lanzas y gritos de amenazas para animarse, y estamos yendo a la guerra contra unos desconocidos. Esto es demasiado. Es único. Y me está ocurriendo a mi (menudo Belén se está montando). Adrenalina a tope, más que en cualquier película de acción americana.

 Llegamos los primeros al lugar de donde procedían los angustiosos gritos de socorro y el cuadro que encontramos fue este, ante mis ojos fascinados e incrédulos: 

Un rebaño de unas 200 vacas medio asustadas, bramando y reculando unas contra otras debajo de unas acacias; 2 niños de unos 10 años metidos y reculándose también entre las vacas (así se protegen) y lanzando a todo pulmón el grito de peligro que nos asustó allá en la llanura, a unos 5 Kms., con sus trapitos y sin lanza, solo con unas varas, y supongo que cagados de miedo.   Y a unos  10 metros, allí estaba por fin,  El rey, El León, Simba, Olowaru (no era uno, eran dos: un imponente macho melenudo y una enorme hembra hambrienta).

Estaban agazapados, en alerta máxima, para caer sobre sus presas. Solo el grito de los niños les detenía y no se decidían a que vaca atacar. Mi fascinación aumentaba. Me sentía seguro en el coche. No tenía cámara de fotos para grabar ese momento único e irrepetible. 

De pronto, mis acompañantes guerreros abren el coche y, con gritos y gestos indescriptibles, se lanzan en dirección a los leones. Ni en las películas de Tarzán de la Selva, siendo yo un niño, llegué nunca a sobrecogerme de tal manera, un rayo eléctrico recorría todo mi cuerpo.   Los leones, cobardes, dan un rugido impresionante y se van huyendo. Eso pretendían los guerreros. La caza aun no ha empezado. Revisan a los niños, que están ilesos, e intentan curar a una vaca, que al parecer los leones intentaron atacar y le dieron un zarpazo. 

Dos guerreros han venido al coche deprisa, “Vamos, vamos, persíguelos para que sepamos donde se esconden”. Efectivamente, a unos 100 metros nos encontramos con los leones agazapados en unos matorrales. Los 8-10 guerreros los rodean en círculo a cierta distancia; se agazapan y esperan.  Hay que esperar a que lleguen el resto de los guerreros. Tensa espera. A la media hora llegan unos 50 guerreros en plan de guerra. Y empieza la caza. 

Ropas fuera,  a pecho descubierto, solo con los adornos que siempre llevan en sus orejas, brazos y piernas, su lanza en ristre y melenas al viento. Mis ojos no dan para abrirse más.  Empieza la táctica: todos se dispersan en un amplio círculo alrededor de los leones, en silencio sepulcral; van cerrando el círculo despacio y en tensión máxima. ¡Estos si que son unos verdaderos guerreros y no los cobardes de los tanques y bombarderos  o escopetas de 1000 metros de alcance ¡    Miro a los leones: también están en tensión máxima y mirando de acá para allá. Están buscando por donde escapar.  Siempre huelen al mas cobarde, y por allí lo intentan (esto me lo explicaron después). 

Efectivamente, de improviso salen a toda leche y a los Maasai no les da tiempo a reaccionar y se quedan solo en gritos de escándalo: esta demasiado abierto el círculo.  Vuelta a la maniobra de seguirlos con el coche e indicar donde se esconden. Y vuelta a la táctica, y vuelta los leones a escaparse por el flanco débil. No hay prisa y vuelven a cerrar filas durante 4 veces.  A la 5ª va la vencida, dicen.   Pero ahora solo vemos al macho. La hembra se ha despistado.

Cierran el circulo en silencio; esta vez parece que ser que lo van a cerrar bien; y de pronto la leona que surge por detrás y ataca a un chaval. Gritos de espanto y para allá que se van todos, y a la leona le clavan todas las lanzas. Increíble. Vivir para verlo.

