“JOVENES MISIONEROS SIN FRONTERAS”:

PUENTE MISIONERO EN EL NORTE DEL CAMERÚN

 

A mediados del pasado mes de Agosto, una representación del grupo juvenil “Jóvenes Misioneros sin Fronteras” aterrizábamos  en el aeropuerto de Madrid Barajas con la certeza de haber cumplido algo que muchas veces parece imposible: que los sueños se hagan realidad.

 Pues bien, nosotros hemos visto nuestro sueño hecho realidad; y este no era otro que el  poder vivir de cerca la vida misionera sobre el terreno donde día tras día nuestros  misioneros y misioneras comparten la vida y la fe con tantos hermanos nuestros de otros lugares de la tierra en los cuales, desgraciadamente, la realidad de la vida es mucho menos llevadera que la que aquí  estamos acostumbrados a tener,  en nuestro mal llamado “primer mundo”.

Para ello, y después de haberlo reflexionado y pensado mucho durante el año pastoral, después de haber puesto esta ilusión delante Jesucristo en la oración y sintiéndonos alentados por el Espíritu Santo, decidimos ponernos  manos a la obra para que esta experiencia misionera y transcultural se llevara a cabo: nos sentimos llamados a  ir al Norte de Camerún, concretamente a la diócesis de Maroua-Mokolo. En todo momento contamos con el apoyo del Padre Luís Cachaldora, misionero espiritano y coordinador del grupo JMSF de Córdoba, así como del Padre Antonio Evans, Delegado Diocesano de Misiones de Córdoba y por la Provincia Espiritana de España.

 Rápidamente nos empezamos a mover para  que esta empresa y los gastos que llevaba consigo ( billetes de avión, tren, visados, estancia…) pudiera salir adelante, y sobre todo llevar algún dinerillo con el que poder colaborar económicamente con la misión a la que iríamos: La parroquia de San Felipe, en el barrio de Doualare.

 Junto con el Padre Luís, recorrimos  una buena parte de la diócesis, explicándoles a la gente este proyecto en el verano que duraría casi un mes, a la vez que aprovechamos  la ocasión para hacer animación misionera por tierras cordobesas y animar a los jóvenes con los que nos encontrábamos a que se sintieran también ellos misioneros a ser misioneros invitándoles a unirse a este proyecto de pastoral juvenil misionera en la Iglesia local de Córdoba. A parte de esto, los miembros del grupo, montamos un rastrillo solidario en Córdoba capital junto a la Iglesia de San Nicolás y colaboramos en la caseta de la parroquia de San Andrés Apóstol de Adamuz durante la feria del mes de abril, actos que nos ayudaron a cubrir una buena parte del presupuesto de nuestro viaje.

 Como parte integrante de este grupo y presidente del mismo, me gustaría señalar que la acogida que se nos ha dado en todas las parroquias y grupos en los que hemos estado ha sido extraordinaria  y la colaboración de los sacerdotes y laicos no tiene otro calificativo que el de formidable, desde aquí, nuestras más emotivas gracias.

 Y por fin, después de habernos puesto las vacunas respectivas y de haber cumplido con todos los requisitos de preparación, embarcábamos en un avión que desde Madrid y vía Casablanca, nos llevaría al corazón de África.

Permitidme que cuente como anécdota, que a parte de la gran alegría que sentimos todos cuando a las 4 de la madrugada aterrizábamos en Yaounde, la capital del país, pude ver como las lágrimas salían de los ojos del padre Luís por el gozo que le producía el volver a suelo del Camerún, esa bendita tierra como él mismo la llama, recordando el tiempo que vivió allí como misionero por primera vez.

 Después de permanecer dos días en la Casa Provincial de los Espiritanos en Yaounde, y habiendo recuperado nuestras maletas que se encontraban Dios sabe donde,  partimos en tren hacia el Norte del País, haciendo transbordo en la ciudad de Ngaunderé, donde subiríamos a un autobús que nos llevaría a Maroua, a donde llegábamos después de casi día y medio de viaje.

 Allí, en Maroua, nos esperaba a las 12:00 de la noche, el Padre Juan Antonio Ayanz, misionero espiritano, amigo y compañero de Luís que nos acogió desde el primer momento como si nos conociera de toda la vida, mostrándose muy cercano y abierto con nosotros. Con él nos trasladamos a la misión, a Doualaré, donde desde nuestra llegada solo se escuchaba un nombre y una frase “Cachaldora” y “a la calle”. Así conocían allí al padre Luís, y la frase era el estribillo que él les enseñó a los niños cuando trabajó allí. Nos fundimos en abrazos con todos y ya desde el primer día nos sentimos como en casa.

 Al día siguiente y después de haber descansado de nuestro duro viaje, quisimos  comenzar a vivir, o al menos lo intentamos,  aquello que en realidad nos había llevado tan lejos desde España: sentirnos misioneros.

 Lo primero que hicimos fue visitar a Monseñor Phillipe Stivens, obispo de la diócesis de Maroua-Mokolo, de origen belga, hombre bueno y pastor, sencillo y humilde donde los haya, que se alegró mucho de tenernos allí y de volver a ver al Padre Luís.

