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La Delegación Diocesana de Pastoral
Juvenil, tras varios años de darle vueltas al asunto, puso en marcha
hace ya cuatro años un nuevo paso formativo en el itinerario que
llevamos realizando con los jóvenes de nuestra Diócesis de Osma-Soria,
como es el participar en experiencias misioneras en países de misión.
Durante los tres primeros años dicha
experiencia se realizó en Ecuador, concretamente en la región de
Esmeraldas. Este año, y a iniciativa de nuestro Señor Obispo, D.
Gerardo, surgió la posibilidad de visitar a alguno de los muchos
misioneros de nuestra diócesis; y en concreto a Emilio José Almajano,
sacerdote diocesano que lleva más de cuatro años en Camerún.
África es un continente con gran
atractivo, pero que a la vez presenta muchos “miedos”: diferentes
costumbres, clima, idioma,… Pero no costó mucho tomar la decisión: la
posibilidad de poder vivir la misión en “estado puro” y sobre todo, la
posibilidad de partir como enviados de la diócesis a compartir desde la
fe con un sacerdote diocesano declinó rápidamente la balanza. Así que
tras ponernos en contacto con Emilio y aceptar él inmediatamente nuestra
visita, los seis participantes de este año (Alberto Cisneros, Fco.
Javier Santa Clotilde, José Manuel Gil, Luis Domínguez, Carmen Calama y
Óscar Carrascosa) nos pusimos a preparar durante todo el año la
experiencia: conocer el país, sus costumbres, conocernos entre nosotros…
Y así fueron pasando los meses hasta
que llegó el día 12 de junio, fecha del envío misionero; en el que D.
Gerardo nos envío como miembros de la Diócesis a compartir fe y vida con
los más necesitados y sobre todo, como símbolo de que no actuamos como
personas individuales, sino como miembros de la Iglesia, que es la que
nos envía.
Quince días después y tras ponernos
todas las vacunas, conseguir visados, billetes y demás trámites; el día
26 de junio llegamos a Yaoundé, capital de Camerún; desde donde, tras
día y medio de viaje en tren y autobús, llegar a Maroua. Comenzaba
realmente la misión.

Maroua es una ciudad al Norte de
Camerún de más de 200.000 habitantes, en plena sabana, a escasos
kilómetros de la frontera con Nigeria y Chad y con una temperatura media
superior a los 40 ºC.
Emilio José es el encargado, junto
con el Padre Antonio (sacerdote espiritano navarro), de una de las
cuatro parroquias de la ciudad, St. Philippe, en el barrio de Doualaré.
Doualaré es un barrio periférico, nuevo. Aquí por barrio nuevo enseguida
pensamos en una nueva urbanización. Allí es lo contrario, en la
periferia vive la gente más pobre: calles sin asfaltar, no hay
alumbrado, ni red de agua…. La mayoría del barrio procede de aldeas
cercanas y de tribus diferentes, siendo el idioma común el fulfuldé.
La población es principalmente
musulmana, siendo los cristianos, como dice Emilio, una inmensa minoría:
apenas 500 personas de las 50.000 que tiene el barrio. Inmensa porque la
presencia de la Iglesia en el barrio es importante: no solo está la
parroquia, sino que en la misma se integran una escuela con más de 600
alumnos, una casa de la mujer, un centro de acogida para niños de la
calle, el noviciado de la comunidad religiosa femenina de las
Espiritanas… Y es que ser cristiano en Maroua tiene mérito: en primer
lugar, porque significa destacarte ante el resto, romper con lo “normal”
allí que es ser musulmán. Y en segundo lugar, porque ser cristiano
implica comprometerte con la comunidad a la que perteneces, no solo con
la presencia y participación, sino también con la aportación económica.
La parroquia está al servicio de
todo el mundo, no solo de los cristianos. Además de los centros
mencionados, en la parroquia se sigue la actividad normal: formación de
catequistas y catecúmenos y acompañamiento a las comunidades de base.
Sorprende el compromiso de los laicos, siendo ellos mismos los
responsables de las diferentes catequesis y de las propias comunidades
CEV (comunidades eclesiales vivas) en que se organiza la parroquia y que
se reúnen periódicamente para compartir la Palabra y aplicarla a la
propia vida. Son generosos en el compromiso, en la ayuda a los demás y
en los medios, a pesar de su escasez de recursos económicos.
La pregunta que más escuchamos
cualquiera de nosotros antes y después de la experiencia es: ¿Y qué
hacéis allí? ¿Puentes, una escuela,…? No. Nuestra labor no pretende ser
esa. Nuestra misión es fundamentalmente de presencia, es el estar y
compartir desde la fe. Nada más. Y nada menos. Vivir la misma realidad y
aprender unos de otros. Cuando vas por primera vez a la misión piensas
en que puedes ofrecer y lo que no esperas es todo lo que te puedes
llevar. Muy a menudo acomodamos nuestra fe, la reducimos a costumbre, a
la misa dominical, decimos que confiamos en Dios pero queremos ser
nosotros los que tengamos el control de nuestra vida… Reducimos nuestro
compromiso al tiempo que nos queda libre de todas las ocupaciones que
nos imponen o nos imponemos. Por eso, esta experiencia misionera es un
auténtico regalo de Dios, una oportunidad para olvidarte de todas las
preocupaciones, cargas… y dedicarte única y exclusivamente a compartir
desde la fe con los demás, a tener abierto el corazón para dar y
recibir, a crecer en la fe. Y que todas las dificultades que se
presentan sean oportunidades para crecer.