 Y de pronto veo que el Melenudo se dispone a atacar. Los chavales están sin lanzas ni defensa. Ni me lo pienso, acelero el Land Rover en primera y me lanzo contra él. Choque brutal, coche con el alerón jodido, y el Rey león en tierra tendido. Vuelvo contra él y ruedas delanteras sobre su  cuerpo macizo. Me siento el Guerrero número 13, adrenalina ya sin medida. Que pena que no tuviera público.    Pero tenía a mis Maasais, que ya habían sacado las lanzas de la leona y estaban machacando al rey vencido por el Sancho de El Toboso. Me aclamaban. Increíble. 

Bajo del coche al campo de batalla. El chaval atacado tiene unos zarpazos en la espalda y en el culo. Hay testigos de que fue atacado a traición, y no porque huyó, pues de lo contrario pensarían que había huido, y sería tratado como un cobarde. Se busca la lanza que primero entró en la leona y el león. Cuando se identifique, el propietario será el que se lleve todas las glorias de la cacería, su nombre será recordado y sus hazañas serán contadas en canciones y baladas, las jóvenes lo desearan como esposo, y el tendrá el merecido descanso del guerrero victorioso. Siempre abrirá el baile.

Ay, que hay un problema: A la leona deciden rápido quien le dió, pero ¿quién le dió primero al león, la lanza o el alerón?  Discusión tremenda, pues esto es nuevo para ellos. Y de pronto me veo vestido con corona de un mechón de melena de león, collares, lanza, y la pezuña del león clavada en su punta como trofeo. Han decidido que soy yo.  Ni la Cenicienta tuvo tanta gloria. Y, por supuesto, D. Quijote queda lejos: yo he derribado gigantes de verdad. 

Nos vamos del Campo de Batalla. Los cuerpos enteros de los 2 leones quedan allí. Solo le han cortado las pezuñas delanteras, la melena al macho, y unas grasas debajo de los sobacos que dicen que son medicinales y afrodisíacos. Nos escoltan a los 2 triunfadores con canciones y danzas que me trasladan a túneles sin fondo, a melodías salvajes y celestiales a la vez. 5 días de festejos nos quedan por delante. Mi nombre ya se canta por todas partes, y las niñas se rinden a mis pies. Pero para mi son Dulcineas de ensueño a las que mis ideales no me dejan ver.      Dicen que soy un guerrero, uno más de ellos. ¿Y ahora que?

 

UNOS DIAS DESPUES

 

A mis alumnos les cito al día siguiente debajo de la acacia donde dejé un trabajo por hacer.

 Me maravillo. No vienen 10. Son masa. Me piden que les deje ver como se hace un Belén. Y entonces no me salen las palabras por la emoción y el recuerdo del León, que dió su vida para que yo siguiera y no abandonara el Ring de la pelea.

 HOY SIMBA ES LA FIGURA PRINCIPAL DE MI BELEN, DE DONDE HAN DESAPARECIDO TODOS LOS FANTASMAS DE MI  NIÑEZ.

 Y en eso estoy. No soy artista, sino guerrero, de manos rudas de campesino manchego, pero gracias al Rey, al increíble Rey de la Llanura, mi amigo,  la arcilla va tomando forma y quizás algún día termine el Belén, donde no haya  guerras, ni se derrame sangre inocente, ni  existan hipocresías ni mentiras NI ESCLAVOS.  Donde  todo sea un combate limpio cuerpo a cuerpo entre el guerrero y el León, donde triunfe el bien.   Y así haya merecido la pena salir de mi pueblo El Toboso para derribar colosos y encontrar Dulcineas que hagan los días restantes hermosos.

ESTE ES MI BELEN

AUN HAY PIEZAS POR MODELAR. SE NECESITAN  MANOS QUE SIGAN LO INICIADO, PERO CON CUIDADO, AÚN HAY LEONES ACECHANDO Y  LOS HEMOS DE HACER CLAUDICAR.

 Con cariño os deseamos: FELIZ NAVIDAD

Miguel Ángel y Pepe.

 

 

 

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