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Cuando llegué a África
me resultaba difícil reconocer a la gente. Todos me parecían iguales.
Por la misma razón que todos los chinos nos parecen iguales. Es lógico
también que para la gente de aquí todos los blancos nos parecemos.
Enseguida empecé a
distinguir las personas. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Es verdad
que son diferentes, muy diferentes, aunque tengan todos el mismo color
de piel. Bueno, hasta en eso hay diferencias, los matices no faltan.
Después se produjo otro
fenómeno curioso. No sólo me daba cuenta de la diferencia que hay entre
las personas, sino que empecé a sacar parecidos... con gente de raza
blanca. Por poner un ejemplo: Angèle, una chica de Djudandu, un barrio
de Maroua (Camerún) tiene un cierto parecido con Lola, la mujer de un
amigo que trabaja en Madrid. ¡Qué cosas!
Y es que si estamos
atentos y nos fijamos bien, no somos tan diferentes. Seguro que hay
algún negro que se parece a ti.
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