Así, durante las tres semanas que
compartimos con la comunidad de St. Philippe, nos sumamos a la actividad
normal de la parroquia, intentando ayudar y acompañar a Emilio en todo
lo posible, viviendo como una auténtica comunidad.
Durante la primera semana
participamos en la semana cultural de los jóvenes de la parroquia,
colaborando con ellos en la limpieza del barrio, en la plantación de
mijo, maíz,… en los campos de la parroquia, escuchamos sus testimonios y
celebramos con ellos.
La mayor parte del tiempo estábamos
con los niños. Siempre teníamos niños en la puerta de la parroquia;
fuera la hora que fuera. Con ellos hemos jugado, aprendido su idioma,
hemos hecho apoyo escolar,… Mención especial merecen los niños del
centro de acogida. Siempre que teníamos un hueco acudíamos a visitarlos,
les organizábamos excursiones…Es un centro que recoge niños de la calle;
niños que por diferentes circunstancias carecen de un techo bajo el que
dormir, a los que se les ofrece una oportunidad para salir adelante, y
sobre todo, se les ofrece la oportunidad de sentirse queridos.

Junto con Emilio intentamos visitar
todas las casas de los cristianos de la parroquia, sobre todo de los
ancianos y enfermos, así como visitar las seis aldeas que están a cargo
de la parroquia y otras comunidades de religiosos que están trabajando
en los alrededores. Todas las iglesias destacan por su sencillez:
simples naves, con ladrillos a modo de asientos y suelo de tierra en el
mejor de los casos. Lo importante no es la forma sino lo que en ellas se
celebra. La celebración de la Eucaristía es una fiesta siempre, con
multitud de cantos, participativa,… Una de las cosas que más impresiona
es la capacidad de alabar a Dios en medio del sufrimiento, a pesar de
las dificultades,.. Gente que sufre y que a lo mejor solo puede hacer
una comida al día, y que espontáneamente dice: Gracias Señor. Y eso te
desarma.
Nosotros que teóricamente tenemos
“de todo” y a la mínima dificultad le decimos a Dios: ¿Por qué me haces
esto?; y gente para la que solo existe el hoy, con muchas dificultades,
y que es capaz de decir abiertamente: Gracias Señor, en ti confío.
Son muchas las imágenes que quedarán
grabadas para siempre. Imposible olvidar la sonrisa de un niño gracias a
un simple globo, a una caricia,… Pero lo que mas impresiona es su
agradecimiento ante un gesto tan pequeño como compartir parte de nuestro
tiempo con ellos. Siempre un agradecimiento sincero en forma de caluroso
y prolongado apretón de manos. Y no solo con la comunidad cristiana,
también con la musulmana. La relación entre ambas religiones es cordial
y existe un respeto mutuo. Y sobre todo, siempre hay tiempo. Nosotros
creemos que controlamos el tiempo, pero nunca lo tenemos. Allí todo el
mundo tiene tiempo para dedicarlo a los demás, para escuchar, para
ayudar.
De ellos se aprende lo poco que
necesitamos para vivir, lo sencillo que es expresar agradecimiento, lo
fácil que es ser hospitalario incluso en la pobreza, su capacidad para
la alegría aunque no tengan nada, la forma de cuidar la relación entre
las personas,..…Y en medio de todos nosotros, cristianos y musulmanes,
he experimentado como nunca antes la presencia de Dios, de su Dios, de
nuestro Dios, en definitiva de DIOS.
Y destacar la labor de los distintos
misioneros con los que hemos tenido la oportunidad de compartir la
experiencia; siempre alegres, incansables, entusiastas, pero ante todo
movidos por el amor de Dios y comprometidos por su amor a Dios. Pero
sobre todo, muchas gracias a Emilio José por su acogida, por su ejemplo
de vida, por su testimonio, por hacernos sentir como una auténtica
comunidad, por enseñarnos a hacer vida el Evangelio. Muchas gracias.
Pero la misión no debe acabar con la
llegada a Madrid. Ahora toca asimilar lo vivido y darle un sentido. Si
no, serían unas simples vacaciones. Ahora toca hacer misión aquí,
compartir lo vivido, mostrar el testimonio de muchos misioneros que como
Emilio han dejado todo por llevar a Cristo a los demás; y que ese
testimonio nos lleve a seguir creciendo en la fe, a comprometernos y a
llevar a Cristo a todos nuestros ambientes, y a colaborar en que nuestra
Iglesia sea verdaderamente testigo fiel del Evangelio
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