ENTREVISTA AL HNO. MARIANO ESPINOZA

 

 

            Desde que la Provincia me encargó el “trabajo” de entrevistar a los misioneros que pasan por España me he sentido una privilegiada al tener la oportunidad de conocer de primera mano testimonios tan enriquecedores, tan vivos, tan… espiritanos. Ni el espacio de que disponemos en el MIES ni mis limitaciones de “periodista aficionada” permiten verter tanta riqueza. De nuevo he tenido la suerte de conocer a otro espiritano, paraguayo, al hermano Mariano Espinoza. Trabaja en Tanzania, en campos de refugiados. Tanzania es un bello país, muy visitado por turistas; sus parques nacionales (Serengeti, Ngorongoro, Lago Manyara), sus playas de arena plateada, el exotismo de los masais… Mariano tiene otra experiencia, sin parques nacionales ni safaris ni nada exótico.  En un campo de refugiados no hay sitio para eso. Escuchémosle.

           

            ¿Cómo es un campo de refugiados?

            No lo deseo a nadie. Deshumaniza. Es un área cerrada y controlada por las autoridades tanzanas y ONG. Es muy pequeño para la cantidad de gente que hay; en un área de 6 km x 3 km se apiñan 35.000 personas y antes había más. No tienen derecho a salir de ese área, si salen son considerados ilegales. Los servicios que se ofrecen en el campo lo son por parte de ONG llamadas por ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados)

 

           

            ¿Por qué se creó?

            El motivo principal para que haya campos de refugiados son los conflictos   bélicos que provocan la huida de millares de personas. En Burundi hubo un gran genocidio en 1971. Hutus y tutsis estaban en conflicto desde la época de la colonia. Los europeos, al llegar a Burundi, se aliaron con el grupo gobernante (tutsis). Al llegar a la independencia los hutus reivindicaron su presencia en el gobierno. En 1994 hubo otra gran oleada de refugiados.

           

            ¿Qué servicios hay en el campo?

            Desde 1994 había muchos servicios muy bien organizaos: escuela primaria y secundaria además de un instituto superior para formar enfermeros. También había 4 hospitales, servicios sociales para volver a unir a las familias y el servicio socio-pastoral que prestamos nosotros. Pero ahora existe la política de cerrar los campos porque Burundi está en paz. El gobierno tanzano quiere que regresen a su tierra, sin embargo los burundeses no quieren volver y ello por dos razones: una, que en Burundi no les queda nada y otra, que tienen mucho miedo. Las leyes internacionales no permiten que se les obligue a volver pero sí se puede hacer indirectamente: quemando sus casas y disminuyendo los servicios que se dan en el campo.

 

            ¿Qué servicios se han disminuido?

            Se han quitado las escuelas y el instituto superior y se ha rebajado la cantidad de agua potable y alimentos que se dan a la población. Ahora los jóvenes y los niños no tienen nada que hacer. Algunos salen del campo a buscar trabajo en los pueblos de alrededor pero se exponen a ser encarcelados o expulsados. También se nos han disminuido a nosotros las veces que podemos entrar al campo. Antes íbamos todos los días y ahora solo nos permiten entrar una vez en semana. La gente nos reclama y no siempre podemos darles la respuesta que quieren. Nuestra posición es muy delicada porque somos extranjeros y si molestamos al gobierno pueden prohibirnos entrar definitivamente o echarnos del país. Llevamos las demandas al Obispo, que es tanzano y nos apoyamos en ONG: Amnistía Internacional, Human Right Wacht y en el ACNUR.

 

            ¿Cómo vivís esto en la comunidad?

            Desde el principio sabíamos que era una realidad que podía terminar y eso nos ayuda pero por otro lado ya son muchos años de caminar juntos con las familias de los campos y en muy frustrante par a nosotros. Nos hemos ido concientizando que esto debe terminar de alguna manera pero la solución que se le dé, es otra cosa. Yo, que soy psicoterapeuta, tenía muchas actividades con jóvenes y adultos, todos los días, ahora solo puedo hacerlo los domingos. Nos han cortado algo que es fundamental para mí y para todos nosotros.

           

            El misionero es hombre de esperanza. ¿Cómo se puede llevar esperanza a esa realidad?

            Tú como persona debes tener esa esperanza, eso es lo que nos mueve. Que mañana será mejor, que habrá otros caminos e intento transmitírselo a la gente. Ellos me han ayudado mucho a tenerla, han tenido experiencias terribles pero en el campo no se ve gente triste. Cuando llegué ví gente que me animaba, esta gente es una escuela de Fe y Esperanza. Después de todos estos años siempre piensan que mañana van a encontrar una alternativa. Tienen claro que Dios está siempre con ellos en lo bueno y en lo malo. Los misioneros son ellos.

           

            ¿Cómo se relaciona nuestro estilo de vida con el hecho de que haya campos de refugiados?

            La causa de todos estos enfrentamientos está en la colonia. Los blancos europeos que llegaron lo hicieron a una tierra que tenía una historia y unas tradiciones y unas fronteras. Desde afuera se impusieron maneras de ver el mundo, extrañas. En Burundi se demarcaron territorios sin tener en cuenta la realidad que había, perturbando la relación entre tribus, desorganizándola, creando países con sistemas políticos extraños. Esta es la base de los enfrentamientos entre Ruanda y Burundi.

El no dar respuesta a las necesidades básicas a causa de la pobreza extrema genera conflictos. Lo miramos desde fuera como si no nos tocara, como si fuera otro mundo pero cada uno de nosotros estamos implicados. La pobreza extrema crea una inestabilidad muy grande dentro de un país.

 

 
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