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Había que andar ligero, el avión no
salía hasta las 8,45, pero en la Camair me aconsejaron la tarde anterior
que estuviera allí a las 7. A eso de las 6,15 estaba ya a la puerta de
la Casba dispuesto a parar el primer taxi que pasara vacío para que me
llevara al aeropuerto. No hizo falta, antes de verlo a él, fue él quien
me vio a mí.
- “5000 para el aeropuerto”.
- Está bien.
Salimos de una ciudad que a esa hora de
la mañana no está todavía a pleno rendimiento. Luego el campo y
finalmente el aeropuerto, cuidado, en claro contraste con el resto.
Allí comienza mi particular lucha con
todos los que se ofrecen a llevarme las maletas. Quiero llevar mis
maletas, no acepto ni siquiera los carros que me ofrecen. No estoy
dispuesto a dar nada por eso. Además no llevo suelto y si ni siquiera
tiene cambio de 5000F la chica que se ocupa de cobrar las tasas del
aeropuerto, qué dificultades no tendrán los pobres porteadores de
maletas.
Después una cola un poco especial. Hay
gente que se me ofrece:
- Verás el vuelo de ayer fue anulado.
Te arriesgas a quedarte hoy en tierra por exceso de personal. Si quieres
yo puedo hacerte pasar por un pasajero de ayer.
- No gracias, está claro, ciertamente
los de ayer tienen la prioridad.
Hubo sitio para todo el mundo, incluso
sobró algún asiento en el avión.
Cuando ya estábamos todos a bordo se
nos avisa que en Maroua hay malas condiciones meteorológicas y que hay
que esperar el parte de las 9. Teniendo en cuenta que el avión había
llegado a su hora, lo cual ya es mucho decir, esperar un poco, sentados
en el avión no era ni para mí, ni para el resto de pasajeros ningún
problema.
Con media hora sobre el horario
previsto, todo un record para la Camair, despegamos de Yaoundé. Todo
perfecto. ¿Qué problemas meteorológicos podía haber en Maroua? En esta
época del año el cielo está completamente azul. Poco más de una hora lo
descubrí, lo que al punto de despegar eran nubes más adelante
desaparecieron y vimos algo parecido a una niebla.
El comandante, que avisa todos sus
movimientos, anuncia que comenzamos el descenso a Maroua. Todos miramos
por las ventanillas y no se veía nada, únicamente esa especie de niebla,
el avión desciende más y... más niebla. Comienza a adivinarse el suelo,
por lo que se ve no estamos muy altos, el avión planea a esa altura, se
inclina a la derecha, seguido a la izquierda, ¿estará el piloto buscando
la pista de aterrizaje?
De pronto el avión acelera, ha
terminado su tarea de rastreo. El comandante, educado, anuncia que no ha
sido posible aterrizar en un primer intento, va a intentar otro. Creo
que todos estábamos rezando ya a esas alturas.
El avión da la vuelta y se repite la
operación, desacelera, desciende, rastrea de nuevo, a derecha, a
izquierda, movimientos rápidos... ahora va más bajo que la primera vez.
Yo pienso, lo bueno de todo esto es que
el piloto va en el avión y tiene tanto interés como nosotros de que todo
esto salga bien.
Finalmente y con un golpe el avión toca
tierra. La gente comienza a aplaudir y se relaja así la tensión que
hasta ese momento nos ha tenido a todos cogidos en un puño.
Allí estábamos de todo, musulmanes,
algún cristiano, posiblemente los italianos que me encontré en la sala
de espera eran ateos, sino de los creyentes al menos sí de los
practicantes. Pero os aseguro que en ese momento, justo en ese momento
en que el avión golpeó el asfalto de la pista, en ese momento todos
éramos hermanos.
Esperando las maletas me enteré que en
el avión volaba el presidente del parlamento, que es de la región de
Maroua. Posiblemente por eso llegué ese día y puntual a Maroua, donde me
esperaba Antonio, misionero espiritano. Fue él quien me dijo que la
noche de ese día era la “noche de la revelación” para los musulmanes.
Para nosotros había sido el día de la revelación.
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