 Poco a poco nos fuimos integrando en la vida de la misión y del Barrio, según el programa que el padre Juan Antonio y el Padre Luís habían confeccionado.

 Una de la experiencias más hermosas ha sido la de compartir con ellos la eucaristía, sobre todo la celebración de la eucaristía dominical. Es increíble la riqueza que puede haber en la diversidad, incluso en la diversidad litúrgica, es increíble la impresión que cada uno de nosotros  hemos traído de como esta gente vive el encuentro con Dios y con los hermanos en el día del Domingo, con que alegría, con que profundidad, con que respeto… Creo que todos los que hemos hecho esta experiencia, nos estamos planteando, o al menos  así debiera de ser, cuál es la dimensión que nosotros damos a nuestra vida como cristianos y a qué compromiso debe llevarnos.

 Los jóvenes prepararon para nosotros un teatro de bienvenida y en la misa trajeron ofrendas para que nos sintiéramos acogidos y queridos. Dejadme deciros que la gente allí vive pobremente, con lo justo, y a veces ni eso. Pues bien, nos daban hasta lo poco que tenían como gesto de hermandad y de amistad, y eso difícilmente se olvida.

 Mis compañeros ayudaron a terminar de pintar la torre del campanario, que se acababa de construir y yo, por mi parte, me dediqué por algún tiempo a dar un curso de informática a los jóvenes de la parroquia, mientras que el Padre Luís se dedicaba a ir a comprar al mercado lo necesario para la comida de cada día.

Compartimos también ratos de convivencia en  comunidades de la parroquia (dado que son varias) y en alguna de ellas vivimos momentos de alegría tomándonos con la gente una calabaza de cerveza de maíz en Sekande, el famoso bil-bil, y también de tristeza y de solidaridad en el momento de la perdida de algún miembro de la comunidad. Fue impresionante el entierro al que fuimos con el Padre Luís a Fasao para enterrar a una joven mujer que estaba embarazada y que también perdió a su niño, mamá Cristina. Como digo, momentos inolvidables.

 También pudimos visitar hospitales, y ver que no son nada parecidos a los nuestros; visitamos  la cárcel y comprobamos la labor tan hermosa que nuestra Iglesia realiza con esos hermanos nuestros que, a pesar de todo, son personas con derecho a ser tratadas con dignidad.

 Para los que no lo sepáis, deciros que el medio en que se vive allí es prácticamente de ambiente musulmán, dado que en esta zona del país el Islám es la religión mayoritaria. Esto nos ha servido para conocer, aunque sea mínimamente, la forma de vivir y de creer de otras persona, y esto gracias a las explicaciones que nos iba dando el P. Juan Antonio y al compartir el día a día con nuestros hermanos musulmanes.

                                                                          Nos hicimos también presentes en la Misión Católica de Bogó, que esta a unos 40 kilómetros  de donde nos encontrábamos. En esta misión realizó su vida misionera el padre Juan Antonio durante 10 años, y en la actualidad sigue regida por los misioneros espiritanos.

Fue muy bonito el poder compartir momentos con el grupo de mujeres, siempre alegres y cantarinas, con los jóvenes y estudiantes del barrio, con la coral y con las misioneras espiritanas, con las cuales hemos compartido varias veces el pan de cada día y momentos de alegría.

No sé, el entrar en las casas y sentirte acogido, el pasear por las calles del barrio y que todo el mundo te saludara, el calor con el que se te acercaban los niños , el vivir como si hubieras vivido allí toda la vida a pesar de haber estado solamente un mes escaso… tantas y tantas cosas que han entrado de repente en nuestra mente y en nuestro corazón, hacen que la única palabra que salga de nuestro corazón, unos meses después de nuestro regreso sea :GRACIAS.

Gracias en primer lugar a Dios, por habernos dado la oportunidad de palpar en nuestra propia vida, muchas veces cómoda y relajada, la vida sencilla y entregada de todos los misioneros a favor de los más pobres y abandonados, gracias por haber podido compartir la vida y la fe con un  pueblo que, más allá del sufrimiento y la injusticia social que vive en sus propias carnes, es capaz de acoger y amar desde lo más profundo del corazón: a este pueblo y a su gente, nuestra gratitud sincera y sin límites

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 Gracias, como no, al Padre Juan Antonio, por amabilidad, por su amistad y por el tiempo que nos ha dado, así como por el ejemplo de vida misionera que de él nos llevamos, y también al Padre Luís por apostar por este proyecto desde el principio y acompañarnos en el desarrollo  del mismo.

Gracias también a todos los miembros de JMSF, sin olvidar a ninguno, y  la Delegación Diocesana de Misiones de Córdoba, porque entre todos hemos  hecho posible que este “PRIMER PUENTE MISIONERO” sea precisamente eso, el primero, el que precederá a muchos otros puentes que serán “PUENTES DE ESPERANZA, EN UN SOLO CORAZON Y UNA SOLA ALMA”

 Un abrazo misionero: FRANCISCO JOSE PEREZ ROMERO,presidente JMSF de Córdoba 

 

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